Otra vez

Israel Piña

En fin, la pureza
de quien no llegó a ser lo suficientemente impuro
para saber qué cosa es la pureza.
Nicolás Guillén

Vi a esa hermosa mujer jadear y menearse encima de mí. Algunos dirán que eso es el paraíso, una suerte, qué disfrute. Sin embargo, en aquel momento quise salir corriendo. Ella gemía, incluso gritaba. A toda ella la tenía. Y yo… yo no sentí nada. Quizá una sensación, vacío, completamente vacío, con ansías de que todo terminara pronto. Lo peor fue que tuve que interrumpirlo todo, necesitaba escupir y enjuagarme la boca y volver a escupir. Un asco: es soledad. En el acto ésta se esconde y nos mira, burlona, detrás de las cortinas. En cuanto los cuerpos se separan, ¡b.a.n.g.!, sale y nos aplasta, y la sentimos más gorda y viscosa que antes. Entonces no soportamos la ternura, hasta el beso rehusamos. A veces estamos más solos después de fornicar. La carne firme y un pubis de ofrenda no son suficientes para paliar la tristeza. Se siente uno triste y ya, bajo la mierda. Así de simple; no es nada en especial. ¿Hay más? Hay un abismo entre hoy y hoy, un día más; dos, está bien; cinco, diez da igual, nos acostumbramos, pero no lo suficiente para no gritar, para olvidar que estamos vivos y empolvados y que siete pasos más y volaremos. ¿Adónde? No lo sé. El lugar no importa, la soledad en el fondo es la misma, siempre huele igual, algunas veces reemplaza su olor ácido por algo más blando. Hay veces que pasa eso. Sí, cómo no: la comida, una vagina húmeda, el trago de cerveza; aunque después, casi siempre y al instante, otra vez estemos con el cuerpo cercenado y la muerte entre las cejas. Qué más da. Lo primordial no es escapar por siempre, lo primordial es querer tentar la huída al infinito: la derrota perpetua. ¿Podría ser de otra forma? Imposible. Siempre me ha parecido ridícula, no ya imposible, esa noción del paraíso como la perenne felicidad, la perfección absoluta y desbordada. No es más que una proyección de nuestro deseo. Muchas veces intentamos adelantar el paraíso, traerlo a nuestros huesos: inventamos las bodas, los finales felices, los cuerpos perfectos, la comida sana, las vidas ejemplares, los científicos y sus teorías, los sacerdotes y sus santos. Ni siquiera reparamos en separar la cizaña del trigo porque desde siempre la negamos. Mas está ahí y a diario punza, crece y arde. Está ahí, como una linda mujer en su ataúd y con los ojos bien abiertos. Nos observa y luego suelta una tremenda carcajada. Pero supongamos que el paraíso existe: ¿sería tan bello como cuentan? ¿Tanta perfección es posible? Desde aquí puedo imaginarlo un fastidio, aburrido, un horror. Si todo hay en él y es perfecto, no queda (a quienes estén en él) más que esperar. El paraíso es el lugar adonde van los condenados a no desear. Todo se poseería, aunque no se haya elegido porque la elección indica carencia. Se elige algo porque no se tiene y en la elección algo queda vedado, de tal manera que siempre terminará por faltarnos algo para luego, casi de inmediato, comenzarlo a codiciar y con suerte sentir placer por un instante, tan sólo uno. En el paraíso no podría existir este vuelco, jamás se nos caería la baba por el olor a café, por unas nalgas contoneándose o por el firmamento desteñido. Para estremecerse hace falta pasar por aquí, por la tierra, reptar por ella como vil gusano a paso lento, retorcerse y levantarse en el fuego para al fin caer en cenizas y, otra vez, sentirse desdichado.

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Suicidio

Israel Piña

Recordar no es un acto sobre el pasado, sino sobre el preciso momento en que evocamos. No es una visión hacia lo anacrónico porque en el recuerdo nos vemos y verse es una acción en presente, es un verse hacerse y deshacerse. Se hace, inevitablemente, desde y en el presente, no desde el pasado, y en ello está en juego uno mismo y lo que se es. Mirarnos en el espejo de lo que fue nos da idea de lo que somos y, casi siempre, lo que —pese a nuestro necio deseo— no seremos nuca. El espejo interpela, a veces señala, casi siempre pregunta. Terrible. Nos miramos en un espejo resquebrajado en el que nos proyectamos incompletos, fracturados, enfrentados a nuestra pretensión de cerrarlo todo, incluyéndonos a nosotros mismos.

Recordar no es asunto de pusilánimes, sino de estoicos suicidas o de personajes muy desfachatados que no temen amputarse algo de sí mismos en el intento, que no temen aventurarse al dolor de las llagas incurables en un tiempo en que todo sufrimiento está proscrito, en que la regla son las imágenes inconexas disfrazadas de completa verdad. Tanta información, tantos datos, al minuto o al instante, como para aliviar nuestro recelo por las fisuras, por el roce, aunque sea a tientas, con el vacío. Se trata de llenar y llenar y rellenar al infinito para no desbarrancarnos en la ausencia, menos en la propia ausencia. Importa la nota del día, la primera plana de hoy.

¿Qué sentiste ayer? No sé, no quiero saberlo, no tengo la suficiente furia. Construir el recuerdo es mirarnos hechos trizas, sabernos a un océano de distancia de lo que debemos ser y, lo peor, es también recortarle poco a poco las puntas a lo que queremos ser. Por eso pocos son capaces de pegar un brinco hasta la memoria, porque en el aire se pierden las piernas, los ojos caen y los dientes se desprenden uno por uno, aunque nunca nada haya estado ahí.

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Lunes silencioso

Diego Solórzano

Hay lunes que se pasa uno velando la muerte de algún desconocido. Cruces no faltarán en el lugar, y la más trágica de seguro estará colocada encima del cofre. Tampoco hace falta la masa negra de gente que se vistió para no desentonar con lo que el muerto decidió ponerse para su última presentación en sociedad. Algunos en la sala creen que el individuo inerte ya llegó al paraíso, y otros lloran como si acabara de ser expulsado de éste —situación que a alguien sensible a este tema puede llegar a confundir. Por fortuna, dentro de los silencios que suelen componer madrugadas como la que esperamos hoy, hay momentos en los que se puede dar vueltas a ideas como la existencia de un paraíso y los elementos que podríamos encontrarnos en tal lugar. Pero tampoco deberíamos quitarle protagonismo al recién expulsado con nuestras reflexiones, así que hablemos de ambas cosas —porque resulta que a éste si lo conozco.
Desde siempre le gustaron las pizzerías. Se crió en Italia y tenía un perfil que nos la recordaba en todo momento. El desplazamiento de su cuerpo imponente era casi ruidoso y constituía otro de los emblemas de patriotismo del toscano. Tenía un carácter infantil, pero no el de quien es amante de la broma: más bien ese estado natural en que se necesita algo en todo momento. A qué me refiero con esto puede considerarse con un ejemplo: un bebé —de alrededor de un año— nos puede divertir una tarde entera, pero si después de terminada la convivencia vespertina con el muchachito recapituláramos acerca de su comportamiento, nos enteraríamos de que aquello que tanto nos entretuvo no fue más que una serie de necesidades atendidas por el mayor. Drásticamente similar a este ejemplo, los ojos color agua del italiano siempre buscaban con desesperación algo de uno. La furia infantil también formaba parte del complejo, pues el señor se encendía tan rápido como algunos adornos de cierta habitación perdían —gracias a él— su forma industrializada al clavarse contra el suelo o las paredes, y tan inmediato como el zoológico de niños en la casa, empezaba a llorar y a transformar dos minutos de vida humana en uno de los círculos infernales recorridos por Dante (alguno en los que se hacía más escándalo). (Con este último enunciado, se pensará que el «drama» fue introducido a la fuerza una vez más entre estas líneas para seducir y captar un poco más de atención en el presente relato o ensayo. Sin embargo, se puede cambiar fácilmente esa opinión —la del uso indiscriminado del drama— si se toma en cuenta que un día llegó a tener lugar una explosión poderosa dentro de mi casa, pues uno de esos adornos mencionados y destruidos fue un televisor. Designo dicho aparato en la categoría ornamental porque, a pesar de que la mayoría de ellos cumplen funciones diferentes a las de un simple adorno —como puede ser una vela o una virgen envuelta en rosarios—, el caso de este preciso televisor es especial: nunca fue conectado, no llegó a transmitir la señal de algún cable y, al parecer, su único destino consistía en partir nuestra habitación en dos y dejarla sin vidrios en la ventana).
No puedo decir que era asunto fácil y llevadero vivir con una persona animosa y destructiva en proporciones indistintas con el carisma inmenso que transportaba en 1,83 de estatura. Esta faceta carismática alcanzaba a recordar los rayos del sol que, uno de los italianos ya mencionados en este escrito (el florentino, para ser exactos), vislumbró después de concluir su paso a través del humo negrísimo de la parte iracunda de la montaña del Purgatorio dantesco. Y hablando de nuestro toscano, lo que no era fácil —ni llevadero— era que por esa gracia latina no había alguien de nosotros que se decidiera a echarlo; por ejemplo, cierto es que dejó a las niñas sin tele, pero a cambio la aventó al patio por la ventana, recién salida de la caja, y les dio una de las más impresionantes escenas —al estilo de película hollywoodesca— que guardarán en el recuerdo toda su vida. Pues así era él, tenía que dar las grandes actuaciones.
En fin, hace tiempo que pasaron los años de locura. Incluso hoy ha muerto, y sucede que ya descubrí la clave para llegar a comprender la magia del volcán mediterráneo que se cruzó en nuestras vidas: esta clave consiste en tomar todo su noble actuar como una gran burla a la solemnidad y al buen gusto, y deshacerse de la idea de que toda persona ha nacido para adaptarse a esta Tierra. Ése es un buen punto de partida.
Por otro lado, si se quiere comprender una muerte basta con pensar en la cantidad de rezos y maldiciones que un vecindario y una familia entera pueden dedicar, en treinta y siete años de caos, por verlo callado y sin aventar objetos: así como se ve ahora vistiendo su traje y corbata negros. Ahora, en la cuestión del paraíso, si éste no llegara a ser esa tranquilidad que, ya me estoy imaginando, se respirará en los pasillos de mi casa ya sin el de ruidosa corpulencia, entonces tendré que cederle la razón de lo que sí es la gloria al que alguna vez fue guiado dulcemente por el poeta de la Eneida mientras ya se acercaba a aquellos elegantes corredores rodeados por paisajes bellos y novedosos, y figurarme a dónde va a ir a caer.

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Lo que harían las paredes

Diego Solórzano
Si las paredes hablaran, probablemente se quejarían de sus grietas o gesticularían borrachitas por esa última capa de barniz tan tóxico que les aplicaron. Tal vez siempre fue un mito que pusieran atención a las pláticas y actos de los humanos, quizá veían nada después de que les cubrieron el aparato visual con adornos. Ciertamente, algunos conservamos la imaginación de que ahí se contiene más que el cuadro con las frutas, algo como nuestros recuerdos, y por qué no decirlo, la vida. Pasamos ya por la infancia, la adolescencia y un buen trozo de juventud (es decir, todos los de mi edad); probablemente éstas constituyen y amparan la razón de lo que se hace ahora, y sin alguna de ellas hubiéramos fracasado en el resto de la vida (en términos biológicos, particularmente). Pero queda el asunto de la pared: ¿quién se llevaría mis vivencias de la primaria junto con el peinado atroz que mi madre cargaba en aquellos días? El tiempo únicamente, tal vez; y es decir, están a mi disposición estas imágenes —aún puedo ver mentalmente las capas de fijador en la melena—, pero no con una función resuelta. La memoria de mi padre duele aun más: se quedó sin las piernas antes de morir. Me gustaría no recordarlo a cada temblor de la pared (porque mi antigua casa tiene vista al tren, y pasa todo el tiempo). Y es aquí donde descuido un detalle y una gran verdad: el recuerdo no facilita el camino; pero, ¿niega la vida del presente?
Si bien es cierto que la red salva al trapecista de caer a la pista y morir, ¿quién quiere una vida entera de cirquero? (Tal vez soy el único que no la quiere). Y también me regresa el dolor cuando aspiro ciertas marcas de perfume, cuando llueve con granizo, cuando regresa abril, cuando los pájaros advierten que cae la tarde, las hojas crujiendo, pura naturaleza, una infinidad de artes comerciales, todas las aceras de enfrente, las cosas que exhalan humo (el tren, por ejemplo, que aquí viene), niños ya crecidos, viejos anunciando la muerte, los estampados marineros, lo que tiene forma de nube, cuando son blancas y parecen cenicero, cuando las yemas se le arrugan a alguien en el mar, cuando se asan cebollas, si alguien se despide o se va sin hacerlo —y más si es en un cofre de madera elegante—, cuando yo me despido, si no me atrevo ni siquiera a empezar la conversación o a acabar mis listas de ejemplos sin ritmo, las cucharadas grandes, todos los espejos, mi ropa de ayer y la que traigo puesta hoy.
Ahora, si las paredes hablaran, yo resueltamente creo que lo harían de sus propias ansiedades, tantas cosas que hay por enumerar y enfilar en el laberinto de las insignificancias. Entonces, sí, prefiero el auxilio de la red y seguir columpiándome y siendo este mismo manojo de inseguridades. Me imagino ahora, que los recuerdos son las grietas en la pintura y se fabrican, coincidentemente (y favorablemente para la teoría de este ensayo), cuando las paredes quieren hablar.

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Y la nave va...

Este miércoles 5 de julio, a las 18:00 horas,
comienza el nuevo ciclo del
Taller de Ensayo Literario
de la Librería José Luis Martínez
del Fondo de Cultura Económica
(Av. Chapultepec 198, entre López Cotilla y La Paz, en Guadalajara).

Con más de dos años de trabajo ininterrumpido, el Taller de Ensayo Literario de la Joseluisa se afirma como un espacio de reflexión, discusión y camaradería en torno a la exploración de un género cuyas virtudes y felicidades son inagotables: tantas son, y tan vastas, que no dudamos en continuar.
Así, este miércoles 5 de julio a las 18:00 horas, arranca el nuevo ciclo, que como de costumbre tendrá una duración de cuatro meses. Las sesiones de dos horas tienen lugar, cada semana, en el Café de la Joseluisa.

El taller está dirigido a todas las personas que tengan gusto por la lectura y se interesen en el conocimiento de los principales ensayistas del siglo XVI a nuestros días. También abre espacio a la revisión de los trabajos de los participantes, de modo que éstos pueden ir presentando ensayos propios, que se discuten en cada sesión.

El costo es de $350.00 al mes por persona; como una promoción, quien desee cubrir los cuatro meses por adelantado pagará sólo $1,200.00 y recibirá un paquete de libros que le obsequia el FCE

Las inscripciones serán en la primera sesión del taller. Mayores informes en el teléfono 044331-246-7075, o en la dirección electrónica
azotecarranza@yahoo.com

PROGRAMA GENERAL

La séptima edición del Taller de Ensayo Literario de la Librería José Luis Martínez del FCE estará orientada por la atención a tres pares de cualidades del género: la agudeza y la profundidad que con ella se consigue, la liberalidad de la escritura al servicio del gozo en la lectura y la incumbencia personalísima de las ideas en pos de una incumbencia universal.
Puesto de otro modo, lo que se buscará será enfocar las lecturas, así como los ejercicios de escritura, sobre la detección —y la consecución, en el segundo caso— de rasgos estilísticos según los cuales el ensayista puede ser, como quería Octavio Paz, «ligero y no superficial, hondo sin pesadez»; veremos de qué modos y por qué rutas la imaginación, la curiosidad y la inteligencia hacen de la lectura de un ensayo una navegación ante todo placentera —independientemente de la naturaleza de su tema—, y cuáles son los riesgos por eludir y las aventuras a las que hace falta atreverse; y reflexionaremos cómo el ensayista ha de procurar que sus preocupaciones, sus dudas, sus argumentos y sus hallazgos conciernan a cualquier lector —pues los méritos que hacen disfrutable la lectura de un ensayo, cualquiera que sea su asunto, derivan de la medida en que demuestre haber sido absolutamente necesario.
El blog del Taller (www.eltubodeensayo.blogspot.com), en funcionamiento desde la edición anterior, continuará abierto para ir publicando los ensayos que produzcan los participantes.

En esta edición del Taller se proponen los siguientes temas para escribir a lo largo de las dieciséis sesiones. Como de costumbre, es deseable el abordaje ordenado de los temas, pero no indispensable:

SESIÓN I
—Comentarios de apertura a partir de tres preguntas: ¿para qué sirve escribir ensayos?, ¿para qué no sirve escribir ensayos? y ¿cuáles son mis dificultades con el ensayo literario?

SESIÓN II
(Tema para escribir: «La fabricación del recuerdo»).
—Comentarios sobre la lectura de una selección de ensayos de Francis Bacon.
[Del libro Ensayistas ingleses (sel. de Ricardo Baeza, trad. de Ricardo Baeza y B. R. Hopenhaym, estudio prel. de Adolfo Bioy Casares). CONACULTA, México, 1992].

SESIÓN III
(Tema para escribir: «El grito»).
—Comentarios sobre la lectura del ensayo «La nueva obscenidad», de Luigi Amara.
[En la revista Picnic, México, mayo-junio de 2006].

SESIÓN IV
(Tema para escribir: «El mejor oficio del mundo» o «El peor oficio del mundo»).
—Comentarios sobre la lectura de los ensayos «La filosofía de las islas», «Sobre los días de fiesta», «El labriego» y «La estación de ferrocarril perdida», de G. K. Chesterton.
[Del libro Ensayos (pról. de Hilaire Belloc). Porrúa, México, 1997].

SESIÓN V
(Tema para escribir: «Las razones del espejo»).
—Comentarios sobre la lectura de una selección del libro Fotocopias, de John Berger.
[Del libro Fotocopias (trad. de Pilar Vázquez). Alfaguara, Barcelona, 2000].

SESIÓN VI
(Tema para escribir: «Los horrores del Paraíso»).
—Comentarios sobre la lectura de una selección del libro Ensayos de Elia, de Charles Lamb.
[Del libro Ensayos de Elia (sel. y trad.de Marcela Fuentealba). ElCobre Ediciones, Barcelona, 2003].

SESIÓN VII
(Tema para escribir: «Un mito en el que escojo creer»).
—Comentarios sobre la lectura del primer capítulo del Diario de Oaxaca, de Oliver Sacks.
[Del libro Diario de Oaxaca (trad. de Jordi Fibla). Océano, México, 2003].

SESIÓN VIII
(Tema para escribir: «Para qué sirven los laberintos»).
—Comentarios sobre la lectura del ensayo «Horas en una biblioteca», de Virginia Woolf.
[Del libro Horas en una biblioteca (ed. y trad. de Miguel Martínez-Lage), El Aleph, Barcelona, 2005].

SESIÓN IX
Jueves 13 de julio
(Tema para escribir: «Consternación a partir de una insignificancia»).
—Comentarios sobre la lectura del ensayo «Sobre el secreto en el amor», de Francisco González Crussí.
[Del libro Sobre la naturaleza de las cosas eróticas (trad. de Leticia García Urriza). Verdehalago / Secretaría de Cultura de Puebla, México, 1999].

SESIÓN X
(Tema para escribir: «Los argumentos de la fuente»).
—Comentarios sobre la lectura de una selección de las Voces reunidas, de Antonio Porchia.
[Del libro Voces reunidas (ed. de Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo, pról. de Jorge Luis Borges, postfacio de Roberto Juarroz). Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1999].

SESIÓN XI
(Tema para escribir: «Una ineptitud estimable»).
—Comentarios sobre la lectura de una selección del Diccionario abreviado del surrealismo, de André Breton y Paul Eluard.
[Del libro Diccionario abreviado del surrealismo (trad. de Rafael Jackson), Siruela, Barcelona, 2003].

SESIÓN XII
(Tema para escribir: «Una falsa identidad»).
—Comentarios sobre la lectura del ensayo «Arte y maldad», de Robert Lowell.
[En la revista Crítica, Puebla, abril-mayo de 2000].

SESIÓN XIII
(Tema para escribir: «El ídolo culposo»).
—Comentarios sobre la lectura del ensayo «Pasear», de Henry David Thoreau.
[Del libro Pasear (trad. de Silvia Komet). José J. de Olañeta, Editor, Barcelona, 1994].

SESIÓN XIV
(Tema para escribir: «Nuevos usos para aparatos viejos»).
—Comentarios sobre la lectura del ensayo «Sortilegio y astrología», de Thomas de Quincey.
[Del libro La farsa de los cielos (trad. y pról. de Jerónimo Ledesma). Paradiso, Buenos Aires, 2005].

SESIÓN XV
(Tema para escribir: «Celebración de un absurdo»).
—Comentarios sobre la lectura de «Palomar en la playa», de Italo Calvino.
[Del libro Palomar (trad. de Aurora Bernárdez). Siruela, Madrid, 1994].

SESIÓN XVI
(Tema para escribir: «Lo indecible»).
—Comentarios sobre la lectura del ensayo «Las herramientas de trabajo», de Rudyard Kipling.
[Del libro Algo de mí mismo (trad. y pról. de Álvaro García). Pre-Textos, Valencia, 1998].




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H. Silla


Maribel Mandarina

En varias ocasiones, cuando veo a los funcionarios de gobierno sentados en aquellas sillas de piel con madera de caoba, disfrutando de instalaciones históricas, buen salario —o, más bien, salario excesivo—, desayunos y comidas gratis, vacaciones pagadas, guaruras, vehículos, fuero... y todo eso por ir a trabajar —bueno, por presentarse en las instalaciones o sencillamente por tener el cargo—, no puedo dejar de preguntarme: ¿cuándo se perdieron? ¿Cuándo este cargo se convirtió en el peor oficio del mundo?
Los orígenes de estos hombres y mujeres son variados; no se puede hablar de una sola clase: hay egresados de universidades públicas y privadas, letrados e iletrados, creyentes y no creyentes, amigos y enemigos, solteros y casados, jóvenes y no tan jóvenes. Con tanta variedad se podría pensar que todas las clases están representadas; pero, al parecer, en cuanto toman posesión de sus sillas se olvidan del mundo que dejan, de las bancas tormentosas de la facultad de leyes, de las filas en los antros para tener derecho a diversión, de las mordidas, del abuso de los patrones y las carencias físicas, económicas, culturales y sociales del México real que ya nada tiene que ver con ellos.
Esas sillas deben estar malditas: los traseros que las van ocupando sólo se preocupan por tener el derecho a desgastarlas el mayor tiempo posible.
Este oficio hace que las personas pierdan la memoria. No culpo tanto a los que siempre vivieron en la opulencia, pero aquéllos a quienes conviene remontarse a sus orígenes humildes en tiempos de elecciones —y olvidarlos al subir a sus camionetas de lujo que los llevarán lejos de los empedrados, tan lejos donde el recuerdo se confunde con la fantasía—, ésos, en verdad os digo, no tienen perdón de quien tenga el derecho a otorgárselos.
Pero para que la fantasía se confunda con la realidad hay partidas establecidas en el presupuesto, ¡y cómo no!, si cada vez que los distinguidos funcionarios tienen que asistir a lugares ricos en carestías se les da su manita de gato, y ahora sí ¿dónde están los problemas? La cuadra se ve iluminada, limpia, la gente recién bañada y sonriente. Seguramente se van a dormir con la conciencia tranquila al ver aquel teatro montado en su honor, aunque en sus inicios ellos hubieran sido los directores de aquellas puestas en escena y, sobre todo, aunque sepan lo que hay tras bambalinas.
En verdad, el peor oficio debe ser el que nos hace ser idiotas, el que nos hace perder el rumbo, el que por beneficiar a unos cientos perjudique, con el hecho de alzar la mano o firmar un papel, a millones. ¿Puede haber oficio peor?
En sí, este oficio debería ser el mejor: tener el poder de ser escuchado, de proponer, de convencer; tener el honor de ocupar aquellas sillas tan sólo reservadas para quienes representan a un pueblo, aquellas sillas en donde se puede luchar sin armas y sin hambre.
Es un oficio en el que no son necesarias grandes cualidades, únicamente honorabilidad, que se escribe con H, como H. Congreso, sólo que esta H no es de honorable, más bien es h de hipotético, de haragán, e incluso hasta puede ser h de hablador.
No es raro que alguien nos pregunte por el significado de la H; yo, en su momento, tuve la curiosidad: palabras pasaban por mi mente, pero ni aun en mi tierna infancia pude imaginar que era H de Honorable; por algo sólo se dice “H. Presidente”, “H. Congreso”, “H. Cámara, amigos y compañeros”; nadie quiere comprometerse ni comprometer y ni siquiera suponer la honorabilidad de aquellos ocupantes de las sillas. Al fin y al cabo la h es muda.
Los aspirantes a la H. silla deberían saber que honorable es ser honrado, merecedor del respeto y la estima de los demás; no es tener la manos limpias: es ensuciárselas buscando mejores propuestas en beneficio de la mayoría. Tampoco es teniendo mano dura: es tener la mano en el corazón para no sucumbir a la intolerancia. De igual manera, no es teniendo el dedo índice de la mano señalando y acusando: es ver que en cada acusación tres dedos nos están incriminando.
Esa tonta H., antepuesta no sé por quién, debería ser lo primero en desaparecer en la siguiente administración. Si quitaron la mitad del escudo nacional, no veo el impedimento de acabar con la H.
Debemos recordar: “no juzgar antes de conocer”; sólo al final podremos anteponer la letra correspondiente, una letra que no calle.

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Pensando en México

Maribel Mandarina

Ahora estoy triste y no puedo remediarlo. Estar triste me enoja; la tristeza no produce sino más tristeza, aunque debo reconocer que alguna vez me hizo sentir viva. Viva porque pensé morir, pero bien dicen que de amor nadie se muere, aunque de tristeza sí.
Se desea morir no por el mucho amor que le tengamos a alguien (y no hablo de algo), sino para acabar con la tristeza, la desolación, y sobre todo acabar con los recuerdos.
Los recuerdos vuelven a nuestra mente una y otra vez: antes pétalos de rosa, hoy espinas, seres humanos tan vulnerables... Pero ahora la tristeza no viene de un amor, sino viene de la historia.
Esa historia que se va formando con caras, lugares, fechas, los buenos y los malos. Hidalgo era bueno, Morelos también, Santana fue malo, Porfirio estuvo en los dos bandos y Juárez es orgullo nacional —por tanto entra a la categoría de bueno, aunque para algunos ser masón no es cualidad.
Entre buenos y malos, pero más bien sería entre reconocidos y olvidados, reconocidos sus rostros y olvidados los ideales. Ideales como la lucha que encabezaron los obreros para mejorar las condiciones de trabajo, y condiciones de trabajo que entierran 65 mineros.
¿Dónde quedaron los ideales de lucha? Los hermanos Flores Magón, presentes por doquier: colonias, calles, avenidas y ciudades; ciudades que deberían llamarse “Los Patrones se Obligan a Pagar Indemnizaciones por Accidentes Laborales”, y debieran tener la Av. Revolución bajo la leyenda “Ninguna libertad se gana sin esfuerzo, ni se conserva sin lucha”.
Lucha de héroes nacionales que van quedando en olvido, derechos obtenidos pero no conservados por la falta de valor, o el exceso de comodidad.
La comodidad no es tan cómoda, pero podemos aguantar mientras al cómodo colchón no se le salten los resortes. Los resortes son un impulso, por tanto procuramos deshacernos del colchón para evitarlos en medio de la comodidad. Comodidad deteriorada por el pasar de los años, y el colchón no aguanta más. No aguanta desde hace mucho, cuando se votó por Cuauhtémoc Cárdenas, y ganó, pero dimos vuelta al colchón y aguantó tres sexenios más.
Tres sexenios son 18 años: 18 años que hacen mayoría de edad, edad en la que ya se puede votar. ¿Votar? ¿Por quién? Estamos acorralados: ya no hay vuelta de colchón, atrás están los rostros y adelante los ideales. Ideal sería no pensar en comodidad y si en comunidad.
Comunidad enojada, indignada y desilusionada; desilusión es casi igual a tristeza, esa tristeza que siento por vivir tan cómoda.

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¡Librazo!


Este jueves 22 de junio se presenta el libro Jaque perpetuo, de Gonzalo Lizardo.
¡Librazo! Ojalá puedan acompañarnos: ahí estaremos el autor y un servidor.

La cita es a las 20:30 horas, en la Casa Julio Cortázar
(Lerdo de Tejada 2171, entre Marsella y General San Martín, Col. Americana).

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La fabricación del recuerdo

Mauricio Vaca

En los archivos de la mente, la carpeta de los recuerdos, por orden alfabético, antecede a la de los sueños. La mente es innegablemente una maravilla, pero ha demostrado no ser la mejor de las archivistas. No es difícil calcular la precisión de un recuerdo cuando se trata de nombres, números telefónicos y ese tipo de cuestiones prácticas: estos datos simplemente se recuerdan o no se recuerdan, es binario, un número telefónico es correcto o no lo es y punto. Ciertamente se puede hablar de una fabricación de recuerdos. Al correr de la vida vamos desarrollando nuestros propios métodos para no olvidar datos: dicho en otras palabras, vamos aprendiendo a poner marcas en las carpetas de nuestro archivo mental, ponemos “banderitas” o separadores o hacemos dobleces en las hojas, pero de nada sirve configurar la alarma de la palm si al momento de sonar no recordamos qué era lo que teníamos que recordar. La memoria funciona a base de accesos a diferentes carpetas de nuestro archivo mental y personal, y el contenido de las carpetas son documentos que adquirimos a través de los sentidos. No podemos recordar un olor que no hemos olido ni una textura que no hemos tocado. Así, creamos una cadena de asociaciones que nos llevan de un recuerdo a otro, de una carpeta a otra construyendo una especie de escalada que nos llevará al recuerdo deseado, a recordar lo que teníamos que recordar cuando suena la alarma de la palm. Todo este proceso se lleva a cabo gracias a un complejo sistema bioquímico eléctrico que hace posible la conexión entre neuronas, pero, finalmente, en términos prácticos construimos nuestras propias escaladas a base de piedras hechas de recuerdo. Ponemos los recuerdos a distancia prudente para poder asir uno desde el otro.
Recuerdo que en Guadalajara la mayoría de los teléfonos comienzan con 36; recuerdo que el Lic. X tiene su oficina en la colonia Providencia y recuerdo que la mayoría de los números telefónicos en esa zona comienzan con 41 o 42, y recuerdo también que el número de X no es la excepción; recuerdo que no comienza con 42 porque el Lic. X, como su número telefónico, tiene mala reputación: así tengo ya las cifras 36 41; recuerdo que la siguiente cifra es la que deseché en mi elección anterior, por lo que ya tengo las cifras 36 41 42; recuerdo claramente que la última cifra es un número que me cae bien porque recuerdo que es el modelo del carro en el que aprendí a manejar, y recuerdo que lo recuerdo porque es paradójico que el número telefónico del Lic. X tenga un número que me cae bien, cuando él mismo no me agrada: ahora puedo marcar el 36 41 42 77, esperando que el Lic. X no se encuentre para dejar recado con su secretaria. Por complejo que parezca, este método de asociación, hipotético en sus datos pero veraz en su mecánica, es el más común y es más o menos el procedimiento de fabricación de los recuerdos prácticos, o por llamarlos de otro modo, de producción en serie, ya que consciente o —en la inmensa mayoría de los casos— inconsciente y vertiginosamente tenemos una cantidad incontable de estas escaladas en un solo día.
Dije antes que no podemos recordar un olor que no hemos olido o una textura que no hemos tocado; sin embargo, podemos crear imágenes a base de dos o más recuerdos, y es éste el manantial de la creatividad, de la inteligencia, de la evolución animal. Yo les puedo decir que tocar la piel de un Cuajimixctle es como tocar la piel de un zapato de ante humedecido con aceite de cocina: de este modo he creado una imagen en su mente sin importar que Cuajimixctle sea una palabra que acabo de inventar. No se trata de un juego, se trata de la única verdadera razón de ser que puede tener el ser humano, y a mi entender, el resto de los seres: pensar. (Pienso, luego existo, ¿cierto?). De aquí la rueda, la idea, la serendipia, el arte, el puente poético. Recuerdo el primer beso, y el último, recuerdo la ayuda, la melodía y las sensaciones que me provoca, la piel chinita; recuerdo que el número 77 me cae bien, recuerdo el amor y el odio y las asociaciones a sus respectivas consecuencias.
Nuestros cinco sentidos son los canales de transmisión del exterior hacia el cerebro, pero ¿cómo huele la ayuda? ¿A qué sabe el amor? ¿Cuál es la textura de la traición? ¿De qué color es el odio? ¿Cómo entonces puedo recordar la ayuda, el amor, la traición o el odio? Esto es gracias a la traducción que hace el cerebro desde el idioma de las sensaciones al de los símbolos y significados. No me gustaría volver a sentir lo que sentí el día que el agua ardiente de un radiador me bañó la cara; en tal caso es mejor recordarlo, y es así que recuerdo pero no siento el dolor, la angustia, la desesperación, la frustración, la tristeza, la soledad que es evento significó.
Los recuerdos más significativos y simbólicos son los que mejor fijamos en nuestra mente; la mente sabe muy bien que así debe ser, pero los sueños, las fantasías y los deseos, al igual que los recuerdos, están hechos de símbolos y significados. Es justamente aquí donde la mente falla como archivista, con el tiempo como ayudante del desorden. De este modo, sucumbimos ante la tentación del deseo, del anhelo; fantaseamos y no es de extrañar que, con frecuencia, al vernos acorralados con hechos irrefutables tengamos que admitir que algún recuerdo de la infancia lo hemos dramatizado ya sea para bien o para mal.
El caso de los Friedman trata de un maestro de secundaria que después de ser sorprendido en el delito de tráfico de pornografía infantil, fue acusado también de repetidas violaciones a sus alumnos varones de la clase de computación. Su hijo de 19 años también fue acusado junto con él de violación a menores, y conforme las investigaciones avanzaban, cada vez más padres de familia se agregaban alegando que sus hijos habían sido víctimas. Finalmente el chico fue sentenciado por más de cuatrocientas violaciones en un lapso de tiempo tan corto que ni aun sin comer y dormir habría sido suficiente para cumplir semejante cuota. Después de veinte años, al terminar su condena el chico Friedman, existen víctimas que aseguran recordar dichas violaciones, aun cuando algunos de sus compañeros dicen no haber visto nada que sustente la acusación. Existen padres de familia que aseguran haber sido presionados por los padres de las supuestas víctimas para “admitir” que sus hijos habían sido violados, a pesar de que ellos negaban tal situación, y jamás dieron muestras en su comportamiento de ningún tipo de ataque. Algunas de las víctimas, ahora adultos, logran reconocer que atestiguaron según las indicaciones de sus padres y abogados, suponiendo que lo que referían era cierto y correcto sólo por venir de bocas adultas, sobre todo las de sus padres, pero que en realidad tales actos nunca sucedieron. Algunas de aquéllas que aseguran recordar los hechos no logran armar una historia coherente; sin embargo, ahora como adultos tienen preferencias homosexuales que no tendrían nada de criticables de haber sido por elección personal y no por imposición. Ésta resultó ser una forma penosamente efectiva de fabricar el recuerdo gracias a que el falso recuerdo fue sembrado principalmente por la fuerte influencia de las figuras paternas a una edad vulnerable y en un ambiente impactante como es el de un juzgado. He aquí el papel de la fantasía en la fijación de los recuerdos.
Hay quién dice que no ha habido prueba científica de la existencia de los recuerdos reprimidos y yo les creo. Para reconocer un recuerdo reprimido tendría que recordarlo, y en ese caso ya no sería reprimido. Hay también quien afirma que la inmensa mayoría de las cosas que reconocemos como creaciones son en realidad sacadas del archivo de los recuerdos. Es probable que, por no ser importante, perdamos la asociación que nos recordaría de dónde adquirimos esa información, porque lo verdaderamente importante para nosotros era el resultado y sólo eso quedó en nuestra mente. Es decir, que somos selectivos en cuanto a los recuerdos que retenemos: fabricamos los recuerdos que queremos fabricar. De alguna forma, casi siempre inconsciente, guardamos los recuerdos que son útiles y desechamos los inútiles, nos quedamos con los buenos recuerdos para deleitarnos paladeando sus significados, y con los malos para no repetir las sensaciones que en su momento experimentamos. El sistema de selección es en realidad mucho más complejo que esto, pero explica, al menos superficialmente, la razón de recordar.
Ciertamente, lo anterior es lo que se puede señalar de manera fácil o relativamente segura en cuanto a los recuerdos, pero existe un sinnúmero de dudas o excepciones de lo mencionado: ¿cuántas veces nos hemos visto atascados en el intento de recordar algo que de verdad deseábamos o que era muy importante? ¿Qué pasó entonces con aquello de que somos selectivos con los recuerdos? Ésos son juegos de la memoria que es mejor analizarlos de manera personal, aunque no es recomendable esperar respuestas precisas.
Es el caso de una amiga extranjera que llegó a la ciudad con intenciones de quedarse “algún tiempo”. Después de dos meses de no decidir si permanecería más en Guadalajara, le sucedió algo muy extraño: el dinero en efectivo que traía se le había agotado e intentó usar un cajero automático para hacer un retiro, y en ese momento se dio cuenta que había olvidado su número personal, número que tenía más de quince años usando y que sabía tan bien como su propio nombre. Durante varios días intentó recordarlo sin éxito. Posteriormente me platicó que, días antes de iniciar su viaje, su novio alcohólico le había llamado por teléfono. Ella pertenecía a un grupo de amigos de alcohólicos en el que recomendaban no atender al “enfermo” cuando estuviera bajo los efectos del alcohol. Su novio se encontraba notoriamente ebrio en el momento en que la llamó y suplicaba urgentemente verla, y ella se negó definitivamente diciéndole que lo vería cuando estuviera sobrio, como siempre lo hacían. A la mañana siguiente recibió la noticia de que su novio se había quitado la vida. Deduzco que ése era el motivo que la trajo sin proyecto aparente a México, que sus motivos auténticos eran dejar atrás un pasado doloroso. De alguna misteriosa manera su número personal del cajero automático estaba asociado con ese pasado y logró bloquearse antes que los recuerdos de quién la acompañó por varios años.
Pese a lo dicho, no es un mal deporte el recordar. Aun considerando que aquello que se recuerde pueda ser más mentira que verdad, la práctica de este deporte ayuda a conservar el archivero ordenado, a reforzar peldaños de la escalada y al mismo tiempo construir descansos de fantasía. Pero recordar es un deporte extremo, por lo que les recomiendo precaución. Recordar es vivir, lo que me lleva a pensar en otro deporte mucho más practicado, necesario y saludable: el olvido.¿cómo se fabrican los olvidos?

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El Grito (mío)

Mauricio Vaca

“¿Y tú por qué no tienes hijos?”: es la pregunta que nunca falta después de que la gente me ve conviviendo con niños. Antes de entrar al tema me gustaría hacer la aclaración de que no entiendo esa distante relación que hace la gente entre niños e hijos. No logro encontrar el porqué de la relación extraña que hace la gente entre niños e hijos. La primera meta que me tracé cuando quise iniciar mi campaña pro embarazo inteligente fue concientizar a la gente de que un hijo es para toda la vida, y un niño dura cuando mucho diez años. Me parece pertinente mencionar el caso de mi padre, un hombre casi octogenario que sigue siendo hijo de mi abuela, una mujer casi centenaria que, por cierto, todavía sufre de jaquecas causadas por su hijo. ¡Humanos! Nunca los entenderé.
Sin intenciones de presunción, creo tener un don especial que me hace entender bien a los niños y parece que los niños también lo creen así: en la mayoría de los casos puedo reconocer entre el llanto de hambre, el de coraje, el de dolor o el de sentimiento; puedo reconocer cuándo la insistencia de un niño por un juguete es por verdadero anhelo o por un berrinche manipulador; logré al primer intento que mi sobrina de cuatro años olvidara su rencor por el inglés... Estos son algunos de los casos que me permiten presumir mi don celestial. Pero este cielo de querubines tiene una delgada frontera con un infierno de diablillos en el que yo hago de Satán.
Siempre he dicho: “caprichos en la siguiente ventanilla, por favor”. Ése es uno de mis límites, psicológico, supongo, pero fácil de manejar y con cero cargo en la conciencia. Yo no atiendo caprichos, trátese de quien se trate, y soy incorruptible: no hay puchero, chantaje o minifalda de valga. La que verdaderamente me desagrada y hace sentir culpable es esa frontera amurallada por una guardia civil de imperial intolerancia a los sonidos agudos e insistentes, una condición física que no puedo controlar. Sabemos que los niños lloran, gritan y gustan de todo aquello que produzca ruido, cuanto más molesto y repetitivo mejor. No creo entonces que pueda decir con holgura que me gustan los niños. Hago todo lo posible por tomar en cuenta que los niños son así y tolerarlos; puedo tener logros regularmente aceptados por mí y por los niños, pero la tarea de tolerar se vuelve imposible cuando ellos tienen cerca a uno de esos monstruos que los niños llaman adultos, entre los cuales los papás son temibles y las mamás abominables. Tengo un gran puñado de ejemplos para referir y a las pruebas me remito, reservándome de comentar las experiencias personales que podrían tomarse como tendenciosas.
Desayunábamos una amiga y yo con toda tranquilidad en un pequeño restaurante en la mesa de enfrente se encontraban tres de esas mujeres adultas y una niña de unos cuatro o cinco años. Todo indicaba que se trataba de la abuela con dos de sus hijas, y que la niña era hija de la más joven de las adultas. En este restaurante no existe un área de juegos para niños, así que la niña, tolerante con sus ancestros, se entretenía intentando aplacar las exuberantes escarolas de su vestidito, que seguramente ella no eligió. En su afán de poner orden a aquella bruma de encajes que la perseguía insistentemente se agachó golpeándose la frente contra el borde de la mesa: como el borde era redondeado el golpe fue más molesto que doloroso. Pude leer en su gesto un “¡qué coraje, me pegué!”, mientras se llevaba la mano a la frente, fastidiada y sin mirar alrededor. Le comenté a mi amiga lo sucedido y le dije:
—Observa: la niña no lloró… pero ahorita la van a hacer llorar las mujeres ésas.
Y continué narrando, adelantándome un segundo a cada hecho. Primero la abuela le sobó la frente mientras la pequeña trataba de desafanarse del vigoroso e insistente frote. Por fin la liberó, y comenté
—Ahora sigue la vieja de enfrente.
Ajá, acerté, ya se le veían las intenciones. La niña cada vez más molesta trataba de liberarse del paralizante cordón umbilical que le ceñía la frente.
—La abuela contraataca— adelanté.
La criatura luchó contra sus dos victimarias cada vez con más fuerza y con gestos más incómodos, y sólo faltaba la peor de las torturas: la psicológica. Entonces adiviné:
—La otra no se va a quedar así nomás, aunque esté al otro lado de la mesa algo tiene que hacer.
Haciendo sentir estúpida a la niña le dijo con un gesto más bobo que mimoso: “¿Te pegastes, m’hija?”
—Ahora va a llorar— dije.
Y lloró. No puedo ignorar las pancartas de mi alma omitiendo el dato de que lo narrado sucedió el día de las madres. Terminé mi profética narración con un “¡Felicidades, Mamita, lo haces muy bien!”, dicho con los dientes bien apretados.
No es raro ver casos de abuso físico de las mujeres hacia los bebés y niños menores, ésos que todavía no se pueden defender, y no me refiero a las sanguinarias y en algunas ocasiones asesinas atrocidades que se ven en el Hospital Civil, obra, en un 85 por ciento de los casos, de las madres de las indefensas víctimas, sus propios hijos, permítaseme insistir. En esta ocasión mi coraje no es tanto, así que me referiré a esas amorosas atrocidades cotidianas que vemos en eventos sociales y lugares públicos. Hablo de las escenas en las que vemos a la bestia humana adulta, casi siempre hembra, asfixiando a una criatura con “el abrazo del oso”, pellizcándole los cachetes o las orejas o la nariz, mientras ella, la criatura, se retuerce convulsivamente, grita, empuja y llora alcanzando decibeles que cualquier animal con un mínimo de hipotálamo podría reconocer como displacenteros tanto para la criatura como para el entorno: ruidos estridentes que funcionan como alarma de auxilio y protesta. Sin embargo, la bella bestia insiste en presumir su amor por los niños, como si dicho acto la hiciera más mujer, pero sobre todo proporcionándose placer a sí misma, en una exhibicionista perversión que pueden estar viendo cientos de personas y al mismo tiempo no es observada por nadie, usando al bebé como objeto sexual —tal vez, diría Freud, vicio de Onán, o más claramente masturbándose con él, digo yo.
Alguna lectora adelantada podría interpretar lo anterior como una cuestión de género: en tal caso le aplaudo y me aplaudo a mí mismo por nuestro compartido acierto. En lo personal nunca recibí un solo ataque de este tipo por ningún varón, y jamás he visto que alguna criatura lo reciba, de lo cual deduzco que esto es cosa de la bestia humana hembra. A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. No desesperen, tengo suficiente vinagre para todos, incluyéndome. Ya les tocará un trago a los de mi propio género.

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El Poder



Ya está circulando el nuevo número de la revista Luvina, que presenta un conjunto de reflexiones sobre el poder desde la literatura: colaboran, entre otros autores, Vicente Leñero, Guadalupe Morfín, Juan Antonio Masoliver Ródenas y Fernando del Paso. Hay, también, sendas recordaciones de Jorge Luis Borges y de Salvador Elizondo.

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Dos asistentes ilustres

Con ustedes, los protagonistas de dos de los momentos estelares del taller. En las sesiones de los miércoles, que van acercándose al final de su primer ciclo, venimos de encontrarnos hace un par de semanas con John Ruskin, "el guardían de la conciencia artística del Imperio Británico"...



...y esta semana la presentación de Michel de Montaigne correrá a cargo de otro figurón, ahora de los Estados Unidos: Ralph Waldo Emerson

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Concurso de ensayo

¡Atención! La revista El Polemista y La Mirada Buró de Escritores Independientes convocan a un concurso de ensayo que no suena nada mal:

-Está dirigida a mexicanos de hasta 35 años.
-Hay dos categorías: ensayos publicados (en alguna revista mexicana, desde el 1 de enero de 2005 y hasta la fecha) y ensayos inéditos. En ambos casos la extensión no debe ser mayor de 15 cuartillas (Times New Roman, 12 puntos, a doble espacio).
-La participación será con pseudónimo. Hay que enviar original y dos copias, acompañados de la plica de identificación y fotocopia de identificación oficial, a esta dirección:
Revista El Polemista
A.P. 40-106, Col. Condesa, México, D.F. 06140

-Los resultados se publican el 3 de agosto de 2006 en el sitio www.lamirada.org.mx
-Habrá seis premios: cinco de $4,000.00 (cuatro mil pesos) y uno más (al que reciba, una vez publicados los ganadores en el sitio mencionado, la mayor cantidad de votos electrónicos) de $6,000.00 (seis mil pesos).
-Todos los ensayos ganadores se publicarán en un volumen.

La convocatoria aparece en el número más reciente de la revista Picnic. ¡Estamos avisados!

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Visiones de Querétaro


La ciudad de Santiago de Querétaro tiene calidad de sueño o de recuerdo. En cualquier caso, es un territorio privilegiado para la felicidad, precaria aunque cierta, que se obtiene de confiar en que los recuerdos nunca desaparecen del todo y que los sueños del pasado quizás podremos encontrarlos, para reconocernos en ellos, cuando el porvenir se deje alcanzar por el presente: será efecto de las formas que la piedra y el aire y el agua en las fuentes y el silencio y los árboles fueron tomando en esta tierra, y efecto de la determinación que esas formas tienen de no cambiar y de mantener intocada la armonía de sus proporciones. O será que hay para cada quien una ciudad en la que lo aguarda, siempre que regresa a ella, una nítida y particular explicación de su más íntima índole: una ciudad, y no necesariamente aquélla en la que vive, que define para uno lo que es y lo que quiere. Y ésta, por su perseverancia en resistir a la fatalidad que hace y deshace con nuestros anhelos y nuestras voluntades, no es mala opción para elegirla como base emocional de operaciones.
(Una de las incontables imágenes que Borges, el personaje de Borges en “El Aleph”, reconoce al asomarse al punto en el que confluyen todos los puntos del universo, es un poniente en Querétaro).

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La ventana de la Zacatecana


En Santiago de Querétaro existe un peculiar museo cuyo atractivo principal consiste en la leyenda que ahí se cuenta, acerca de una mujer (la "Zacatecana") adúltera, asesina y asesinada en circunstancias de lo más sórdidas.
Ésta es la ventana de la que fuera su habitación, la misma por la que su fantasma se asoma al silencio y al sol inefable de esta ciudad.

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Sobre los animales


Ernesto Briseño Pimentel



Para Cecilia


El narval paréceme un animal maravilloso: un pequeño cetáceo moteado con un largo cuerno retorcido en la frente. Creo recordar una ilustración que vi cuando era niño que mostraba un narval con piel amarilla y motas negras, como piel de tigre, pero fotos que he visto posteriormente muestran que son grises con motas más oscuras, lo que ha desvaído un poco el sentimiento de maravilla, pero sólo un poco, menos aún: un poquito. Se cree que fueron cuernos de narval, encontrados en algunas playas, los que, en la Antigüedad, dieron pie a la creencia en los unicornios. Los biólogos modernos sabían que este cuerno es, en realidad, un colmillo, es decir, un diente. Se preguntaban cuál era la función de esta adaptación, pues saben que aunque los cambios biológicos surgen al azar no se conservan si no tienen algún sentido biológico. “Para romper el hielo incipiente que se forma en los agujeros por lo que respiran” —pues estos animales viven en el Ártico—, decían unos. “Para luchar por las hembras”, afirmaban otros. Hipótesis de sentido común, que aunque fuera el más común de los sentidos será siempre insuficiente, incluso en los biólogos.
El último número de Scientific American (marzo, 2006) reporta que un grupo de investigadores de la Universidad de Harvard y el Instituto Smithsoniano han examinado con microscopio electrónico el cuerno del narval y han descubierto que diez millones de nervios corren de su superficie hacia su núcleo y transmiten información sobre temperatura, presión, salinidad, además de detectar micro partículas procedentes de las presas de los narvales. ¡Vaya diente!
La filosofía, séame permitido decirlo, y me gusta decirlo, es mi pasión. Será porque estoy convencido de que, dicho con las palabras de Nietzsche, “las más grandes ideas son los más grandes acontecimientos” y de que las más grandes ideas son filosóficas, aunque también sean filosóficos los más grandes desatinos —por supuesto, ambas posibilidades están estrechamente vinculadas, de modo tal que incluso algunas de las más grandes ideas constituyen algunos de los más grandes desatinos. Sin embargo, a pesar de esa pasión, en los últimos años a menudo me he sorprendido enfrascado en cuestiones biológicas e ideando diferentes hipótesis para explicar algunos fenómenos biológicos. No tengo competencia alguna para hablar de mecanismos biológicos, a pesar de que llevo un par de años estudiando con cierta asiduidad el más voluminoso tratado de biología asequible en castellano, la esplendorosa Biología de Curtis y Barnes, pero algunas ideas suelen ocurrírseme sobre el comportamiento animal. No creo, con todo, haberme equivocado de vocación —si no es que más bien la vocación te elige. Sin embargo, si volviera a nacer, esa vez me volvería, sin dudarlo un momento, biólogo.
También me interesan los fenómenos astronómicos y microfísicos. Más aún: me fascinan. Y quiero comprenderlos. De hecho, los comprendo mejor que muchas otras cosas. Pero cuando pienso a fondo mis motivaciones para conocer y explicarme estas realidades, me percato de que no hay aquí sino una motivación de corte estrictamente estético. Pues en estos casos es la apariencia del fenómeno y el orden de su estructura lo que acapara mi atención. Dicho sucintamente: quiero conocer estas realidades por lo que en ellas hay de hermoso. Sin embargo, con la vida es diferente.
Por supuesto, también los seres vivos me maravillan desde el punto de vista estético. Como cualquiera me detendría con delectación a enumerar las plantas y animales cuya belleza considero arrobadora. Mas no es esto lo esencial, al menos en relación con los animales. Lo que me atrae de ellos es lo mismo que me atrae del teatro, tal como lo caracteriza en lo esencial Aristóteles en la Poética, es decir, el drama, la acción y las emociones vinculadas con la acción.
Tengo a orgullo ser el único que hace muchos años, cuando mi dilecto maestro, el Dr. Fernando Leal, preguntó por qué las plantas carecían de órganos sensoriales, acertó al decir, imaginando un geranio que veía acercarse una cabra hambrienta, que sería una crueldad tener ojos y carecer de piernas. Pues, efectivamente, sentidos y órganos de locomoción van aparejados; biológicamente no tienen el menor sentido los unos sin los otros: no necesitas orientarte en el espacio si no te puedes desplazar en él.
Y aquí, en esta conjunción de la sensación y el movimiento, nos encontramos ya en las inmediaciones del drama. La necesidad y la sensación, la capacidad de afectar y ser afectado, el necesitar del otro para vivir: de aquí surgen la necesidad del vínculo, la posibilidad del vínculo y de su rotura, del la convivencia y del conflicto, de la lealtad y de la traición, de la compañía y de la soledad, de la virtud y del vicio, en suma, de las fuerzas primordiales del mundo según Empédocles, Eris y Eros, el odio y el amor. Paréceme que en general los animales no solo viven sus vidas, sino que se las juegan. Por esta razón, creo que podemos hacer de la vida de cualquier animal, sin traicionar su naturaleza, una historia, un relato dramático. Los animales viven vidas individuales. Ahora podemos notar esto con facilidad gracias a los documentales sobre la vida salvaje.
Durante algún tiempo me pregunté, al escuchar algunos relatos de estos documentales, sin no se incurría en una inapropiada antropomorfización de los animales filmados. Después de meditarlo un tiempo, adopté como principio rector un consejo de sentido común, en esta ocasión suficiente: Se ve como pato, camina como pato, grazna como pato; luego, es pato. Veamos sólo un par de ejemplos.
Un grupo de leonas avanza desplegándose a través de la maleza para rodear a varios búfalos que pastan, y cuando ya han ocupado posiciones alrededor de éstos, los atacan. Leonas, sí, pero no taradas. Hay aquí jerarquía, organización y sentido estratégico.
El año pasado disfruté enormemente de una serie documental producida por la BBC llamada El reino del suricato. Durante diez años un equipo filmó cotidianamente a una familia de suricatos que habitan en el desierto del Kalahari. El resultado fue una novela familiar no menos rica y compleja que la historia de los Budenbrook contada a principios del siglo pasado por el ilustre Thomas Mann. Hay también el paterfamilia responsable y bien compuesto, una hija rebelde, el holgazán manirroto y seductor. Y junto a éstos más: la madre prolífica y celosa de sus hijas, el hijo abnegado que dará la vida por sus hermanos pequeños, el irresponsable, el traidor, la madre soltera y exiliada. Y ninguno es, con todo y cola,, más largo que nuestro antebrazo.
No tengo duda de que muchos animales tienen una vida propia y una personalidad singular, y que esta personalidad no es sólo la expresión de un gen sino el producto de una historia. Habrá muchos que son un “don nadie”, pero, digo, eso pasa también con nosotros. Y, sin embargo, no creo que nadie viva una vida tan estereotipada que no deje en ella su propia marca. El que tienen inteligencia y sentimientos es cosa que doy por sentado y es necesario mencionarlo es sólo porque a muchas personas tal atribución les parece inconcebible, que es lo que a mí me parece inconcebible, por lo cual he tratado de explicármelo.
Hace unos diez años escuché con estupor al Dr. Edmundo Ponce Adame, decano de la Universidad de Guadalajara y una de sus más preciadas joyas por aquel entonces, que decía, a sus ochenta y tantos años de edad, haber descubierto —a propósito del duelo que experimentaba una gata por la muerte de su dueña, madre del doctor— que los animales tenían sentimientos. Recuerdo haber pensado: “¿En qué mundo ha vivido este hombre? ¿Nadie le regalo un perro de niño?”.
Por esas mismas fechas adopté a mi segundo perro o, quizá sea más correcto decir, él me adoptó. Una mañana en que daba clase de fenomenología en la maestría de filosofía, un pequeño perro marrón con aspecto de zorro, después de retozar por el jardín aledaño y de haber curioseado un rato junto a la puerta, entró al aula y se echó a unos pasos de mí. “¿Te interesa la filosofía, pequeño?”, pensé. Al terminar la sesión pregunté a Moy, que atiende la cafetería, y a don Poncho, cuyo puesto está en la entrada del centro universitario, si sabían de quién era ese perro. De las respuestas deduje que ese perro ya era mío. O yo de él. En cuanto llegamos a la casa correteó por todas partes, se subió en todos los sillones y, finalmente, se echó en el más cómodo, mi favorito, en el cuarto de la televisión, a esperarme. Pregunto: ¿puede dudarse de que este perro es sumamente inteligente? A un tipo tan vital, chispeante e intelectualmente inquieto no podía menos que bautizarlo como lo bauticé: Voltaire.
Cuando pienso por qué a tanta gente le es tan difícil aceptar que los animales tienen conciencia, actúan racionalmente y tienen emociones, creo que la respuesta es que aún vivimos en una era muy cartesiana. Pues para Descartes, como es bien sabido, los animales son mecanismos, justo como los relojes de antaño —es decir, de cuerda. Pero esta respuesta contiene sólo parte de la verdad. Valedera principalmente para la parte más intelectualizada de la población —como el Dr. Adame. La otra parte tiene que ver con el hecho de que vivimos en una cultura cristiana. La creencia de que el hombre es hijo de Dios, y no una creatura surgida de la naturaleza, ha llevado a muchos a pensar que nuestras diferencias con respecto a los demás animales —con respecto a los animales, dirían ellos— son abismales. En última instancia, llegan a pensar que nada hay en común entre un animal mortal y un espíritu finito pero inmortal —el nuestro. Pero ninguna ontología es más falsa, para mi gusto o, mejor dicho, a mi juicio, pues estas cuestiones deben ser de juicio riguroso, no de gusto, que la cristiana. Pero, como nos ha enseñado ampliamente Nietzsche, la falsedad no es una objeción contra una idea y hasta podría ser una condición de su valor, por la sencilla razón de que la cantidad de verdad que pueden soportar la mayoría de las personas es mínima.
Las diferencias son grandes, por supuesto. Pero son entendidas falazmente. Así, por ejemplo, el hecho de que nosotros pensamos con palabras, lleva a muchos a concluir que, puesto que los animales no tienen lenguaje, no piensan. Claro, una vez que hemos aprendido a pensar con palabras, y habida cuenta de lo pequeños e inmaduros que somos antes de aprender a hablar, no podemos concebir, ya adultos, cómo sea eso de pensar sin lenguaje. A esto se agrega una segunda falacia: del hecho de que no tienen un lenguaje como el nuestro, se infiere que no tienen lenguaje en absoluto. Pero —siguiendo el principio de si como pato, entonces pato— si hay coordinación de acciones, si hay jerarquías, si hay reglas, entonces hay comunicación y hay lenguaje. Y encontramos todo esto en una gran cantidad de artrópodos, principalmente los insectos sociales, y cordados, principalmente aves y mamíferos. Actualmente sabemos que utilizan diversas formas de comunicación: comunicación química, visual, táctil, ultrasónica. Posibilidades de las que, en algunos casos, poco sabemos, pues aunque no estemos exentos de algunas de ellas —se ha encontrado que el olor tiene un papel importante en la elección de pareja— trabajan por debajo del umbral de la conciencia.
Muchas de nuestras características han sido preparadas y desarrolladas a lo largo del periplo evolutivo que llega hasta nosotros. Más aún, con respecto a cada ser vivo que encontremos podemos tener la seguridad de que hay, en algún punto de la línea del tiempo, un ancestro común a él y a nosotros. Aunque a muchos les suena absurdo, es verdad que en sentido estricto todos los seres vivos somos, en algún grado, parientes. Esta idea me deslumbra y reconforta. Cuando medito en ella a fondo para captar todo su significado, me percató de que constituye para mí la única forma de religiosidad posible y aceptable, pues está basada en hechos incontrovertibles y no en deseos ni ficciones.
Me gustan las historias personales. Cualquier historia personal. Tiendo a creer que bien narrada, ninguna deja de ser interesante. Hace muchos años, veinte aproximadamente, cuando era muy marxista y la idea de enajenación me parecía plenamente vigente, sentía que de las personas que vivían enajenadas no valía la pena ocuparse: conducidas por los demás, sin pensamientos propios, con emociones triviales y estereotipadas, casi sin conciencia. Podemos convenir en que, para su desgracia, hay personas así. Pero eso ya no me induce al desprecio. Pues ahora sé que todas viven y que vivir es búsqueda y lucha. Sí, a nuestro alrededor se libran cada día cientos de batallas, muchas de ellas calladamente. Algunas son notorias; de otras sólo nos llega un leve rumor del fragor que lo origina. Y aunque creyéramos que en nuestro interior todo es cielo sereno, si afinamos el oído nunca dejaremos de escuchar el nuestro, ese rumor o incluso el fragor mismo. Ahora esas batallas, cada una, me emocionan, tanto si culminan en resonantes victorias como en grises, sordas, lastimeras derrotas. Hoy en cualquier persona puedo encontrar una palabra inquisitiva, una emoción auténtica, un impulso de lucha, aunque sea uno solo, alguna vez. Por eso me interesan todas las historias del mundo. Se entenderá que yo incluyo en éstas las historias de los animales.
Podríamos preguntarnos si estas historias merecen ser contadas por sí mismas. No como fábulas. No como alegorías. Sólo para conocer una vida. Por esta sola motivación yo las leería. Hay una que —a pesar de carecer de dotes de narrador— quiero contar porque la conozco y me toca de cerca. Perdóneseme el hacerlo con tan poco arte.
Hace un par de meses, Cecilia encontró en el parque cercano a su casa, a una pequeña french poodle, de pelaje grisáceo, que andaba de aquí para allá arrastrando los cuartos traseros, muy probablemente abandonada. Advirtió que tenía hambre y sed y la tomó en brazos para llevarla a su casa. Un par de señoras que vivían frente al parque hicieron gestos de aprobación, pero ninguna había hecho nada por el can. Cuando llegó conmigo y me contó de su hallazgo, la urgí para que lleváramos a la perrita con un veterinario para ver si había algo que se pudiera hacer. El veterinario dijo que había padecido moquillo o había sido atropellada, por lo que tenía las patas secas, y que el daño era irreversible. Cecilia me comentó que ya sabía eso pero no había querido decírmelo. Pregunto si habría alguna institución que se pudiera hacer cargo del animalito para cuidarlo o colocarlo. El veterinario le dijo que, por regla general, a un animal en esa condición lo “dormían”, que es lo que él haría. Cecilia no quiso saber más y optó por llevársela a casa.
Athziri, que adora a los perros, estaba encantada. Itza, como yo, sentía una extraña opresión que le resultaba difícil de sobrellevar al ver a la perrita arrastrándose. Cecilia le puso como nombre Morusa. Chispireto –ridículo nombre del que los niños se mofan cuando Cecilia lo llama durante los paseos por el parque-, uno de los dos poodle que ya tenía, el otro es Chispireta, su madre, le echó el ojo y, aunque tullida, no le hizo el feo, la enamoró y luego… la favoreció. En estas andanzas, Morusa comenzó a levantar los cuartos traseros y poco a poco comenzó a moverlos y a caminar. Hoy, con seis cachorros en el vientre, parece, más que perrita, una de esas clásicas alcancías con forma de cerdita y deambula por todas partes siguiendo a su ama y cuando ésta la levanta como si fuera un niño y le canta una de sus raras canciones que tanto a las niñas como a mí nos divierten a la vez que nos sacan de quicio observa cómo el corazón de Morusa se pone a latir aceleradamente. Le digo entonces: Chispo será su viejo, pero esa perrita está enamorada de ti.
La historia de Morusa me hizo caer en la cuenta de que la vida de muchos animales suele parecernos fácilmente prescindible. Sucede como si sólo los seres humanos existiesen para nosotros. Y aun de éstos, para la mayoría, sólo unos pocos. Celebro que Cecilia haya acogido a esa pequeña perra, salvándola, no creo exagerar, del hambre, la soledad y la muerte. Este tipo de gestos suyos es una de las cosas que me hacen quererla perdidamente. En unos días Morusa será madre, cumpliendo uno de los destinos de su mamífera vida. Y estoy seguro que no es menor el sentido que para ella tiene procrear que el que sentido que tiene para una madre humana. Me parece que esta perrita tiene todo el derecho a vivir una vida, en lugar de quitársela solamente porque estuviera baldada.
Si llegáramos a pensar de forma generalizada que todo animal tiene este derecho, entonces la crianza industrializada de cientos de millones de pollos, cerdos y vacunos que nacen para producir carne, leche, huevos y otros productos para nuestro consumo, nos parecería un hecho absolutamente aterrador. Personalmente, creo que lo es. Quizás la cantidad de sufrimiento que así inflingimos va más allá del alcance de nuestras capacidades de empatía e imaginación. Si pudiésemos intuirla probablemente nos desmoronaríamos. En cualquier caso, no parecemos advertir la magnitud de los daños que estamos provocando. ¿Cómo hemos llegado a esta situación?
Durante muchos miles de años, el mundo fue un misterio para nosotros. Poco a poco despejamos ese misterio. Y las fuerzas que adquirimos al despejarlo las usamos para crear un mundo cuyas consecuencias no supimos prever. Ahora este mundo se nos enfrenta y nuestra tarea es comprenderlo y aprender a manejarlo. Los delfines son tan inteligentes como nosotros, pero viven en un medio tan rico que utilizaron su inteligencia para sintonizar con él y disfrutarlo. Nosotros, por el contrario, vivimos en un medio mucho más pobre y hostil, del que tuvimos que defendernos y aprender a dominarlo. Frente a la idea de un progreso ilimitado tenemos que revalorar las virtudes en una vida limitada, en número, capacidades y goces, que no trastoque los delicados equilibrios del mundo. Y, habiendo adquirido la capacidad de trastocarlos, ésta constituiría una nueva forma de generosidad que nos realzaría como especie. Juzgo ésta una bella posibilidad.
Pero, pase lo que pase con nosotros, pienso que la vida continuará. Ya en dos ocasiones han chocado contra la tierra asteroides que ocasionaron la desaparición en poco tiempo del setenta o hasta el noventa por ciento de la vida en el planeta, sólo para que después de unos cientos de miles de años estuviera de nuevo densamente poblado de magníficas e inéditas especies de vegetales y animales. Todo terminará completamente sólo cuando el sol se trasforme en supernova, si ninguna especie terráquea logra llevar la vida a otras estrellas.
Somos un experimento, tan sólo otro ensayo de la vida, quizás el más promisorio y fallido a la vez, en un mundo en el que la vida ha ensayado millones de millones de veces. Quizás somos un error y tal vez un día nos percatemos de ello, el día de nuestra extinción, y bien podría suceder que el momento de la aceptación de esa condición de ser un error que la naturaleza procede a corregir, sea —frente a todos los momentos que consideramos de mayor gloria— nuestro momento de mayor grandeza. El que seamos dicho error o, por el contrario, un gran acierto, depende de nuestros errores y nuestros aciertos. El hecho es que en nosotros, al conocer su historia y sus mecanismos, la vida se vuelve consciente de todas sus posibilidades. Acaso sucede simplemente que ella misma no puede tanto. En lo personal, tiendo a creer que somos un error, pero entonces viene a mi mente un antaño conocido dicho gramsciano: pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad, otra forma de la apuesta pascaliana.
Me percato ahora de que quizá la idea de un espíritu puro no es accidental, sino una ficción necesaria que pretende sellar la voluntad de trascendencia de la vida, su ansia de trascendencia con respecto a la muerte. Pero ésta fue, sin embargo, una de sus más afortunadas creaciones. Sexo y muerte son dos caras de la misma moneda. Cuando surgió el mecanismo de la reproducción sexual originalmente los padres no morían. La muerte apareció como un mecanismo para aliviar la sobrecarga poblacional que al sumar las nuevas generaciones a las anteriores provocaba el colapso de los correspondientes nichos ecológicos.
Porque toda vida ha de morir requiere de cuidado. Y la falta de cuidado se paga muy cara. Tal vez no hay maldad ni nunca la hubo, sino sólo ansía de vivir. Sólo nuestra ignorancia de la naturaleza de la vida nos ha impedido entenderlo. El predador vive vida de predador y no hay maldad en él. Y quizá en el peor asesino humano no haya sino una desesperada ansia de vivir y algo que murió irremisiblemente. Pero, como escribiera tiernamente Cesar Vallejo, “ellos murieron siempre de vida.”
Al final de cuentas, será por eso que no quiero morir sin entender aquello que constituye mi esencia: la vida.

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Sobre los narvales


Recientemente, el poeta David Huerta publicó un ensayo en el que se ocupa de la peculiar criatura marina. Viene a cuento por el ensayo de Ernesto Briseño "Sobre los animales", que esperamos tener aquí en breve. Por ahora, podemos conocer el de Huerta, que se llama "El correo de los narvales"

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El Reino de Ladonia


Por favor, échenle un vistazo a esto. ¡Existe! Hay que ir.


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De vuelta

Misteriosamente (bueno, ni tanto) esta bitácora no había sido actualizada en algunas semanas. Ya estamos de regreso, con el ensayo de Teresa González Arce que encontrarán a continuación.

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Trazos en la ciudad de arena


Teresa González Arce


No hay mar alguno al final de la explanada. El horizonte azul que aguarda a lo lejos, interrumpido solamente por los tejados rojos de algunos edificios, el barandal que señala el cambio abrupto de altura entre la ciudad vieja y lo que un día fueron los suburbios, todo se confabula para dejarnos creer que un río, un lago o una entrada de mar está esperándonos del otro lado. No nos cabe en la cabeza que quienes fundaron la ciudad hayan decidido darle la espalda al mar o, simplemente, apartarse a una distancia prudente de él para seguir deseándolo, para planear con emoción una tarde en la playa o un paseo por los estanques. Caminamos entre los plátanos ―frondosos en verano, negros y desnudos en invierno―, atraídos por el perfil de la montaña y una promesa acuática que sólo se desvanece al llegar al pie de las escalinatas que bajan hacia el bulevar. Convencidos de que ahí tendría que estar el mar, volveremos a buscarlo al día siguiente como si sólo hubiera salido a dar una vuelta.
En los dinteles de las puertas, labrado en alguna esquina, pintado en las iglesias y evocado en las placas de las calles, San Roque no termina de irse. Hace como que tiene prisa: no suelta el báculo, no se quita el sombrero, y deja que el perro le lama eternamente las heridas. Nadie duda que sea un viajero ni que su destino final, como el de tantos peregrinos que pasan por ahí, esté muy lejos de esa pequeña ciudad del Mediterráneo. Avanza a pasitos cortos, como quien no quiere la cosa, y se detiene a descansar a cada rato. Las heridas de sus piernas esperan el gran milagro de Santiago para sanar, pero eso no quiere decir que el calor, instalado en las plazas y prolongado con dulzura a lo largo de los callejones, no alivie también el dolor. Un día más, otro, y la gente empieza a reconocerlo. Ven que sufre, pero igual le piden favores que él hace sin prisas ni aspavientos. Mientras Santiago de Compostela no se mueva de su sitio, él podrá recorrer sus calles color arena y, a falta de mar, perderse en el azul intenso de su cielo.
No es un lugar particularmente hermoso. Es verdad que los días claros uno alcanza a distinguir desde ahí los estanques e incluso el mar, y que en ningún otro lado se puede ver como ahí la montaña que los lugareños llaman el Pic Saint Loup. No es un mal sitio para sentarse a leer, y los viejos deben pensar que aquellas veredas terregosas entre los árboles no están mal tampoco para perder las horas jugando a la petanca. A los niños les gusta subir los peldaños del castillo de agua, e incluso echar una mirada a los peces que nadan en el pequeño estanque. Hay algo triste en el color de la piedra, sobre todo los días nublados, cuando la luz deja de reflejarse en ella. Pero está bien descansar en las bancas de piedra y escuchar los golpeteos africanos del tam tam que alguien toca en la parte baja del paseo. La estatua ecuestre de Luis XIV podría ser antipática, parada ahí, tan pomposa en medio de la nada, pero la pátina que la cubre acaba por hacerla soportable. Uno se acostumbra a ella al igual que llega a tolerar ese musgo espeso que cubre cada fuente de la ciudad. Luego de mirar las vitrinas de las tiendas caras, de pasar junto al arco de triunfo y de atravesar el bulevar, hace bien entrar en ese espacio tan abierto, tan exageradamente amplio e inútil, sin comercios, sin más belleza que la concedida por la luz.
Caminaba solo por las calles de la ciudad, con la mirada triste y un gato acurrucado en la gran maraña de la cabeza. No parecía dirigirse a ningún sitio, ni preocuparse por la estabilidad de su mascota, que solía dormir plácidamente en su mullida atalaya. Su extravagancia ya no despertaba admiración en la gente, acostumbrada desde hacía mucho a su caminar lento, a su cuerpo tan delgado y pequeño, a sus grandes anteojos. Pero mirarlo con atención tenía sus recompensas: el gato no era siempre el mismo, y creo que a veces, cuando el largo de su cabello lo permitía, llevaba más de un bicho en la cabeza. De vez en cuando dejábamos de verlo y aparecía luego con la mirada aún más triste, la ropa menos sucia y la cabeza rapada y sin pasajero. La última vez que me crucé con él supe que algo había cambiado en su vida. En su boca se dibujaba algo parecido a una sonrisa: el cabello le había crecido y no caminaba solo. Llevaba un gato en la cabeza, como antes, y una mujer caminaba torpemente a su lado, como queriendo evitar que el gatito acurrucado entre sus greñas se despertara antes de llegar a casa.
Dos grandes ausencias marcan los contornos de la ciudad: la ausencia del mar y la ausencia de las murallas que alguna vez defendieron sus calles de presencias enemigas. El mar, en realidad, nunca estuvo ahí, pero su cercanía se adivina en el aire. Las murallas cayeron un día, o fueron derribadas, pero sus cicatrices gobiernan aún la circulación de la ciudad y siguen marcando sus límites. Las antiguas torres o puertas que aún existen permiten reconstruir mentalmente un dibujo que persiste en el trazo del bulevar y en la altura de la ciudad vieja con respecto a sus alrededores. Imagino la antigua ciudad amurallada, enroscada como un gato en el monte, sin prestar demasiada atención a las montañas, los viñedos y el mar que la circundan, y pienso que las cosas no han cambiado mucho desde entonces. Las murallas han caído, pero los coches deben ganar múltiples batallas cotidianas para acceder a sus calles angostas, y el caminante sin condición física tendrá que resignarse a mirar el perfil de la catedral desde el valle o bien a quedarse en la parte más alta de la ciudad sin salir nunca de sus contornos. Deben ser esas mismas murallas invisibles las que me hacen sentirme segura al salir de mi casa y recorrer las calles de la ciudad, como si ese espacio fuera una extensión de mi departamento y como si nada debiera temer mientras me quede ahí, entre los muros de ese castillo de arena que es Montpellier.

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Para que conste



Con justa razón se ha observado que corrían los días sin que hubiera actualizaciones de esta bitácora. Entre otros motivos, tuvo lugar el lunes pasado la entrega del Premio Xavier Villaurrutia al poeta David Huerta, maestrísimo, y hubo que ir. Aquí está la foto, donde el laureado alza su diploma al lado de Alí Chumacero.

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RED DE LETRAS

Échenle un vistazo a esta nueva publicación del ITESO: http://reddeletras.iteso.mx/ Si les interesa, pueden anotarse para que les llegue regularmente (y gratis, tanto mejor).

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Harry Potter y los ausentes

Ana Elda se fue a Vallarta con Philip Roth. Ana Rosa se vio atrapada en un embotellamiento de trabajo que le impidió llegar. Y el misterio rodea la ausencia de Isabel, Teresa y Roberto (¿andarían ya surtiéndose de las viandas que despacharemos en el festejo inminente porque la espera de Matías ya está llegando a su fin?). De modo que este jueves, en la Joseluisa, los extrañamos. Pero igual agarramos una cháchara de lo más sabrosa, que fue desde el asombro por los malabares de Cabrera Infante a las diferencias que hay entre persuasión, convencimiento y seducción. (Maribel hasta se olvidó de avisarnos a tiempo que llevaba un ensayo —tan prendidos estábamos—, por lo que nos lo guardará para la semana siguiente).
Alrededor de las seis, la librería fue llenándose de harrypottermaníacos que acudieron a hacerse de su ejemplar, mientras que en la Gonvill de plano convirtieron medio local en un escenario de lo más simpático, al modo de Hogwarts, donde un mago hacía trucos (y el estelar fue la aparición del mentado libro: ¡ovación!). Hay que ver cómo el "chamaco cuatro ojos y medio traumado" (la descripción, exactísima, es de Paco Navarrete) alborota a la multitud.

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Mis palabras

Roberto Tostado

Esperanza, amor, caridad, fe, confianza, dignidad, cariño, amistad, etcétera.. Hay muchísimas palabras que tal vez deberían ser mis favoritas por su significado, pero aunque sé que son buenas, no me emocionan: tal vez sea que son palabras que deben ser insertadas en alguna frase para que se magnifique su efecto en mis sensaciones. O tal vez sea que las he oído tantas veces y en tantas frases tan cursis y sin sentido que las fueron depreciando poco a poco hasta llegar a anular la fuerza de su significado. A veces pienso que se debe a que en nuestra sociedad actual nos hemos llenado de antisentimentalismo; consideramos expresar nuestros sentimientos o emociones como debilidad o como falta de carácter y creo que nos ha afectado de forma drástica. Todo el mundo tiene problemas de estrés y enfermedades derivadas de ese mismo estrés: tal vez si fuéramos capaces de llorar y de reír y de amar y de odiar cuando nuestras emociones así nos lo piden, en vez de reprimirnos, seríamos una sociedad más sana. Porque no sólo le tenemos aversión a las palabras, sino a lo que conllevan.
Yo creo que no tengo en sí palabras favoritas, más bien tengo palabras de moda: por ejemplo, ahora tengo mucho la palabra índigo, me gusta por que hay una canción de Peter Murphy que me gusta mucho y otra de Peter Gabriel que también es de mis favoritas, y es un color que, después de saber su historia, me intrigó mucho más, y esa palabra me recuerda tanto las canciones como la historia de un color y al mismo tiempo la pintura —que es a lo que me dedico.
Me acuerdo mucho de “Holocausto”: se me hace una palabra que pesa muchísimo, llena de muerte, tristeza y de desolación. Pero también una palabra llena de orgullo y de superación, tal vez por todos los libros y películas que han producido las tantas historias que provocó el Holocausto.
“Desnudo” es otra palabra que mucho tiempo me intrigó, en el sentido pictórico. Me pasó lo que creo que le debe pasar a cualquier estudiante de dibujo: esperar con ansia y nerviosismo la clase de desnudo o de figura humana. Uno se imagina un ambiente lleno de erotismo y sensualidad y que las hormonas se van a alocar de forma insólita, y pues no…la verdad es que el nerviosismo y esa aura de erotismo y sensualidad desaparecen en cuanto te das cuenta de que tienes que esforzarte mucho para que la figurita te salga en los primeros ejercicios de un minuto y después de que tienes al maestro detrás de ti haciendo presión y la modelo se mueve mas rápido de lo que pensabas, después vienen los dibujos más detallados donde la modelo se convierte en una especie de jarrón o bodegón y ya no te fijas en la mujer desnuda sino en las sombras, luces, volúmenes, proporciones, y sobre todo en el trazo de tu lápiz.
Después vino la investigación del desnudo artístico o desnudo pornográfico o vulgar, sus diferencias y qué es lo hace que el pop art pueda convertir un desnudo pornográfico en arte. La respuesta…aún no estoy seguro, pero seguro va a ser divertido cuando lo sepa. Alguna vez, cuando empezaba a meterme al mundo del arte, vi unos dibujos de Egon Schiele, y creo que como a todos los que los ven por primera vez se impresionan por la fuerza de las imágenes, esté proporcionada o no, completa o incompleta. La precisión de su trazo también fue algo que me impactó, pero sobre todo ver la desnudez fría y esquelética de sus figuras; todas son tristes o melancólicas, es un erotismo desesperanzado y animalesco, pero lleno de humanidad —al contrario de su maestro Gustav Klimt, que es un desnudo feliz, de erotismo gozoso y lleno de carne y pasión.

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Viajando descubro y me descubro

Ana Elda Goldman Serafín

Deseando conocer Grecia, tuve la delicia de hacer una travesía en la quietud pausada de un crucero. La ubicación citadina de mi vida cotidiana me ha colocado siempre a distancia del mar, sus sonidos, aromas y profundidades, por lo cual mis viajes en crucero han sido un gran privilegio. Hasta entonces había viajado siempre por América, y aunque ya había mirado el Mediterráneo, siempre lo había hecho desde una costa europea y con mis ojos puestos en lontananza. Mi viaje a Grecia por crucero era, por lo tanto, una gran novedad, una nueva experiencia en esos territorios marinos.
Los cruceros siempre han sido para mí una opción hospitalaria móvil, donde yo me permito dejarme llevar, cuidar, mecer, tocando tanto las sorpresas que me regalan los lugares por visitar en tierra firme como la despedida cadenciosa de cada uno de ellos. Mi gusto por adentrame en las peculiaridades de cada cada isla griega fue llenándome de satisfacción y regocijo, con una sensación de privilegio enmarcada en ese azul intenso del Mediterráneo. Mi sueño estaba más que cumplido, aunque quedaba un lugar más por visitar —pero no era ya del país que yo había anhelado conocer.
En el siguiente amanecer me encontraba conectada con lo vivido en la travesía de las islas griegas —como cuando el deseo está puesto en seguir saboreando el banquete, y por lo tanto con mucha indiferencia para cualquier otro ofrecimiento— cuando descubro en la distancia el perfil de una ciudad que se me presentaba como un gran misterio. Un excelso perfil definido por cúpulas y minaretes, elegantes alturas, formas y proporciones que apenas alcanzaba a vislumbrar en la distancia, y que me hacían adentrame en una silenciosa meditación observadora. Es así que empecé a descubrir la ciudad de Estambul.
En los momentos en que nuestro barco-casa se encontraba haciendo sus vaivenes en vías de atracar, para que, acto seguido, los pasajeros pudiéramos realizar nuestro entusiasta y apresurado descenso y desembarque, mi emoción crecía al sumarse a mi visión el bullicio de las palabras extrañas del idioma, al unísono de las notas musicales que entraban por mis oídos. Desde esos momentos permanecí estupefacta y en armonía en toda mi estadía, continuando la visita en cada rincón de esa ciudad. Jamás olvidaré esa actitud silente y meditativa con que yo dejaba entrar cada espacio observado y vivido.
Mi silencio y meditación me acompañaron en cada uno de los lugares; llegué a pensar que, si la reencarnación existe, yo había pertenecido de alguna manera a esa ciudad, como si su historia representada en cada monumento, cada calle, cada mezquita y cada vitral, lámpara o mosaico, me hablaran de mí. Porque esa ciudad me hacía conectarme también con un lugar de mí misma que era mi propia casa interior, confortable, llena de vida y en consonancia con una capacidad de aventura, curiosidad y amor por el misterio de la vida.

La antigua Constantinopla, fundada hace tres mil años, capital de los imperios bizantino y otomano, mitad europea y mitad asática, mitad moderna y mitad ancestral, unidas por la naturaleza a tavés del Estrecho del Bósforo, me regalaba la constatación de una interculturalidad que siempre he amado dentro de mí misma.
La magia en la unión de las culturas se hace presente en la geografía de la ciudad, la excelsitud y la decrepitud, la huella del poder y de la decadencia, la confluencia del Már de Mármara y el Mar Negro enmarcando una penísula triangular, donde fue asentada y construida la ciudad de Estambul.
Es una ciudad geográfica y estratégicamente abierta, cuya ubicación, en su época de poderío y dominio, la convirtió en la ruta principal de acceso de la Europa Central a los Antiguos pueblos de Asia Menor, y al Este por la vía de Irán a a Jerusalén, así como era también el paso obligado para las embarcaciones del Báltico rumbo al Mediterráneo.
Dominadora y dominada, invasora e invadida en varias y alternadas etapas históricas, Estambul posee en sus monumentos vestigios de cada período —bizantino, otomano y romano—, o en la moderna presencia de Kemal Ataturk, dirigente del nuevo Estado en el siglo pasado, hasta la posmoderna industrialización y sobrevivencia.
Aparentemente dominada y sojuzgada, surge del ocultamiento y del integrismo musulmán, y los fieles aún en la actualidad atienden cumpliendo diariamente a los cinco llamados del día, que se hacen escuchar, desde los alminares de esos majestuosos minaretes. Abandonan sus labores para cumplir con sus rituales, ya sea para la oración o para el lavado público de sus pies a fin de entrar simbólicamente puros a sus antiguas mezquitas.
Las mezquitas son antiguas y simultánaneamente son actuales, su antigüedad se representa ya sea en la magnificencia de sus cúpulas decoradas, en sus grandes caligrafías, o en las huellas romanas del cristianismo inscritas en la majestuosidad bizantina u otomana de sus construcciones. Multitud de culturas que hacen presente la historia y la misma actualidad, ambas omnipresentes a través de la vida cotidiana de sus habitantes.
Esa historia y religiosidad también es elocuente en sus cementerios, una obra de arte —sea de caligrafía esculpida, filigranas de piedra o diversos turbantes convertidos en escultura— que en cada tumba representa el símbolo y grado de religiosidad y conocimiento de aquellos cuya memoria prevalece a través de su sepultura.
En aparente contraste con la religiosidad, podemos encontrar los palacios de verano o invierno del imperio otomano, actualmente convertidos en lujosos hoteles, o algunos como el Palacio Topkai conservado como museo con sus cuatrocientas habitaciones y varios salones suntuosamente decorados donde vivían los sultanes, mientras que en otras habitaciones semiocultas vivía el harén integrado por un millar de mujeres. Los vestigios y restos de los tesoros del imperio otomano son increíbles: brillantes, esmeraldas, granates y almandinas, vajillas, vestuarios bordados en oro, plata y piedras preciosas. O el hammani, llamado también baño turco, donde cada estadío, cada estancia, regula en sus proporciones, espacios y cúpulas la adecuación de la temperatura y la intensidad del vapor, aderezados con aromas de hierbas y especies, y que en su conjunto se encuentran al servicio del descanso y el placer en esas antiguas losas de mármol, algunas musgosas.


A mí me transportaron esos lugares a un lugar de mi infancia, donde todo eso existía solamente en mis libros de cuentos de Las mil y una noches. Siempre dudando de su existencia real, aunque fuera —al menos igualmente real— una bellísima fantasía. Nunca imaginé su existencia tangible, real para mis sentidos, ni que yo pudiera ir a sus escenarios, caminarlos y observarlos, tratando al menos de animar en mi imaginación a los actores y personajes como seres vivos que ahí habitaban.
Las calles de Estambul tienen una función como centro de actividad: el comercio. Desde los vendedores ambulantes, que ofrecen nieve o aguas de frutas o tés helados, vestidos mágicamente con atuendos de colores vivos y bordados, o el boleador de zapatos igualmente engalanado, todos sabiendo llevar a cuestas su equipo de trabajo, una bella elaboración artesanal realizada en latón brillante, similar al de las pipas de agua donde se va a descansar, fumando y bebiendo café, para luego leer el destino y suerte personal en las figuras y trazos de los sedimentos del café en el fondo de las pequeñas pequeñas tazas. Café y pipas de agua siempre alrededor de una conversación o de la misma actividad comerciante.
Mas además de esos personajes tradicionales se encuentran los comercios formales, como los bazares: desde la majestuosidad del Gran Bazar, con sus miles de laberintos en sus estrechas calles, hasta el Bazar Egipcio, con sus especias, o aquellos callejoncitos de los artesanos en viva y minuciosa producción: calígrafos, pintores, hiladores de lana y bordados, tejidos o tapetes u orfebres, que evocan también la magia de su tradición heredada.
Con certeza, la geografía del lugar y su apertura a los diferentes continentes ha engendrado esa tradición comercial donde el intercambio de productos se vivifica, se perpetúa y se hace permanecer como motivo de legendaria productividad económica.
Esta misma geografía da lugar a una convivencia de sus habitantes que también es mutirracial: la colonía sefardí, asentada desde la antigüedad; la población musulmana, con sus mujeres veladas y vestidas de negro, más la afluencia de armenios, kurdos, rumanos y rusos en busca de fortuna, dan lugar a ese convivio comunitario singular. Sus barrios también dan cuenta de la multietnicidad: algunos de estilo italiano, otros góticos o de influencia islámica, todos hacen presente la diversidad a través del tiempo cotidiano de sus gentes.


Después de mis dos días de estadía en Estambul decidí ir despidiéndome del lugar, mirando el atardecer en el Bósforo, sentada en el lado de la ciudad antigua y dejando de fondo el paisaje moderno de la megalópolis, quizás tratando de estar ubicada en la historia de la antigüedad, y mirando otra dimensión del presente y futuro, a través de lo venidero.
Me habían dicho que cada atardecer tiene colores distintos cada día, y también distintos en cada momento, ninguno igual. Alguien más, queriendo explicar esa magia, me dijo que es debido a la conjugación de muchos factores que provocan esa diversidad de colores, como la concentración de sales y minerales en las aguas, los vientos que pueden variar en intensidad, al igual que las temperaturas, la furia o mansedumbre de las aguas del Mar Negro y el Mar de Mármara que hacen contracorriente con las del Bósforo, y que aun la tensión que se vive en la ciudad tiene otra influencia.
Nuestro barco zarpaba a media noche, de manera que tuve la calma de mantener en mí, siempre viva, esa silenciosa meditación observadora que me había regalado Estambul y que coincidía y coincide todavía con un lugar interior muy mío que cada vez, en el presente, reconozco con mayor profundidad y certidumbre.
Me he mantenido a través de estos años, distantes solamente en el tiempo, desde mi primera visita a Estambul, yendo a esa ciudad a caminar y a vivirla todas las veces que me ha sido posible. Y cuando no me es posible, viajo en mi interior a esa ubicación mía, de actitud silenciosa, de meditación observadora, que gracias a Estambul descubro y redescubro en mi misma.

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