Viajando descubro y me descubro

Ana Elda Goldman Serafín

Deseando conocer Grecia, tuve la delicia de hacer una travesía en la quietud pausada de un crucero. La ubicación citadina de mi vida cotidiana me ha colocado siempre a distancia del mar, sus sonidos, aromas y profundidades, por lo cual mis viajes en crucero han sido un gran privilegio. Hasta entonces había viajado siempre por América, y aunque ya había mirado el Mediterráneo, siempre lo había hecho desde una costa europea y con mis ojos puestos en lontananza. Mi viaje a Grecia por crucero era, por lo tanto, una gran novedad, una nueva experiencia en esos territorios marinos.
Los cruceros siempre han sido para mí una opción hospitalaria móvil, donde yo me permito dejarme llevar, cuidar, mecer, tocando tanto las sorpresas que me regalan los lugares por visitar en tierra firme como la despedida cadenciosa de cada uno de ellos. Mi gusto por adentrame en las peculiaridades de cada cada isla griega fue llenándome de satisfacción y regocijo, con una sensación de privilegio enmarcada en ese azul intenso del Mediterráneo. Mi sueño estaba más que cumplido, aunque quedaba un lugar más por visitar —pero no era ya del país que yo había anhelado conocer.
En el siguiente amanecer me encontraba conectada con lo vivido en la travesía de las islas griegas —como cuando el deseo está puesto en seguir saboreando el banquete, y por lo tanto con mucha indiferencia para cualquier otro ofrecimiento— cuando descubro en la distancia el perfil de una ciudad que se me presentaba como un gran misterio. Un excelso perfil definido por cúpulas y minaretes, elegantes alturas, formas y proporciones que apenas alcanzaba a vislumbrar en la distancia, y que me hacían adentrame en una silenciosa meditación observadora. Es así que empecé a descubrir la ciudad de Estambul.
En los momentos en que nuestro barco-casa se encontraba haciendo sus vaivenes en vías de atracar, para que, acto seguido, los pasajeros pudiéramos realizar nuestro entusiasta y apresurado descenso y desembarque, mi emoción crecía al sumarse a mi visión el bullicio de las palabras extrañas del idioma, al unísono de las notas musicales que entraban por mis oídos. Desde esos momentos permanecí estupefacta y en armonía en toda mi estadía, continuando la visita en cada rincón de esa ciudad. Jamás olvidaré esa actitud silente y meditativa con que yo dejaba entrar cada espacio observado y vivido.
Mi silencio y meditación me acompañaron en cada uno de los lugares; llegué a pensar que, si la reencarnación existe, yo había pertenecido de alguna manera a esa ciudad, como si su historia representada en cada monumento, cada calle, cada mezquita y cada vitral, lámpara o mosaico, me hablaran de mí. Porque esa ciudad me hacía conectarme también con un lugar de mí misma que era mi propia casa interior, confortable, llena de vida y en consonancia con una capacidad de aventura, curiosidad y amor por el misterio de la vida.

La antigua Constantinopla, fundada hace tres mil años, capital de los imperios bizantino y otomano, mitad europea y mitad asática, mitad moderna y mitad ancestral, unidas por la naturaleza a tavés del Estrecho del Bósforo, me regalaba la constatación de una interculturalidad que siempre he amado dentro de mí misma.
La magia en la unión de las culturas se hace presente en la geografía de la ciudad, la excelsitud y la decrepitud, la huella del poder y de la decadencia, la confluencia del Már de Mármara y el Mar Negro enmarcando una penísula triangular, donde fue asentada y construida la ciudad de Estambul.
Es una ciudad geográfica y estratégicamente abierta, cuya ubicación, en su época de poderío y dominio, la convirtió en la ruta principal de acceso de la Europa Central a los Antiguos pueblos de Asia Menor, y al Este por la vía de Irán a a Jerusalén, así como era también el paso obligado para las embarcaciones del Báltico rumbo al Mediterráneo.
Dominadora y dominada, invasora e invadida en varias y alternadas etapas históricas, Estambul posee en sus monumentos vestigios de cada período —bizantino, otomano y romano—, o en la moderna presencia de Kemal Ataturk, dirigente del nuevo Estado en el siglo pasado, hasta la posmoderna industrialización y sobrevivencia.
Aparentemente dominada y sojuzgada, surge del ocultamiento y del integrismo musulmán, y los fieles aún en la actualidad atienden cumpliendo diariamente a los cinco llamados del día, que se hacen escuchar, desde los alminares de esos majestuosos minaretes. Abandonan sus labores para cumplir con sus rituales, ya sea para la oración o para el lavado público de sus pies a fin de entrar simbólicamente puros a sus antiguas mezquitas.
Las mezquitas son antiguas y simultánaneamente son actuales, su antigüedad se representa ya sea en la magnificencia de sus cúpulas decoradas, en sus grandes caligrafías, o en las huellas romanas del cristianismo inscritas en la majestuosidad bizantina u otomana de sus construcciones. Multitud de culturas que hacen presente la historia y la misma actualidad, ambas omnipresentes a través de la vida cotidiana de sus habitantes.
Esa historia y religiosidad también es elocuente en sus cementerios, una obra de arte —sea de caligrafía esculpida, filigranas de piedra o diversos turbantes convertidos en escultura— que en cada tumba representa el símbolo y grado de religiosidad y conocimiento de aquellos cuya memoria prevalece a través de su sepultura.
En aparente contraste con la religiosidad, podemos encontrar los palacios de verano o invierno del imperio otomano, actualmente convertidos en lujosos hoteles, o algunos como el Palacio Topkai conservado como museo con sus cuatrocientas habitaciones y varios salones suntuosamente decorados donde vivían los sultanes, mientras que en otras habitaciones semiocultas vivía el harén integrado por un millar de mujeres. Los vestigios y restos de los tesoros del imperio otomano son increíbles: brillantes, esmeraldas, granates y almandinas, vajillas, vestuarios bordados en oro, plata y piedras preciosas. O el hammani, llamado también baño turco, donde cada estadío, cada estancia, regula en sus proporciones, espacios y cúpulas la adecuación de la temperatura y la intensidad del vapor, aderezados con aromas de hierbas y especies, y que en su conjunto se encuentran al servicio del descanso y el placer en esas antiguas losas de mármol, algunas musgosas.


A mí me transportaron esos lugares a un lugar de mi infancia, donde todo eso existía solamente en mis libros de cuentos de Las mil y una noches. Siempre dudando de su existencia real, aunque fuera —al menos igualmente real— una bellísima fantasía. Nunca imaginé su existencia tangible, real para mis sentidos, ni que yo pudiera ir a sus escenarios, caminarlos y observarlos, tratando al menos de animar en mi imaginación a los actores y personajes como seres vivos que ahí habitaban.
Las calles de Estambul tienen una función como centro de actividad: el comercio. Desde los vendedores ambulantes, que ofrecen nieve o aguas de frutas o tés helados, vestidos mágicamente con atuendos de colores vivos y bordados, o el boleador de zapatos igualmente engalanado, todos sabiendo llevar a cuestas su equipo de trabajo, una bella elaboración artesanal realizada en latón brillante, similar al de las pipas de agua donde se va a descansar, fumando y bebiendo café, para luego leer el destino y suerte personal en las figuras y trazos de los sedimentos del café en el fondo de las pequeñas pequeñas tazas. Café y pipas de agua siempre alrededor de una conversación o de la misma actividad comerciante.
Mas además de esos personajes tradicionales se encuentran los comercios formales, como los bazares: desde la majestuosidad del Gran Bazar, con sus miles de laberintos en sus estrechas calles, hasta el Bazar Egipcio, con sus especias, o aquellos callejoncitos de los artesanos en viva y minuciosa producción: calígrafos, pintores, hiladores de lana y bordados, tejidos o tapetes u orfebres, que evocan también la magia de su tradición heredada.
Con certeza, la geografía del lugar y su apertura a los diferentes continentes ha engendrado esa tradición comercial donde el intercambio de productos se vivifica, se perpetúa y se hace permanecer como motivo de legendaria productividad económica.
Esta misma geografía da lugar a una convivencia de sus habitantes que también es mutirracial: la colonía sefardí, asentada desde la antigüedad; la población musulmana, con sus mujeres veladas y vestidas de negro, más la afluencia de armenios, kurdos, rumanos y rusos en busca de fortuna, dan lugar a ese convivio comunitario singular. Sus barrios también dan cuenta de la multietnicidad: algunos de estilo italiano, otros góticos o de influencia islámica, todos hacen presente la diversidad a través del tiempo cotidiano de sus gentes.


Después de mis dos días de estadía en Estambul decidí ir despidiéndome del lugar, mirando el atardecer en el Bósforo, sentada en el lado de la ciudad antigua y dejando de fondo el paisaje moderno de la megalópolis, quizás tratando de estar ubicada en la historia de la antigüedad, y mirando otra dimensión del presente y futuro, a través de lo venidero.
Me habían dicho que cada atardecer tiene colores distintos cada día, y también distintos en cada momento, ninguno igual. Alguien más, queriendo explicar esa magia, me dijo que es debido a la conjugación de muchos factores que provocan esa diversidad de colores, como la concentración de sales y minerales en las aguas, los vientos que pueden variar en intensidad, al igual que las temperaturas, la furia o mansedumbre de las aguas del Mar Negro y el Mar de Mármara que hacen contracorriente con las del Bósforo, y que aun la tensión que se vive en la ciudad tiene otra influencia.
Nuestro barco zarpaba a media noche, de manera que tuve la calma de mantener en mí, siempre viva, esa silenciosa meditación observadora que me había regalado Estambul y que coincidía y coincide todavía con un lugar interior muy mío que cada vez, en el presente, reconozco con mayor profundidad y certidumbre.
Me he mantenido a través de estos años, distantes solamente en el tiempo, desde mi primera visita a Estambul, yendo a esa ciudad a caminar y a vivirla todas las veces que me ha sido posible. Y cuando no me es posible, viajo en mi interior a esa ubicación mía, de actitud silenciosa, de meditación observadora, que gracias a Estambul descubro y redescubro en mi misma.

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2 comentarios

  1. MARY-BEL // 1:41 p. m.  

    Me encanta como una ciudad te pueda atrapar, es como encontrar tu media naranja, el saber que existe y que cada vez que quieras está ahí tan solo para tí.

    Saludos

  2. anamaria // 1:21 a. m.  

    ana maria
    excelente la descripciòn y tambien impresionante como una ciudad puede inspirar a una persona hasta conectarse con lo mas profundo de su escencia como si fueran viejos conocidos.