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Los mejores momentos

Éste es el ensayo del que hablábamos el viernes 26 de febrero, en el grupo de las 19:00 horas, y que recordó Mauricio Vaca a propósito de lo que sucede cuando el ensayista debe hacerse cargo de algo que le incumbe muy profundamente Ojo: conviene hacer la lectura con la canción de Bob Dylan como fondo: para ello, hay que hacer click aquí:



Mercedes Aceves Zúñiga

Y en mi garganta, donde se pone la risa,
O la palabra o el té caliente,
Cada vez la nieve resuena más precisa,
Y como tu explorador, negrea un «adiós».

Joseph Brodsky


Terminaba agosto y empezaba otro mes con la semana. La mañana, recién bañada por la lluvia, hasta entonces sólo me había traído tiernos recuerdos en cada gota. Y ese día hermoseaba con la plácida conversación que mi madre y yo manteníamos en mi recámara, hasta donde cruzaba el ruido tímido de la lavadora, con la voz de Bob Dylan cantando «Knockin’ on Heaven’s Door», que nos impedía escuchar y pronunciar palabras no dichas. La canción hablaba y nosotras no escuchamos su advertencia ni el sonido de una bala que estalló enmudecida para nuestros oídos, apenas a dos metros de distancia. Si ahora me preguntan de qué hablaba esa mañana con mi madre, no sabría responder. Antes digo que fue plácida, porque la imagen rescatada es la de una jovencita que quizás coincide con su madre a pesar de las edades, pues sonríen concentradas en ese instante único en sus vidas, que se fue sin saber lo que nos dijimos, lo que nos hizo felices hasta la risa espontánea y provocó la cercanía premonitoria de un abrazo no dado: lo que yo pensaba de ella y ella de mí: lo que nos necesitábamos y nos queríamos, lo poco o mucho que la comprendía con sólo quince años de vida —pero con mucha observación. Parecía un momento feliz, no había lágrimas; no entonces. Las lágrimas son la pulpa de la tristeza, aunque algunas veces digan que son de felicidad. He gastado tiempo para encontrar otro momento igual, pero no he llegado al sitio donde se pescan esos instantes que no deberían interrumpirse, que no deberían ser tocados ni por el viento seductor que arrojan las olas en su «danza unánime», ni por la protección de los «campos celestiales» de Borges. Los mejores momentos deberían ser sagrados para los que logramos ese privilegio. Nada debería empañarlos, ni siquiera para advertirnos del siguiente, que será un mal momento. Si los escuchamos, su tiempo llegará anticipado, con la oportunidad malévola para destruirlo. Ese día, nuestro mejor momento hasta entonces, fue sacudido y vaciado de bellas palabras por el sonido de una garganta que se ahogaba en la sangre que bajaba desde su cabeza. El arma sobre el piso, incapaz de dispararse de nuevo, y la oscuridad que llegaba de a poco y no podía ser mejor descrita que en la canción que escuchábamos y que se repetía incansable en el tocadiscos, igual que el tenue y rítmico corazón moribundo confundido con el motor de la lavadora. Sólo entonces comprendimos que mi hermano había decidido cambiar su mal momento con la música preferida. Y que este momento se llevó nuestras palabras hasta el infinito de mi madre, así como de seguro se las llevará al mío.

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Sólo un aficionado

Maribel Mandarina

No tendría que trascender más que otra noticia de un pleito en un bar. Después de una noche amena, llega la madrugada traicionera. Sentí un ligero mareo cuando escuché: «Salvador Cabañas recibió un disparo en la cabeza». El coraje, la indignación e impotencia contra el agresor, las autoridades, los dueños del lugar, los parroquianos, la esposa con necesidad de ir al baño, los medios de comunicación y el mismo jugador que en día libre decidió divertirse, también se hicieron presentes. Prendí una veladora  y salí a trabajar. No me atreví a pedir a mi papá que intercediera por él. Parecía algo tan trivial…
       Ser fan de un equipo de fútbol en México es, quizá, una de las primeras elecciones tomadas a temprana edad; es responsabilidad de los progenitores inculcar a sus hijos el amor por la camiseta que ellos mismos portan, pero, como siempre pasa, el hijo tomará su propio camino y decidirá aceptar o no la herencia.
       Con cierta sutileza nos daremos cuenta: un equipo de fútbol no se queda en los vestidores terminado el partido. Es difícil de creer, pero en torno a nuestra elección y grado de afición, se tomarán algunas decisiones, se fortalecerán lazos de amistad, compadrazgo y de familia, y por supuesto se ganará algún enemigo. Recuerdo en la secundaria cuando era tiempo del clásico América – Chivas, no se podía conversar con el aficionado rival sin fricciones, aun entre los más amigos. Era tiempo de guerra. El pizarrón se dividía en dos; cada equipo, por fortuna, tenía a su dibujante. El arte consistía en plasmar el poderío del equipo sobre su rival. Casi siempre era un ave desplumada o un chivo cocinado. En cuanto a los dibujantes, nunca hubo un ganador: los dos lograban siempre el objetivo de humillar al contrario.
       Parte de mi carácter se formó en estos enfrentamientos: aprendí a defenderme con las garras, el que pudiera soportar los embistes con mayor originalidad podía irse a casa sintiéndose triunfador, aunque el lunes se afrontara la derrota del equipo con las consiguientes burlas. Hubo quien terminó llorando, pero afortunadamente, en mi caso, desde el silbatazo final del partido mi director técnico me estaba dando la táctica a seguir.
       Mis amigas en ese tiempo eran de las Chivas, o aunque no lo fueran siempre estaban en contra del América, decisión que en cierto momento afectó su vida amorosa. Íbamos ya en tercero cuando ingresó a nuestro grupo un nuevo elemento. Se llamaba Joaquín: el chico era un sueño para muchas, una gran adquisición después de dos años y medio de convivencia con los mismos jugadores. Bueno, Joaquín era alto, güero, ojos azules y fornido (un poco insípido para mi gusto), todas querían tenerlo en su escuadra. Ese año, mis amigas rivales quisieron hacerle marca personal, pero fueron expulsadas de un solo tarjetazo: la infracción era resultado de una simple pregunta: «¿A qué equipo le vas?». No hubo disparo que no fuera rechazado por Joaquín —y he de decir, no fueron pocos— a él sólo le interesaban las americanistas. ¡Gooool!
       El jugador que yace en una cama de hospital afecta mis sentidos: no es mi pariente, ni mi amigo, para él no existo. Para él todos somos uno bajo el nombre de afición. Pero la sangre llama, el ave ha sido herida y el dolor se siente. Han sido años considerándolo como líder, han sido años en que lo hemos alabado en cada una de sus anotaciones y también han sido años mentándole la madre en sus fallas, así como sucede en las familias y con los amigos.
       He visto las imágenes de mis familiares desconocidos: lloran, cantan, gritan, se toman de la mano y dicen una plegaria. Me pregunto: ¿cuál es su historia? ¿Por qué les duele?
       La veladora se va consumiendo poco a poco. El destino no tiene la última palabra, el destino no se aparece con un arma en la mano, el destino no es el fin.

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Mi amiga gaviota

Lizeth Arámbula
 
El siguiente ensayo puede o no leerse —depende de la osadía de cada quien— con cierta música de fondo. Quien se anime, píquele en la flechita:


«Sumérgete en su mundo de poder y enfréntalos, los tiburones te esperan». 
       Me gustaría ir al zoológico, pero está tan lejos. Ya no sé manejar y me da vergüenza subirme al macrobús. Las estaciones son un hangar plateado sin definición geométrica, algo parecido al utensilio con que se raspa el hielo. El diseño que escogieron tendría éxito si lo anunciaran como la nueva versión de una caja de mazapanes. A mi papá le gustan mucho. A mi mamá casi no. ¿Cómo molerán el cacahuate? Me gusta la canela en polvo, pero el cacahuate no. Los últimos que mastiqué tenían tanta sal que me escaldaron la lengua. Tomé agua, salí al jardín y esperé la reacción alérgica.
       Cuando tenía 9 años me subí a un árbol de lima, el zumo de la fruta me quemó y la parte interior de mis dedos se llenó de ronchas. Después sufrí múltiples ataques de asma por comer manzanas, zanahorias, jícamas, germinado de trigo y alfalfa.
       Durante un tiempo inhalé salbutamol luego ya no surtió efecto y fui hospitalizada. No acaricio gatos.
       Si el tiempo es movimiento y yo soy la misma, pero no lo mismo, no me gusta esperar. Cuando conducía les gritaba a los peatones y les aventaba el carro. Ahora en la bici vocifero y golpeo el cofre de los conductores que intentan hacer lo que yo.
       Si seré lo que soy, sí me gusta esperar. Llego antes de que mis hijos salgan de clases. Sí manejo, el otro día fui por mi mamá a una fiesta, le pregunté cómo había logrado evadir los celos de su esposo e ir. «Le dije: “Voy a trabajar”», me confesó. En ese momento me sentí muy mal, triste y engañada. Ella usó el mismo pretexto en mi infancia. Siempre trabajando.
       Convivo con ella en la comida familiar de los viernes organizada por mi abuela, recibo un par de llamadas suyas y estoy resignada a que no tomaremos jamás un café juntas, no pasará tiempo con mis hijos, no sabrá qué hay de mí.
       Los tiburones me esperan.

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Nuestro alunizaje

Rodolfo Sánchez Gómez


Como había ocurrido en veranos anteriores, las “vacaciones largas” las pasaba con algunos de mis primos en lo que llamamos “la granja”, una quinta de una hectárea fuera de la ciudad, allá lejos, por Los Gavilanes. En la enorme estancia de la casa principal seguíamos en una tele blanco y negro con gabinete de madera (¿Majestic, Philips, Telefunken...?) a Jacobo Zabludovsky y Miguel Alemán Jr., quienes eran nuestras autoridades en astronáutica, enviados plenipotenciarios en Cabo Kennedy. Por las noches, después de haber visto durante el día varias transmisiones especiales “vía satelite”, repasábamos los hechos en el noticiero Excélsior, al frente del cual estaba un señor de apellidos Martínez Carpinteiro, que le encantaba a mi mamá porque cada noche, al cerrar la transmisión, le guiñaba un ojo al decir las últimas sílabas del colofón  “nos veremos por ahí, en cualquier parte”.
       Las imágenes del 20 de julio de 1969 —que parecían registradas desde la perspectiva de un selenita escondido bajo una roca—  no mostraban gran cosa y nuestra imaginación seguramente hacía poético lo que veíamos: un par de momias obesas con cabeza de pecera pegando brinquitos de aquí para allá, dejando sus huellas sobre la doncellez de la superficie lunar; una bandera gringa asida a un tubito enclenque y un artefacto —el módulo lunar del Apolo 11—, que a la distancia de los años parece más el producto del papel aluminio, el gancho de alambre, el cartón corrugado y la cinta canela, que de la tecnología de punta de su época (por otro lado, me dicen que hay más potencia informática en el aparato con el que ahora redacto este texto que en la computadora que manejó todos los datos necesarios para llevar a buen término la misión, ¿será?).
       Las imágenes llegaban acompañadas de diálogos, que según Lucho Navarro sonarían más o menos así:

HOUSTON:    wacha wacha wa wa (scratch) wa (piiip) wachyurstep, royer.
LA LUNA:     (piiip) wa wa watiusey (piiip) (scratch) wa wacha wa, royer.
HOUSTON:    gatit gatit wacha wacha wa (brrrrrrrrr) wa wa wach (piiip), royer.
LA LUNA:    (bzzzz) oquei wa wacha (scratch) yea yea (piiip), royer [...]

       Después supimos que de un wachawacheo similar salió la frase de Neil Armstrong que se convirtiría en el lema de la aventura sideral:

“Es un pequeño paso para [   ] hombre,  un gran salto para la humanidad”.

       Y sí, aquel año habíamos llegado lejos, pero nuestro mundo estaba entrampado en las broncas de siempre: guerras, revueltas sociales, asesinatos políticos, hambrunas... y uno que otro problema de orden doméstico. Una madrugada, mientras seguramenente algunos nos soñábamos astronautas,  el tío Pepe llegó de su consultorio y encontró tapado el sanitario. Nos conminó a reunirnos en ese momento en la estancia: así nos enteramos que era posible limpiarse utilizando sólo tres cuadritos de papel.

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Just Do It (or Post It)

Rodolfo Sánchez Gómez

Dream as if you’ll live forever,
live as if you’ll die today.
Letrero de vinilo recortado, pegado en el medallón trasero 
de la camioneta Chevrolet Tracker legalizada [año de fabricación no identificado] 
con placas de circulación HYV-8926, avistada en Guadalajara, Jalisco, por la 
Prolongación Américas, el jueves 9 de julio de 2009, hacia el mediodía).


Llevar una agenda puede ser una forma de aplazar la muerte; una súplica al destino, que nos tendrá que brindar la oportunidad de desahogar nuestros pendientes. Tal vez por eso nacemos agendados: nuestros padres tienen planeado que en los intersticios del nacer-crecer-reproducirnos-morir, vayamos a la escuela, aprendamos algún deporte y una o dos lenguas (además de la materna), tengamos chamba, abandonemos el nido, les demos nietos y, eventualmente, veamos por ellos cuando ya no puedan valerse por sí mismos, o que paguemos en nuestros hijos el esfuerzo que hicieron por sacarnos adelante. Recordemos a Kipling (con la venia de Aplijsa ):

Hijo:

Si quieres amarme bien puedes hacerlo,
tu cariño es oro que nunca desdeño.
Mas quiero comprendas que nada me debes,
soy ahora el padre, tengo los deberes.

Nunca en las angustias por verte contento,
he trazado signos de tanto por ciento.

Ahora, pequeño, quisiera orientarte:
mi agente viajero llegará a cobrarte.

Será un niño tuyo: gota de tu sangre,
presentará un cheque de cien mil afanes...

Llegará a cobrarte y entonces, mi niño
como un hombre honrado a tu propio
hijo deberás pagarle.

       No sé si entre los planes que mis padres tuvieron para mí estuvo el que diera algún día con un poema, dicho o lema que expresara mi código ético o guiara mi actuar.
       Lo que sí sé es que nací en una ciudad custodiada —vaya usted a saber por qué— por la justicia, la sabiduría y la fortaleza, a la que nunca deberá llegar el rumor de la discordia, y en la que nisi Dominus ædificaverit domum: in vanum laboraverunt qui ædificant eam. Nisi Dominus custodierit civitatem: frustra vigilat qui custodit eam.
       Perla urbana, ciudad de las rosas, además de tradicional (¿señorial?) y moderna.
       Cuna de mujeres guapas:

No hay ojos más lindos
En la tierra mía
Que los negros ojos
De una Tapatía,

y, por si fuera poco, de machos afamados por entrones (si no, pa’ qué traen pantalones),  que en la cantina exigen su tequila, exigen su canción, y nunca pierden, y si pierden... ¡pos arrebatan!
       (Sin embargo, la maledicencia extratapatía se ha encargado de divulgar que, desde 1956 —casualmente yo nací en diciembre de 1955—, a los varoncitos recién nacidos el partero les introduce en el ano las falanges distal e intermedia del dedo medio de la mano izquierda con el fin de constatar que, si grita, el bebé será mariachi; si patea, futbolista, y si sonríe, joto.)
       Desde la tele, el Tío Gamboín me pedía que no le fallara y el Tío Carmelo (un personaje al que recuerdo en blanco y negro) nos retaba: “a ver quién falla, si ustedes o yo... o yooooooohhhh...”. Por su parte, Canelita nos preguntaba cómo nos habíamos portado y si ya habíamos hecho la tarea.
       De esa misma fuente emanaron sentencias aleccionadoras:

“Si las cosas que valen la pena fueran fáciles, cualquiera las haría”
“El último minuto también tiene sesenta segundos”
“Esto no se acaba hasta que se acaba”
“El que nada debe nada tiene”
“¿Tienes el valor o te vale?”

       Diversos personajes conspicuos han soltado en Guadalajara, a lo largo de los años,  frases que han llegado al bronce o calado hondo en la mente del ciudadano:

“¡Los valientes no asesinan!”,

u otras menos afortunadas, de consecuencias atroces, como aquella del que afirmaba que la solución éramos todos y que tendríamos que acostumbrarnos a administrar la abundancia:

“¡Defenderé al peso como un perro!”.

       Antes, a principios de 1970, pasó por la ciudad aquel señor de guayabera, aspirante a la Presidencia de la República, diciendo que la cosa era pa’ riba y pa’ delante, y años después se placeó otro, ése con aspecto de gerente de sucursal bancaria de pueblo chico,  proclamando que renovaría moralmente a la sociedad.
       Asistí a escuelas en las que debí comportarme virilmente (Viriliter Age). No alcancé el beneficio del mantra Spiritus Redimet Materiam porque mi padre, en el segundo de secundaria, me dijo que de colegios de paga él hasta allí llegaba. Así se me comenzó a pedir que trabajara y pensara (en ese orden).

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Lars Von Trier, el último profeta

J. Igor I. González A.



He aquí, yo vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza.
Apocalipsis 16:15

Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.

Mateo 16:27


¿Qué se obtiene si pasamos por el crisol de la posmodernidad del séptimo arte una profecía anunciada hace poco más de dos mil años? Una posible respuesta se encuentra en Dogville (2003), el primer pilar de la trilogía Estados Unidos: tierra de oportunidades, de Lars Von Trier (1). El guión perpetrado por este genial director se fundamenta en una estética minimalista y oscura que invita a participar al espectador de manera profunda en la creación misma del filme. Más allá de unas actuaciones más o menos aceptables (habría que destacar quizá a Zeljko Ivanek por su interpretación de Ben), la intención intersubjetiva de Von Trier se pone de relieve al mostrarnos un mundo en el que las fronteras entre lo público y lo privado son inexistentes, por lo menos para la audiencia. De este modo, es el espectador quien crea [en el imaginario] los muros, las puertas, las calles, y toda demarcación que parcela lo cotidiano: mientras que para los actores dichos elementos tiene existencia real, nosotros somos transformados en ojos omnipresentes, omnisapientes y ubicuos (casi encerrados en una pirámide, como en los billetitos verdes gringos). En este desafío intersubjetivo que obliga al espectador a ser partícipe en la manufactura fílmica se ponen de relieve, ya, los cortes «espiritualistas» y las evocaciones de «lo divino» que subyacen a buena parte de la propuesta de Von Trier. Es una suerte que el tratamiento que el filme hace del tema sea extremadamente ácido y no moralino, lo cual requiere una buena dosis de talento para no caer en una exposición vulgar de la miseria humana. Veamos pues, en qué podemos fundamentar una posible respuesta a la pregunta con que inicia este texto.
En primera instancia, recordemos que el prólogo nos muestra a una comunidad (convertida en Gran Sanedrín) que es obligada a enfrentarse con una serie de dilemas morales, condensados en la figura de Tom Edison Jr (Paul Bettany), pseudoescritor y autonombrado líder espiritual de Dogville, un pueblito perdido en las montañas de Colorado, allá por la década de los treinta, en el siglo XX (época de tribulaciones y depresiones terribles, según cuentan). Con el desarrollo del filme, Tom se va convirtiendo poco a poco en una especie de Juan el Bautista, en un anunciador del regalo de la Gracia Divina. Para recibirla, a la comunidad de Dogville sólo le falta aceptación, algo de humanidad piadosa, y Tom sólo necesita un buen ejemplo para demostrarlo. Precisamente, Grace llega como caída del cielo, y tal como reza la vistosa profecía del epígrafe, ella aparece como un ladrón. No es gratuito que el personaje interpretado por Nicole Kidman se llame Grace, y que su primera entrada en Dogville sea para robarle un hueso a Moisés, el perro. La referencia hecha por Von Trier tiene un giro interesante: la profecía anuncia la segunda venida del hijo del hombre, pero nunca señala que aquél va a regresar encarnado en una mujer. Cabe mencionar que esto tiene resonancias con concepciones filosóficas acerca de un dios hembra que trascienden los límites de este texto (pero que abren otras vetas de exploración).
Así, ante la insistencia de Tom, la comunidad de Dogville en pleno acepta poner a prueba la presencia de Grace. Debido a la recomendación de Tom, Grace se dedica a hacer labores que en el pueblo «nadie necesitaba». Ello con el objeto de apelar al lado humano tanto de la comunidad como de Grace. Vemos entonces que la Gracia Divina es colocada en una posición de subordinación con respecto a lo que ella supone sus inferiores. Recordemos que Grace llega al pueblo investida en un manto lúgubre pero elegante, que la diferencia del resto de los habitantes. Sin embargo, ella asume gozosa hasta las tareas más innobles (como limpiar la suciedad de la hija de la sirvienta del pueblo). Esto hace referencia al famoso lavatorio de pies que Cristo hace a sus apóstoles para demostrar la virtud de la humildad. Debido a la posición privilegiada que tenemos como espectadores, nos damos cuenta de las transformaciones de la intimidad que experimentan los habitantes de Dogville: sus lazos se estrechan, y la vida comunitaria deviene armónica, feliz y radiante. Hasta que llega el comisario y coloca, en la iglesia, un cartel donde se anuncia la desaparición de Grace (¿simbolizando el propio extravío de la humanidad que busca sin cesar la gracia divina? Ello tendría un aspecto aún más trágico). Este evento sitúa a la comunidad de Dogville frente a un dilema que los va atravesar hasta el fin de la película: seguir con la reconfortante presencia de Grace en el pueblo, o entregarla a sus enemigos, quienes están prestos a crucificarla. La segunda venida del comisario, ahora ofreciendo una jugosa recompensa por Grace, agudiza los ya de por sí filosos bordes del problema (y no es gratuito que sea hasta la segunda venida en la que se desatan los eventos de mayor tensión del filme).
La presencia de las manzanas, durante buena parte del filme, tiene una resonancia demasiado evidente en la literatura clerical como para abundar en ella. Luego de secuencias en las que Grace es convertida involuntariamente en adúltera, y se va hundiendo en una vorágine de humillaciones por parte de Chuck (una magistral interpretación de Stellan Skarsgard), Tom decide que es hora de que Grace escape. Para ello le pide a Ben que se la lleve del pueblo en un camión repleto de manzanas, por diez dólares (¿Judas y los treinta denarios de oro?). Durante el trayecto, Grace se come una manzana y se queda profundamente dormida. Hasta que es despertada por un terrible ladrido de Moisés, el perro de Chuck. Grace se da cuenta que aquellos a quienes creía sus amigos la han traicionado, la han condenado a llevar una pesada cadena al cuello, la cual simboliza, en última instancia, los propios pecados de los habitantes de Dogville. El desarrollo posterior de la trama enfrenta de manera terrible a Tom consigo mismo, con la miseria de su propio fracaso. Ante la incapacidad de soportarlo, éste decide entregar a Grace al gangster que, en un principio, la estaba buscando: ese hombre todopoderoso, el Gran Otro Lacaniano que encarna al Nombre-del-Padre, al cual no le veremos el rostro sino hasta el final de la cinta. Después de una relativa calma, la llegada de la comitiva gangsteril a Dogville se torna en todo un suceso: el pueblo en pleno sale de sus casas a ser testigos de la entrega de Grace. Ésta ingresa al auto y dialoga con su Padre, quien la inviste con todo el poder (tal como lo relata la otra biblia, la que narra las crónicas de Urantia). Los injustos habitantes de Dogville no olvidarán nunca esa tarde, la de su propio y particular día del Juicio: su Armagedón). Definitivamente, Lars Von Trier es un genio profeta y visionario posmoderno que nos narra, en buena medida, la segunda y deseperanzadora venida de Cristo.

1.- A Dogville le seguirían Manderley (2005) y Washington, la cual se tenía proyectada finalizar para el 2009, pero todo apunta a que la cinta seguirá en producción por más tiempo.

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Un mundo maravilloso, o la ideología hoy


J. Igor I. González A.


Sí. Por razones que no vienen al caso, y después de haberlo evitado con minuciosidad, finalmente tuve que ver la cinta titulada Un Mundo Maravilloso, dirigida por Luis Estrada. Desde luego, más que otra cosa, me guió el morbo. Preferí no leer ninguna crítica o reseña acerca del filme, porque no confío en las frecuentes sandeces de los encargados locales de realizar esa tarea. Además, quería entrar a la salita del cineclub «sin prejuicios» [as if it is possible]. Esperaba una denuncia tipo La Ley de Herodes, y así fue. Las atrocidades del sistema político mexicano quedan expuestas de manera clara, concisa, en el citado filme. La inconmensurable brecha entre la esfera política y la ciudadanía es puesta de relieve por Estrada con un tino certero. Las actuaciones de casi todo el elenco son poco menos que impecables. En última instancia, resulta indignante [y por ende, divertido] reconocerse en más de uno de los personajes. Tanto, que casi la totalidad de quienes estábamos distribuidos en las butacas soltamos una carcajada de vez en cuando. Tristísimo. ¿Por qué? Parafraseando a Clinton, no queda más que decir: «It’s the Ideology, stupid!». 
¿Acaso no se ha convertido en un lugar común afirmar que en estos tiempos postmodernos la ideología es un término rancio y vacío? Tras el derrumbe del socialismo realmente existente, sugerir que cualquier grupo dominante tienen una estrategia que pretende privilegiar una forma de ver el mundo [Weltanschauung] resulta una postura obsoleta y fuera de lugar. Un gran sector de la esfera académica actual [antes izquierdoso y radicaloide] desdeña en su jerga cualquier argumento que tenga que ver con la imposición de hegemonías intelectuales qua instrumentos de reproducción social. Los aparatos ideológicos del Estado ya no son tales —sugieren. Ahora son instancias burocráticas eficientes. Si antes la ideología era vista como falsa conciencia, la (in)acción social se ejemplificaba con el precepto piadoso de: «Porque no saben lo que hacen». La clase social subsumida tenía que ser «iluminada» (i. e. transitar de la conciencia en sí hacia la conciencia para sí) para, tras un proceso revolucionario, liberarse de la prisión ideológica, hacer estallar toda relación de dominación y convertirse en dueños de su propio destino. Devenir en los hacedores de su propia historia. Desde esta perspectiva, pareciera, en última instancia, que cualquier movimiento revolucionario está, en nuestros días, muy lejano. Si esto fuera así, resultaría incuestionable que la ideología ha muerto.
¿Que viva, en consecuencia, la ideología? Sin duda.
La película manufacturada por Estrada funciona precisamente, y sobre todo, sin querer, en esta dimensión afirmativa. Es probable que de haberse transmitido hace unos cuarenta o cincuenta años, dicho filme habría terminado en la desaparición o el exilio de todos los involucrados en él. Los mecanismos del poder hubiesen actuado para castigar al culpable y para hacerle saber al pópulo que aquello no estaba bien. En aquel México de antaño, la imposición de un modo de pensar estaba más que claro. Pero hoy, que vivimos en un régimen que presume de una supuesta apertura democrática, la libertad de expresión permite en apariencia que tengamos acceso a ese tipo de información. ¿Cuáles serían las consecuencias que tendrán Estrada y los demás participantes de Un mundo maravilloso? Más allá del probable beneficio económico que ello les traiga, prácticamente no tendrán ninguna en términos políticos. Cada quien es libre de decir y hacer lo que quiera. Nadie impone sus ideas. Frente a esto, algunos podrían decir, casi sin sentir comezón, pudor, o vergüenza, que la ideología ha muerto. Pero filmes como el de Estrada prueban lo contrario. Si antes el precepto que definía la ideología consistía en el «Porque no saben lo que hacen», hoy, como dijera el good old Žižek, radica precisamente en el «Porque lo saben, y aún así lo hacen». ¿Qué quiero decir con esto? Que la dimensión verdaderamente aterradora del funcionamiento de la ideología consiste en la ilusión de una libertad democrática. ¿Acaso el gesto más autoritario del régimen no consiste en permitir que pasen películas como esa? Recordemos que incluso la acción más subversiva tiende a legitimar un orden establecido. El papel que juega Un mundo maravilloso es estrictamente homólogo al que desempeñan los pseudocumentales de Michael Moore. Si no, ¿cómo explicar que al salir de las salas cinematográficas, los cineclubes, o de plano, desde el sofá siutado en la sala de casa, después de observar detenidamente un filme como el de Estrada, no nos levantemos en armas? ¿Cómo es posible que digamos con una sonrisa irónica dibujada en el rostro que el gobierno apesta? ¿En dónde queda nuestra indignación cuando le pagamos al viene-viene que medio nos lavó el auto mientras nosotros nos tomábamos un frapuccino venti con crema batida en el Starbucks, luego de haber visto la mencionada peli? La respuesta a estas interrogantes es clara: es la ideología, estúpido. Con más precisión: es la más aterradora forma de ideología: porque lo sé y aún así lo hago. Alguien debería prohibir películas como Un mundo maravilloso. No representan sino la cara más autoritaria del régimen y, para colmo, contribuyen a legitimarlo disfrazándose de denuncia. Qué asco.

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Escargot

Édgar Mondragón

Con la resulta de que apareció un caracol en la cocina. Repugnancia. Claro, en algunos de nuestros territorios del imperio habrá quien asocie, gustosamente, cocina y caracol. Pero que los bárbaros anden en sus andrajos de piel no significa que debamos uniformar a nuestros centuriones cual salvajes. Tampoco habría por qué pensar culinariamente de un baboso enconchado.
    Lejos de fijar mi preocupación en la barbarie alimenticia de la Galia, lo que me inquieta es la impune llegada sin invitación del molusco. Uno vive en la idea de que la reja y el interfón, esos regalos del dios a nosotros los hoscos, dan la primera línea de defensa. Después de todo, elegir vivir en un condominio cerrado es una decisión que busca, principalmente, evitar las visitas indeseadas. Es esa idea moderna de seguridad medieval —el castillo — la que nos une a los condóminos. En la próxima reunión de vecinos pienso hacer la moción de crear zanja con agua y reptiles para de una vez alejar, incluso, a los insufribles repartidores de volantes. De ahí el drama: ¿cómo ha hecho este animalejo para burlar nuestras protecciones?
    Vuelvo a fijar la mirada en el invasor. Cínico. Ni se inmuta. Es consciente de tener el dominio del terrirorio. A mí me da asco sólo imaginar cómo lo despego del cristal de la ventana en la cocina, al que se ha fijado y del cual ahora es dueño.
    Y así como se ha pegado al vidrio, así se me han adherido ideas sobre su advenimiento.
    Tengo la certeza de que lo ha planificado. Que, sabedor de mi disgusto por su especie, ha elegido venir precisamente a plantarse en esta ventana, de este departamento, en este edificio. La maldad absoluta encerrada en un caparazón. Sí, se podría decir que no es posible que un caracol pueda decidir llegar aquí, y mucho menos que lo haga, especialmente, para molestar a alguien. Pero yo creo en los actos de voluntad de los moluscos. El animal sabe que llega a un lugar al que no pertenece. Y aun así ha decidido venir aquí. Porque puede. Admito que admiro al molusco pegado y preparando el sueño invernal, sin prestar atención a mi enojo. Eso demuestra que quiere estar ahí y asegura que no va a estar quejándose porque el destino lo ha dejado atrapado en un jardín.
    Paso la vida platicando con otros babosos que creen fuertemente que jamás podrían salir de su hábitat. Y esperan a que alguien cuente una fábula (vaya, algún cuento infantil de pequeñas bestias antropomorfas y salivosas) para armarse de determinación y así poder salir de su lugar predestinado. ¡Caracoles!
    Las ideas son así de simples e inesperadas: caminan lentamente, llegan al cristal de la conciencia, se pegan y de repente podemos verlas a través de la ventana. Nos han invadido.
    Ahora, si la idea es francamente una babosada, no veo por qué dejarla pegada.
    Aun nosotros, que estamos hoy adheridos en esta ventana de vida, tendremos esa dosis de olvido cuando llegue una mano invisible a despegarnos.
    En tanto sucede eso, en legítima defensa, preparo la sal.

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Tratado sobre la Paciencia

Dolores Garnica
Dos kilos de paciencia, por favor
(Tratado sobre la Paciencia, parte 1 de 8’645,326)

Gracia divina. Ese favor recibido del cielo y vista desde una perspectiva un poco más escé-ptica: arma poderosa. El hombre mira al suelo abrazando al bebé, esperando: es la imagen de La Paciencia, una de las virtudes divinas esculpida en el renacimiento italiano, mientras el demonio lo tienta con un pequeño frasco que parece medicina. La paciencia no es amiga de la ciencia: primera impresión.
Supe de mi impaciencia desde pequeña, cuando mi madre me gritó: “¡Qué impaciente eres!”, pero lo comprobé cuando la frase se repetía desde los labios de mis profesores, familiares alternos, amigos y un mesero hace años ante mi desesperación-casi llanto al ver que no llegaban mis dos kilogramos de pescado zarandeado en término medio. Soy tan impaciente que ya quiero poner punto final a este ensayo, pero me faltan algunas partes.
    “Es la aptitud de los homínidos para soportar cualquier contratiempo o dificultad”, según Wikipedia. Entonces el que no soporta las dificultades no es paciente, pero sí lo es el que sufre y no hace nada. O si sufre, reniega y no mueve un dedo. O si sufre, reniega, no mueve un dedo y además responde “Bien, estoy bien, ¿y tú?” a quien le pregunta afuera del baño de una cantina a las tres de la mañana después de vomitar tres veces y lloriquear sost-enido por el retrete.
    Un sujeto paciente soporta los contratiempos, resiste valerosamente el alfiler encajado en un brazo al estrenar una camisa, se va a la oficina con él, come con su esposa y hasta observa el futbol por la noche con la ya intensa molestia en la extremidad hasta que por la noche, al ponerse la pijama, el dolor baja un poco. El paciente es tan valeroso que hasta piensa en ponerse la misma camisa al siguiente día porque el color le queda bien y aguanta el tétanos siguiente y no teme a ninguna amputación y gangrena porque vive en virtud divina, aunque sepa que su sacrificio lo hará santo pero nunca héroe: “La paciencia carece de heroísmo”, sentenció Leopardi, frase que incluye inacción en incendios con bebés ardiendo en las entrañas de un edificio de departamentos, hienas hambrientas en plena cacería en Kenia y atragantamientos con huesos de pollo, es decir, Ricardo I de Inglaterra era, además de sabio y excelente estratega, paciente. Murió con todo el orgullo que la paciencia puede darle a un rey color azul intenso.
    Soy impaciente pero estoy, parafraseando a mi ex terapeuta, “trabajando” en ese círculo sin cerrar. Ya perdí varios improvisados, imprevistos y sorprendentes primeros besos; incalculables horas de sueño y tranquilidades laborales. Mi impaciencia es la culpable de mi aversión por las secretarias, los personajes tras cualquier ventanilla y los meseros, afección que quizá cuarteó mi vocación para comer yogurt light con granola todo el día, tortas de jamón con queso amarillo y uno que otro escupitajo al plato de un cliente impaciente.

Aguantaré
(Tratado sobre la Paciencia, parte 2 de 8’645,326)

Mi primera auto-terapia fue imprevista. Consistió en la visita a la sala de emergencias de la Cruz Verde con una mancha en la pierna que ardía como fuego vivo debido al piquete de chinche. Después de dos horas me pasaron a la sala de recuperación para inyectarme un antídoto y esperar otro tiempo para no marearme por sus efectos secundarios.
    Pasó algún tiempo y me embarqué en una relación apasionada con un indeciso. Así que practicaba dejándolo elegir a dónde ir a comer o si nos veríamos el siguiente sábado.
    La terapia contra la impaciencia debe consistir en largos ratos de espera. Nada en términos medios ni “un ratito nomás”. Debe presumir de radicalismo. No existen alternativas de diez pasos como en el alcoholismo, ni pastillas o ingresos forzados a una clínica mental para su cura. El impaciente desesperado por encontrar una solución a su condición infernal, literalmente, deberá buscar pacientemente alternativas y tratamientos, incluyendo la auto terapia. La impaciencia es tan singular como cada individuo debido a sus connotaciones, consecuencias y detonadores. Los impacientes con las secretarias se encuentran en el nivel más bajo debido a la demanda del defecto, pero los impacientes, por ejemplo, en una Karnes Garibaldi o un AutoMac, comparten el noveno círculo con los impacientes obtusos, los que todavía se atreven a renegar en la fila del banco o al entregar una nota a un editor de El Informador esperando que salga completa y en una sola página, acomodados junto a los últimos huesos de Judas que al diablo le falta masticar.
    Justo en medio de esta clasificación, se encuentran los impacientes funcionales, a-quellos que llegan con esperanza de buenos tratos en un restaurante o en una fila de Hacienda, compartiendo espacio con los impacientes desafortunados, a los que normalmente, cuando llegan a la caja de un supermercado, sufren las consecuencias de un corte de caja o una devolución. Existimos impacientes que transitamos en todos los círculos en pijama y con un alfiler clavado en el brazo.
    Mi última terapia consistió en literatura. Tomé Moby Dick y esperé 750 páginas para que una ballena, que ni era blanca, volcara el bote de un capitán impaciente. Si fuera marinera, las caza de ballenas fuera legal y me faltara una pierna, hubiera sido un presagio, pero después del clásico que terminó deshojado me decidí por una novedosa novela francesa de mil páginas. Ya llevo dos décimas leídas. Y me sé el final de memoria.
    El paciente, esperando acrecentar su paciencia, debe resolver su terapia en el lapso calculado. Ni un día menos, y si se pueden más días, mejor. Su maniobra debe ser dolorosa para que rinda frutos celestiales y debe calificar sus resultados, obligatoriamente, una secr-etaria bilingüe mientras devora un biónico —sin piña porque escalda. Pepita González, el primer caso registrado de auto-terapia contra la impaciencia, murió en una Cruz Verde el 15 de agosto de 1932 por un piquete de chinche en una pierna mientras esperaba el antídoto.

Leído en la tercera lectura de la serie «Práctica de vuelo», en la Joseluisa, el viernes 27 de junio de 2008.

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La profunda geografía de la lectura

Ninah Basich
Verba volant scripta manent
Hay personas cuyo aspecto general está determinado por ciertos rasgos: el arco de la ceja, el color de la mirada, el largo del cabello, la línea de los labios, la complexión o la constitución.
    Habitar el cuerpo. Es lo que expresaba la voz de la guía mientras estábamos acostados, en espera de sus instrucciones, en el taller de bioenergética. Era, según recuerdo, la primera lección para conseguir mayor efectividad en las posiciones de yoga —los asanas—, y que la meditación, que venía a continuación, fuera más provechosa. En las primeras sesiones cualquier distracción me apartaba de aquel objetivo: morar en el cuerpo, recorrerlo con la mente y percibir la textura, el calor, la metamorfosis, la dureza, el dolor y el placer. Después de unas semanas logré hacerlo, no sin cierta concentración, pero para sorpresa mía el cuerpo no era lo que yo pensaba: mi organismo tenía una geografía bastante peculiar que, una vez dentro de ella, me era muy difícil eludir.
La inagotable belleza en los caprichos del lenguaje, los panoramas, los paisajes interiores y la armonía dentro de esa exuberante convivencia. Me detenía en la contemplación, vagaba por lugares fantásticos concebidos por una imaginación igual de sorprendente, corría con el descubrimiento en la punta de los dedos y, con pasos más ligeros que un corazón afortunado, pasaba de un lugar a otro casi siempre esbozando una sonrisa. Y de pronto, la revelación: así que esto era lo que sucedía cuando era niña.
    Recuerdo tardes en que me llamaban a comer y me veía obligada a salir de algún lugar remoto para escuchar qué decían. Subía los treinta y nueve escalones para abandonar la mazmorra en la isla de If, o volvía de alguna isla misteriosa, o interrumpía la batalla, con mi espada por un lado, para asomarme y ver que allá, a lo lejos, me llamaban a comer. En varias ocasiones no era una proeza sencilla, la selva tropical se apoderaba de mis piernas, me tomaba prisionera, y no sin gran esfuerzo conseguía desprenderme de aquella maleza para llegar hasta el comedor a tiempo. No siempre lo logré.
    Había también otros momentos en las lecturas cuando las palabras se llenaban de inquietud; entonces cerraba un poco el libro mientras una cascada de preguntas y reconciliaciones bajaba dentro de mí, confortándome; siempre conservaba un dedo dentro de sus páginas para no soltar el aliento, la complicidad, o para mantenerlo húmedo en la fluida agua de sus líneas.
    Si acaso la tristeza anudaba las palabras o la angustia se abatía sobre la lectura, recargaba el libro sobre mi pecho con sus páginas abiertas para consolarnos mutuamente en un abrazo; lo sostenía así por un instante largo. Hubo tardes en que mis lágrimas caían sobre su espalda con los sollozos sacudiendo nuestro abrazo, tras lo cual, al sentarme en el comedor me era imposible pasar bocado.
    También la alegría y el gozo eran frecuentes. Con una sonrisa irrebatible bailaba con la lectura sobre mi cabeza, con el deseo de besar a todos, no sólo su portada, y que el mundo supiera que dentro de las líneas, con palabras subrayadas, alguien era dichoso.
De las lecturas se puede esperar cualquier cosa. Van conquistando terreno dentro de nuestro cuerpo hasta que se apoderan de nosotros. De esta manera es posible mirar su profunda geografía. Por eso se han manifestado con desmesurada generosidad lugares extraordinarios, plenos de belleza, de fantasía, de elocuencia en graciosa y perenne continuidad en mi interior.
    La ligereza del terreno es propicia. De qué otro modo puedo explicarme la variedad de climas, estaciones, escenarios y parajes. La prodigiosa naturaleza del lenguaje ha dejado su rastro en cada parte de mi cuerpo. Selvas, lagunas, montañas, valles, cielos, declives, universos, ciudades y pueblos. Praderas en las que el sol se pone con arrebato en una tarde lluviosa. Páramos donde los sentimientos se estrellan contra el aire. Lugares donde el sueño no va a posarse jamás. Oscuridades a las que la luna teme acudir. Ciudades incendiadas. Simas con cadáveres en sus atuendos de héroes. Barrios sucios, malolientes y terribles por los que se pasa de lado con el terror apretándose a nuestra espalda. Parajes de locura e insomnio. Castillos, catedrales, catacumbas. Puentes que van de lo real a lo fantástico.
    En medio del desierto, en la espalda, un fuerte ondea la bandera azul. Por mi brazo derecho patinan fiordos con la poesía de las sirenas entre sus olas. En la rodilla izquierda, un planeta solitario colisiona con dos mundos desconocidos. La selva es una maraña exuberante en la pierna derecha y ya se extiende hasta el pie. En algún lugar, que ahora no recuerdo, giran molinos de viento: creo que son gigantes. El mar es caprichoso: tan pronto se encuentra en el estómago como en las manos, o se agita en el pecho, y sobre él, fragatas, bergantines, barcazas y naufragios. Islas de olvido y de esperanza. Mazmorras, cárceles, prisiones, fortalezas. Ruinas desmoronándose cerca del tobillo. El castillo de Moulinsart está detrás de la segunda costilla. También hay lugares que no logro precisar con claridad, difusos, inestables, donde el pensamiento se enturbia formando una neblina dulce, y que al parecer desaparecen a simple vista. En el talón yacen bajo un cielo estrellado los restos de una ciudad industrial. Tengo un torbellino filosófico en el laberinto del oído, que no encuentra aún la salida. Entre el primero y el segundo latidos hay un desierto donde ha aterrizado una avioneta averiada. Últimamente un árbol rojo insiste en florecer en medio de mi corazón, a un lado de la casa, que gracias a un trabajo bien hecho, ha cambiado el color de su techo —quitándolo—, y ahora luce un hermoso y claro azul cielo.
    Casas cuyas ventanas dan al norte y las mujeres lloran porque nadie regresa por el camino. Casas con las ventanas cerradas para esconder inconfesables pecados. Casas donde la tranquilidad está en un plato de arroz. Casas abiertas, con las historias de la familia ventilándose al viento. Casas de cristal, que parecen palacios. Casas de nogal con muñecos como personas. Casas de citas clandestinas. Casas en ciudades invisibles.
    Lo más increíble en esta geografía son sus habitantes. Personajes que se mueven como por su casa. Que mantienen las cosas en su sitio —a veces no tanto. Que nunca están silenciosos. Para quienes la vida es un sueño o una aventura, aunque en ocasiones sea desafortunada. Muchos han muerto. Cuando los recuerdo, las lágrimas vuelven a mojar su espalda. Por eso el cementerio de esta geografía siempre está lleno de flores.
En este preciso momento me doy cuenta de que no poseo una cartografía. No hay mapa del terreno, no hay indicadores ni señales; a veces creo que aquí tampoco existe eso de la propiedad privada. Reconozco que sería un desperdicio de tiempo intentar hacer algún trazo que sirva de orientación. La geografía de la lectura cambia constantemente. Se edifica sobre lo ya construido, se descubren nuevos rincones, se mueven los mares... Hay una especie de mudanza circunstancial que no deseo impedir, mucho menos controlar. Acabaría con las sorpresas, con los recuerdos y con su agradable singularidad. Estoy segura de que quedan todavía lugares intactos en espera de su propia lectura para expandirse.
Me gusta pensar que nuestros rasgos y nuestro cuerpo se transforman como consecuencia de esa maravillosa geografía, y que algún día seremos capaces de percibir sobre la superficie lo que habita en el interior. Tal vez sin darnos cuenta ya sucede. Tengo un amigo que, cuando habla, se permea sobre su pecho una campiña inglesa siempre verde. En otro sus ojos se elevan como cúpulas barrocas, y desde su tórax a sus brazos hay catedrales y torreones.
    No dudo de que los que desaparecen para el mundo sean los que se adentran más de la cuenta en esos paisajes —su escape de la realidad— y, una vez dentro, deciden vivir ahí para siempre. Son los que hablan incoherencias, describen lugares o sucesos que nunca han conocido, y de los que nadie es capaz de comprender qué les acontece. En algún momento de la vida esto puede contemplarse como la gran posibilidad.
Debo confesar que hay muchas lecturas a las que no volveré porque se han sellado los lugares con los tres sellos infinitos: la imagen, el sentimiento y la palabra. Así permanecen, con la respiración serena de quien ha vivido en el borde de una plenitud inesperada, como la marca de un beso atrevido en la mejilla. De alguna forma siempre quedan las lecturas asombrosas, donde la cosecha se recoge año con año en un trigal que rodea el corazón.
Leído en la segunda lectura de la serie «Práctica de vuelo», 
en la Joseluisa, el viernes 20 de junio de 2008.
 

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Mis ensayistas favoritos

Maribel Mandarina
(por supuesto, «de Sheridan»)

Yo llegué al Taller de Ensayo Literario por un anuncio en el periódico que decía que se impartirían varios talleres. Tenía un semestre en la Facultad de Derecho y los maestros, a diestra y siniestra, pedían ensayos y más ensayos. Cansada de imaginar qué era lo que los profesores querían, y con ánimo de presentarles trabajos mejor escritos —y, sobre todo, de una forma lógica—, decidí invertir mi tiempo y acudí a esos talleres. Así, un jueves de febrero de 2004 acudí al llamado. En los primeros minutos de la sesión comprendí mi error y maldije mi ignorancia. Lo lógico hubiera sido ya no acudir, pero aquel hombre de lentes nos explico acerca del género literario más generoso, y nos invitó a escribir e ir descubriendo en cada sesión lo que era el ensayo literario (no científico). La siguiente semana acudí con mi texto y nerviosismo bajo el brazo. La voz y las piernas me temblaban cuando lo leí a mis compañeros, y la pregunta «¿Qué demonios estoy haciendo yo aquí?» no se apartó de mi mente sino hasta terminar la última línea.
Pasados los momentos de terror y sobrepuesta a mi falta de cultura conocí a Michel de Montaigne (padre del ensayo), G. K. Chesterton, R. L. Stevenson, Claudio Magris, Guillermo Sheridan (amor platónico), Guillermo Cabrera Infante, Georges Perec, Philip Roth (que no es precisamente ensayista), Oscar Wilde, Juan José Arreola, el innombrable Alfonso Reyes (que no es muy de mi gracia), Italo Calvino, Joseph Brodsky, Luis Miguel Aguilar, Ralph Waldo Emerson, Jonathan Swift, Bertrand Russell... y por el mismo respeto que se han ganado no sigo nombrándolos, pero cada autor que se ha leído ha dejado algo en mí: confusión, admiración, dolor de estómago, alegría, aversión, empatía, motivación e incluso, en ocasiones, frustración al ver tan lejana la meta trazada. (Un caso aparte sería el maestro Francisco González Crussí, a quien conocí de cuerpo presente. Estrechó mi mano y me demostró la bondad que debería acompañar a todo buen y verdadero escritor).
Ninguno de ellos es mi ensayista favorito; ellos son los maestros, los guías y consejeros que me han permitido conocer un género que yo no conocía, una forma de liberar al pensamiento y sentir que estoy en el lugar que ellos mismos tuvieron a bien reservarme y para el cual hay que pagar el derecho de admisión ensayando.
Mis ensayistas favoritos son en realidad los que leo y escucho con mayor frecuencia: son los que cada jueves, de 4 a 6 —y cachito—, puedo mirar, palpar, maravillarme e incluso enorgullecerme con sus ensayos y comentarios, pero siempre vislumbrando desde sus sillas a su mentor, y que con una seña le indican su aprobación o desaprobación.

Rosa, «La Cuidadosa»
No muestra un ensayo sino hasta que está bordado con finos detalles de oro. Los hilos que utiliza son de colores cuidadosamente elegidos hasta lograr una pieza digna de enmarcarse. Su ensayo «Los zapatos de Van Gogh» sería un ejemplo de su habilidad para el difícil arte de bordar a mano.

Ana Rosa, «La Sobreviviente»
Los mares que ha surcado no han sido fáciles, pero nunca ha perdido la esperanza ni la valentía; los ensayos se convierten en un faro: «...esa luz que nos guía mostrándonos el camino para salir de los mares encrespados de nuestras pasiones...», tal y como ella lo dice en «El faro del fin del mundo». Como sobreviviente, no se deja impactar por cualquier tormenta —así lleve por nombre Marcelino Cereijido. Un buen ensayo tiene que estar a la altura de un tsunami provocado, tal vez, por Oscar Wilde.

Isabel, «La Revolucionaria»
A ella no la leemos en el taller: a ella la encontramos en el campo de batalla. Es en el periódico Mural, en su edición de los viernes, donde lleva a cabo su contienda. Su lema de lucha es dictado por el General Bertrand Arthur William Russell: «Lo que se pretende despertar no es el deseo de creer, sino el de encontrar, que es todo lo contrario».

Tere, «La hipnotizadora»
Cada uno de sus ensayos es una sesión de hipnosis: entramos de un estado que va del sueño a la realización: vemos lo que escribe, afirmamos lo que dice, sentimos, e incluso lloramos.

Ana Elda, «La Científica»
Comparte con Oliver Sacks la fascinación por los helechos, y el hábito de balancear en sus ensayos el carácter científico que su formación les ha dado. Sus lectores no científicos agradecemos el acercamiento de ese campo a lo literario. Cada ensayo es un ciclo celular convertido en su Ser.

Carlos, «El Clásico»
La mejor manera de describir a este ensayista, a quien aún no hemos podido sacarle más de un ensayo, nos la da Chesterton en una frase: «El gran clásico es un hombre del que se puede hacer el elogio sin haberlo leído». Sus ensayos son en vivo y en directo.

Lupita, «La Rebelde»
Ella sabe lo que es ensayar; su pensamiento es una renovación y revolución constante en la que un no se convierte en la piedra angular de su siguiente ensayo: si ya lo pensó, es realizable. No es una rebelde sin causa: su causa es quitarle al mundo lo serio, lo tonto, la cara de pocos amigos, lo trivial, lo aburrido, lo complicado, lo ignorante, lo desinteresado, lo chocante, lo deslucido, lo pesimista... No en vano su alma gemela es el también rebelde Perec.

Mercedes, «La Musical»
Sus ensayos se han convertido en piezas musicales, en las que paulatinamente va integrando a grandes compositores volviéndolos parte de su orquesta. Así, escuchamos a Joseph Brodsky en las cuerdas, a Claudio Magris en las percusiones, a Luis Miguel Aguilar en las maderas y a Mercedes como la directora musical.

Gabriela, «La Artista»
Se dice que un buen ensayo es como una buena pintura: las frases, al igual que los colores, se deben combinar de una forma agradable. Bella, hace unos días, nos demostró su poder ensayístico en una obra donde representa a la madre en sus formas más interesantes: raíz y fruto. La fuerza de su espíritu está en las personas que ama transformándolas en arte.

Alisa, «La Internacional»
Con tres ensayos en su haber, nos ha demostrado que podemos ser compañeros de viaje y conocer nuevos sitios de interés. La mezcla de sus orígenes nos sorprendió y encantó a todos. Con suficientes millas va emprendiendo el vuelo para arribar al Aeropuerto Internacional del Ensayo.

Jaime, «El Novato del Año»
Nuestra última adquisición. Va logrando saltar los obstáculos en la carrera ensayística, que en un principio no le permitían divisar la meta. A base de práctica se va perfilando para obtener medalla de oro y sus respectivos laureles.

Y ni qué decir del Master Israel, que desde la cabecera se encomienda a nuestro santo Montaigne y le pide que no lo abandone en esos momentos. Entre Isra y Montaigne intentan controlar y guiar a los que están sentados, y piden a los que están de pie que intercedan por sus discípulos y compartan con ellos esos secretitos que los hicieron ser invitados a la mesa y para que cada uno de nosotros encuentre su propio estilo.
Tal vez Laura (concesionaria de la cafetería en donde físicamente se realizan las sesiones del Taller y miembro honorario que esperamos pronto tener de vuelta con sus aromáticos ensayos), junto con Jorge Esquinca (quien tuvo a bien abrir los espacios para que ensayistas, poetas, cuentistas y biógrafos tuvieran la oportunidad de crear) tendrían que ir pensando en que hacer con esas sillas, tazas, vasos, mesas y el espacio que una vez a la semana ocupa ese grupito de incontrolables ensayistas —que el sonido de una campanita no es capaz de someter sus ansias de ser escuchados (y es que tanto ingenio no cabe en dos horas)—, y qué decir de la imaginación, inspiración, alegría y sobre todo el talento que nace ahí, entre olor a café, multas de tránsito y el murmullo de los parroquianos que en ocasiones guardan silencio para poder pillar una frase o un fragmento del ensayo leído por alguno de mis ensayistas favoritos. Ese espacio alguna vez será fuente de inspiración y se dirá en los recorridos turísticos: «Y ahora estamos frente a la librería José Luis Martínez, en dónde se reunían los famosos ensayistas...», y se nombrarán uno a uno a los que han ocupado y ocuparán un lugar en el prestigioso Taller de Ensayo Literario de Israel Carranza, impartido los jueves de 4 a 6.

Leído en la segunda lectura de la serie «Práctica de vuelo», en la Joseluisa, el viernes 20 de junio de 2008.

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Alivianarse ante la mirada ajena

Rodolfo Sánchez Gómez

A Israel, por las lecturas prescritas.


Hace algunos años, en un concierto de jazz que se celebraba en el jardín del Goethe-Institut, en Guadalajara, una amiga mía de pronto declaró que estaba tan a gusto escuchando aquella música que le darían ganas de desnudarse, pero que no se sentía lo suficientemente atractiva como para atreverse a hacerlo (la expresión que usó fue, palabras más, palabras menos, la siguiente: “¡Qué chido siento: si estuviera más buena, me encueraba!”). Pero por más que la lisonjeamos quienes la acompañábamos (ellos y ellas), el prodigio no se realizó.
La música, ya se sabe, es una suerte de droga auditiva cuyo componente rítmico lo mismo puede incitar a la guerra que, por qué no, al deseo de liberarse en público de las prendas de vestir. Uso un par de referencias anecdóticas más para documentar el fenómeno. Veamos.
El 11 y 12 de septiembre de 1971 se realizó el “Festival de Rock y Ruedas en Avándaro”, como llamaron sus organizadores a aquel Woodstock a la mexicana. Revistas amarillas, como la sanguinolenta ¡Alarma! (la del “violóla, matóla y enterróla”), no dudaron en calificar al festival, simple y llanamente, como una “orgía de drogas y sexo”. Y el pretexto principal para esta denominación lo encontraron en el hecho de que una chava, desde lo alto de una camioneta mudancera, en medio del frenesí musical y animada, seguramente, por quienes la rodeaban, decidió develar sus senos y seguir bailando en ese estado de gracia. La joven pasó a la historia con el apelativo de “La Encuerada de Avándaro”.
Por aquel entonces se publicaba Piedra Rodante, un tabloide mensual funky, que fue una de las pocas publicaciones, de cualquier género, que hizo una reseña pormenorizada y desprejuiciada de lo acontecido en aquel encuentro de jóvenes jipitecas. Desde luego dio cuenta del acto de la atrevida jovenzuela y, en una entrega posterior, la entrevistó. Se llamaba Alma Rosa González, y era una adolescente regiomontana de familia bien. “La mota y el alcohol rolaron generosamente, pero Alma Rosa aseguró que nada de eso fue lo que le hizo quitarse la playera y soltar sus pechos al aire en lo más prendido del concierto. Fueron sus muy legítimas ansias de alivianarse, de ponerse a la hora del mundo”.* Aunque después se dijo que la entrevista habría sido apócrifa, lo publicado caló profundo en el imaginario colectivo.
Alma Rosa y el resto de los que estuvieron en Avándaro también atizaron el afán represivo del presidente Echeverría (“Compañero” que le diga María Esther), quien poco toleró en su sexenio cualquier tipo de manifestación juvenil, incluyendo a las publicaciones “onderas”.
¿Y qué fue de Alma Rosa?, ¿quién la volvió a ver? Por lo pronto, Álex Lora alardea que es suya:

Tengo una nena a todo dar
le gusta mucho rocanrolear
y ella me dice que me quiere
y que no hay otro como yo
y ella me confesó que ella es
la encuerada de Avándaro
de Avándaro

Un día de otoño de 1996, año en el que por fin conocí Londres, viajaba en el tube, y en el mismo vagón, muy cerca de mí, un grupo de jovencitas españolas reprendía a otra de ellas porque la noche anterior, en un fiesta en el apartamento de un amigo inglés que apenas conocían, se había desnudado frente a todos, al ritmo de la música. Yo era un testigo privilegiado del sermoneo, porque ellas daban por hecho que en aquel vehículo nadie entendería el español. La escuincla protagonista de la hazaña irradiaba picardía, no decía nada, pero las observaba con un gesto de superioridad, como consciente de haberse atrevido a hacer algo que sus amigas sólo desearon.
¿Cómo es que la música logra llevar a algunos a ese estado de euforia en el que la ropa estorba? Lejos de mí están los conocimientos que me permitan dar una explicación, y tal vez ahora sólo tenga el deseo de colocar en un solo sitio estas anécdotas, quizás por la similitud de circunstancias en las que ocurrieron los hechos que se relatan.


* Colectivo La Primera Dama, “La Encuerada de Avándaro”, El Universal, 6 de abril de 2007.


Leído en la primera lectura de la serie «Práctica de vuelo», en la Joseluisa, el viernes 13 de junio de 2008.

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Peso y derrota

Alberto Vázquez Loaiza


No los busco, pero me sigo topando con los versos de Shakespeare que inspiran y dan nombre, por lo menos en la primera línea, a una de mis novelas favoritas de Javier Marías:

Mañana en la batalla piensa en mí y caiga tu espada sin filo: desespera y muere.

Pese yo mañana sobre tu alma, sea yo plomo en el interior de tu pecho y acaben tus días en sangrienta batalla: caiga tu lanza.

Piensa en mí cuando fui mortal: desespera y muere.

Salida de Ricardo III, la vieja estrofa es una bella y aterradora sentencia susurrada al oído, la letal amenaza de una inercia eterna: el peso del recuerdo sobre el alma: caiga tu lanza.

¿En quién pensarás en tus batallas futuras? ¿Quién pesará sobre tu pecho y te hará rendirte y perderte? Podría ser el familiar perdido, el amigo traicionero, el amante engañado o algún cuerpo sin nombre de los que Kavafis añoraba, el desconocido que sin saberlo afectó el curso de nuestra vida. Podría también simplemente pesarte el engaño, la pérdida, la traición, el dolor, el fracaso, personificados y en escena, colgándose carne e interpretando personajes que vienen y se marchan dejando heridas, marcas permanentes: piensa en mí cuando fui mortal.

Un amigo se refiere a estas heridas pasadas como astillas: recuerdos de los naufragios, de las batallas dilapidadas. La astilla de cada derrota queda enterrada en la memoria: la punción arde, se inflama, infecta todo su derredor, invade con la pus del recuerdo: la secreción venenosa del descalabro. Con el tiempo llegan las opciones: la astilla es expulsada, como un objeto extraño al cuerpo de su huésped, o se encarna maliciosamente, se convierte en parte de nosotros; nos acostumbramos a sentirla entre nuestros tejidos, nos conformamos con el dolor que causa cuando se le toca: nos deja de sorprender el escalofrío que nos recorre cuando se mueve, inesperadamente, a pesar de tantos años. De cualquier manera, la astilla, expulsada o encarnada, dejará en nosotros una marca de su trascendencia, un sello postal: una cicatriz.

Las cicatrices no son mero elemento decorativo en el cuerpo y la memoria, tienen una función y uso práctico: el recuerdo y la enseñanza del pasado. El guerrero pregunta a sus cicatrices diariamente y éstas le cuentan de los errores cometidos en batalla, le recuerdan los golpes y las caídas, el obsceno sabor de la derrota. Las cicatrices advierten sobre las traiciones, predicen nuevas mentiras y bajezas, señalan el repertorio de estrategias humanas para lastimar. Bajo su enseñanza, asumimos el supuesto de ser más precavidos en nuestros ataques y más esquivos ante los otros, anticiparemos intenciones y predeciremos movimientos sutiles del enemigo: entenderemos que lanzarnos abiertamente a la lucha, sin escudo, no es la más prudente de las estrategias. Nuestras cicatrices se convertirán en aliadas, mejores amigas, al intimar con ellas comprenderemos la lógica de cada una de nuestras batallas, y quizá de toda la guerra.

Pero si lo único que nuestras cicatrices nos recuerdan es el duelo de la pérdida, la rabia de la derrota y la impotencia de la rendición, si en lugar de aceptarlas las rechazamos, las odiamos y les tememos, si en cada nueva batalla las vemos como el recuerdo de que ya no deberíamos pelear, ¿qué pasará con nosotros?

Cuando huimos de nuestras cicatrices éstas se convierten, en lugar de armas propias, en lanzas enemigas. El miedo nos llena, nos controla, nos lleva a repetir la misma batalla, la que ya conocemos, la que sabemos que no podremos ganar, la que nos deja estancados en la derrota continua pero conocida. El miedo escudado en el recuerdo nos prohíbe pensar en otros conflictos y otras luchas, nos congela la posibilidad de vencer. Nos hace huir hacia nosotros mismos, hacia un falso significado de hogar, nos grita que arriesgar no vale la pena, que perder es inevitable, que las batallas son vanas, que el dolor es inconsecuente, que el tiempo no cura y la vida no enseña. La cicatriz no aprendida nos hunde, nos derrota, nos lleva hasta abajo y no nos permite levantarnos. Nos reprocha: pese yo mañana sobre tu alma, sea yo plomo en el interior de tu pecho y acaben tus días en sangrienta batalla: caiga tu lanza.

La sentencia se hace realidad: los fantasmas del pasado, las heridas, traiciones y pérdidas se acumulan, se apilan, nos rebasan, se elevan por encima de nosotros para después caer y aplastarnos.

Y veré a lo lejos cumplirse la tan ansiada condena. Tu espada sin filo, inútil, desconfiada: tus ataques vanos, inconsecuentes, como pataletas de un niño obstinado y aterrado, tus armas sometidas ante las lanzas enemigas, tu derrota temprana y premeditada. Pues creíste en el veredicto de tus fracasos, desconfiaste y temiste: dudaste y huiste más de una vez. Desesperaste y jamás aprendiste, nunca lograste entender. Fallaste. Te negaste y te rendiste.

Porque mañana me recordarás. Seré el peso en tu alma, el plomo en el interior de tu pecho que te derrota, porque así lo eliges. Me verás como herida continua y sangrante, como cicatriz inútil, porque así lo elijo. Pensarás en mí cuando fui real y mortal para ti: desespera y muere.


Leído en la primera lectura de la serie «Práctica de vuelo», en la Joseluisa, el viernes 13 de junio de 2008.


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Gol


Maribel Mandarina

El futbol nos une
Cerveza Sol


A mi hermano no le gusta el futbol: ni practicarlo ni verlo. Esto no tendría la menor importancia si no fuera porque él fue el único varón entre seis mujeres. Tampoco sería catastrófico si los primos de nuestra generación no hubieran salido tan buenos deportistas. Una cuestión intranscendente sí a mí papá no le gustara tanto, tanto, ese deporte.
Desde la cocina yo oía a mi papá dirigir partidos de futbol: «¡Pásasela a Reynoso, no seas animal! ¡Bien, mi "Pichojos"!» También escuchaba algunos recordatorios de 10 de mayo a alguien llamado Árbitro y de apellido Vendido, lo que de repente era seguido por un momento de incertidumbre en el que mi papá lograba ser escuchado por esos hombres de short, y se escuchaba el grito de «¡GOOOOOOOOOOOOOOL!», que retumbaba en toda la casa, pero era sólo un grito, hacía falta quién le hiciera segunda en ese lugar vacío frente al televisor. Pero ese alguien se encontraba en su cuarto desarmando un viejo radio, o la misma licuadora que mi mamá buscaba para terminar la comida: también junto a él había un espacio vacío.
En esos años 70, o al menos en las costumbres de mi familia, las niñas no veían deportes, a menos que fuera patinaje sobre hielo o gimnasia artística. Pero para mí, una niña que nació a nueve días de terminarse el Mundial de México 70 y que seguramente en su último mes de gestación escuchó el grito de gol en más de seis ocasiones (considerando que fueron los goles que la selección mexicana anotó, de un total de 96), no era raro que ese grito me atrajera mientras ayudaba a mi mamá a prepararle la botana a mi papá para el partido. Ese lugar no debía estar vacío.
Mi hermano llenó su espacio físicamente con su amigo de la infancia: con él hizo experimentos con cuanto aparato eléctrico existía entonces en la casa, pero no se salvaba de tener que formar parte del equipo de futbol familiar, ni tampoco de asistir a los partidos de América-Cruz Azul, Chivas y Pumas, en compañía de tíos y primos que gustaban de ir a apoyar a sus respectivos equipos y de paso burlarse de quien resultara aficionado del equipo perdedor. Cada domingo mi hermano sufría al uniformarse para el partido; algunos parientes ya se habían dado cuenta de su poco esmero al correr detrás de un balón, así que el entrenador prefería dejarlo en la banca y tan sólo dejarlo jugar cuando el equipo no se completaba. Tiempo después, mi papá se compadeció de mi hermano y le dio su libertad deportiva, con la consecuencia de que algunos lazos afectivos quedaron en la banca.
Mientras esto ocurría, el lugar seguía vacío. No era un sitio prohibido abiertamente, tan sólo era seguir costumbres que mis hermanas y yo respetábamos o no se nos ocurría traspasar. La convivencia que hubo entre mi papá y sus hijas no era una relación en la que él demostrara sin reservas su cariño; para nosotras había otras circunstancias propias de las niñas, como comprarnos un globo, o un algodón de azúcar, dejarnos ir a los partidos de los primos para echarles porras, paseos al parque, e incluso rascarle la espalda y sacarle granitos. Pero nada que decir acerca del espacio vacante.
Un buen día —y digo «buen día» en el sentido de bueno y grandioso— me acerqué a la sala, donde mi papá veía sus partidos de futbol, e hice la pregunta que traía en los labios desde hacía ya varios domingos:
—¿Quién juega?
—América contra Pumas.
—¿Y quién va ganando?
—El América.
—¿Y tú a quién le vas?
—Al América.
Esta simple conversación bastó para que yo, lentamente, con un pase de la cocina a la sala, me instalara en ese lugar desocupado y pudiera hacer coro cuando el América volvió anotar. Mi padre no opuso resistencia a que yo estuviera ahí —siempre y cuando no estuvieran sus amigos—, e incluso el asunto fue oficial cuando desde la cocina mi mamá me llamaba para que terminara de ayudarle, y mi padre le decía:
—Déjala, ¿no ves que está viendo el partido?
El lugar estaba cubierto.

Durante un buen tiempo me aseguré dos horas de convivencia «exclusiva» con mi papá, y qué decir de las actividades hogareñas de las que me deshice. En cada partido me explicaba lo que era un tiro de esquina, un defensa, un delantero, por qué el portero sí podía agarrar el balón con las manos, qué era un penal, que el señor de negro no se llamaba Árbitro Vendido, sino que era el que decía qué estaba bien y qué mal, y era a quien se le podía echar la culpa de la derrota de cualquier equipo, pero sobre todo si ese equipo jugaba contra «los cremas o millonetas del América». Debo confesar que, a la fecha, algo que nunca entendí claramente fue lo que era un fuera de lugar, pero siempre asentía con la cabeza cuando mi papá afirmaba que un jugador estaba en esa posición —no fuera a darse cuenta del offside en que estaba yo y me sacara la amarilla, o peor, la roja.
Poco a poco descubrí que podía sacarle mayor provecho a la situación: no sólo había partidos de futbol, también estaban el americano, el beisbol, el básquet y las Olimpíadas. Todo cobraba sentido en cuanto lograba descifrar las reglas de cada juego y podía sorprender a mi papá cuando le decía que era un primero y diez, o una base por bola. Mis hermanas intentaron seguir mis pasos —o pases—, pero ellas no habían nacido en junio del 70, y a los cinco o diez minutos se aburrían de ver a los hombres aquellos pateando, golpeando y lanzando un balón, así que decidían expulsarse y reservar su emoción deportiva para los partidos finales y los clásicos, en los cuales yo me convertía en su instructora y en más de alguna ocasión les decía con qué equipo había que emocionarse cuando anotara, y los contrarios a los que había que maldecir e incluso odiar —porque a esas alturas ya podíamos perder la compostura.
Con el tiempo me di cuenta de que los jugadores a los que aprendí a apoyar partido tras partido no le tenían tanto amor a la camiseta como decían en las entrevistas: todo era cuestión de venderse al mejor postor —al fin y al cabo de eso vivían—. Pero siempre tendré en cuenta su ayuda, y si me preguntan, sí: llevo en mi pecho los colores del América
En la actualidad, los partidos de futbol pueden ser cualquier día de la semana, así que aún tengo la costumbre de ir al cuarto de mí papá y preguntarle: «¿Quién juega?». Y esta simple pregunta da para iniciar una conversación y quedarme un rato con él, ahora ya no por mí.


Nota sobre la foto: no es precisamente de un gol, sino de un gol que no fue tal. La tomó el fotógrafo Fabricio León en el instante justo en que Hugo Sánchez (gracias, Hugo) falló el penal decisivo que sacó a México del Mundial de 1986. La escena es del Salón Corona, de la Ciudad de México, y ahí se exhibe como un mural que dice mucho sobre esa forma mexicana de la fatalidad conocida como el «ya merito». El gol de Maribel, sin duda, es mucho mejor.

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Del palacio interior que todos llevamos dentro

Elena Arce

En el idioma español, el sustantivo «sueño» significa a la vez el momento de abandono hacia el descanso y el trabajo de la psique durante el tiempo del dormir. A través de la actividad mental se activa toda clase de imágenes que elabora el soñante y que, unidas, construyen historias, aunque no siempre sean recordadas. Muchas culturas han dado a los relatos oníricos valor mágico, y se han utilizado para obtener respuestas ante las incógnitas importantes de la existencia.

La ciencia actual da una explicación a este proceso a partir de los estudios de Sigmund Freud en los inicios del siglo xx. En un largo texto que bautizó como La interpretación de los sueños(1) dio un giro a lo que se decía de la mente en los años que le precedieron.

El médico vienés postuló que la conciencia es siempre fallida, y que el hombre deja así de ser un ente conducido por lo racional. Dijo que lo trascendente estaba oculto y que los seres humanos se esforzaban por cubrirlo a través de cortinajes engañosos que se constituían como defensas. «Señores», dijo Freud, «hay una parte del Aparato psíquico que es Inconsciente, se rige por reglas propias, diferentes a la consciencia Se establece una lucha entre lo que intenta surgir desde lo oculto y lo racional. La vía regia para tener acceso a ello es el campo del soñar».

Freud desplazó la importancia del vivir despierto hacia el dormir. No todo mundo está de acuerdo con su aportación, aunque la historia lo nombra como uno de los grandes pensadores del mundo de la cultura, tanto como Copérnico, Marx o Darwin.

Se asumen los relatos como lógicos y lineales. La asociación libre, piedra fundamental en el trabajo analítico, lleva al sujeto a la narración contingente. Nos encadenamos a la continuidad de las palabras para no permitir que lo azaroso haga sentir que la locura nos convierte en su presa.


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El escritor albanés Ismail Kadaré, en su novela El palacio de los sueños(2), describe un país donde el soñar es pilar del bienestar estatal. Los ciudadanos tenían obligación de escribir o narrar el material onírico que producían. Estos relatos se guardaban en absoluto secreto en un edificio de la capital, construido con pasillos laberínticos y galerías atestadas de expedientes. Constituía un centro de importancia vital, que imponía silencio absoluto para el personal que laboraba ahí.
El Sultán, gobernante de ese territorio, concibió la idea de recopilar los sueños, sustentado en la creencia de que Alá arrojaba su señal sobre la tierra de vez en cuando a través de imágenes oníricas, convirtiendo el sueño de algún ciudadano en aviso para la seguridad del estado. Así se conocería «el mensaje», de que algo necesitaba ser solucionado para prevenir daños graves como pestes, guerras, insurrecciones o cualquier otra desgracia. Su propósito era apagar el fuego antes de que se encendiera la primera chispa, y el deber del gobernante era buscarlo, aun a través de un arduo prolongado trabajo.
Se concibió una fortaleza llamada Tabir Saray. El palacio estaba organizado de tal manera que la estructura recolección-selección-interpretación fuera perfecta, sin errores.
Los elementos móviles de la Institución, los mayores en número y con la categoría más baja, eran los visitadores que se dirigían hacia todos los rincones del país. Su misión era recabar documentos y escribir los relatos de los soñantes. Una vez satisfecha su misión debían regresar veloces para entregar su preciada carga. Nadie impedía el paso de sus cabalgaduras, que portaban el estandarte real. Los sueños no podían envejecer, dada la inminencia de conocer lo oculto de ellos.
Los expedientes eran entregados a los escrutadores, que los seleccionaban por temas, desechando lo inservible. Los intérpretes daban sentido al material simbólico, con la obligación de ser acuciosos para detectar cualquier detalle singular que tuviera posibilidad de darle un sentido. Los relatos seleccionados por ser especiales terminaban su camino en la sección del «sueño maestro», manejada por expertos que tenían como misión llevar al Sultán su trabajo para que diera la última opinión y tomar determinaciones al respecto.
Kadaré dibuja un ambiente gris donde los empleados trabajaban clavados en oscuros escritorios, de los que se levantaban únicamente a la hora de la comida. Hombres que pasaban su vida entre fantasías y eran invadidos por ellas sin posibilidad de mencionarlas fuera del cerco palaciego.
Esta ficción kafkiana cobra un sentido político en la medida en que el control social se ejercía hasta en el espacio más privado que puede tener cualquier ser humano. No es la problemática individual del soñante lo que importa, sino el uso de sus fantasías al servicio de la estructura estatal.

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¿De qué manera podría relacionar la teoría del sueño con la ficción de Kadaré, escrita con la intención de hacer una denuncia política del país del que se autoexilió por divergencia con el sistema?
El escritor manifiesta sus propios miedos escenificados en la insensatez del sistema-edificio-cárcel que describe.
Lo desconocido amenaza poniendo en movimiento una maquinaria invisible que subrepticiamente lanza sus redes destructoras desde un lugar desconocido. Esto es una mera invención, escenificada a través de la detección del sueño maestro. «La verdad» descubierta que todavía está in situ se puede enfrentar, así disminuye la angustia ante lo desconocido.
Lo que sucede en el sistema político le pasa también al individuo. Hay una concepción paranoica del mundo. El Sultán encarna la instancia represora y perseguida que se transforma en persecutoria. Como dueño del país, decide la suerte de los habitantes, abortando las ideas, las conductas, cualquier cosa que pudiera repercutir en el manejo del poder. Así también funcionan las estructuras del aparato psíquico: las defensas se levantan ante lo desconocido.
La represión no es un simple mecanismo de olvido, dijo Freud, es una barrera ante la pulsión(3) que amenaza con inundar la conciencia. Subsiste agazapada en un lugar desconocido, para aflorar de manera poco amenazante a través de sueños, síntomas y actos fallidos.
El sueño se construye a través de l
os restos diurnos de las experiencias tenidas por el sujeto en el día, antes de dormir, tomando de esto su forma de material manifiesto a través del recuerdo. Los impulsos amenazantes se enlazan en las imágenes conocidas, que pueden aparecer sin dañar al aparato psíquico. Para darle sentido, hay que remitirse a los significados personales del propio sujeto.
Es el soñante el que trae todos los elementos del material onírico, y es también todos los personajes que ahí aparecen, que se van armando de componentes simbólicos.«Todos los sueños son sueños de deseo», dice Freud. Lo que se sueña está permitido. Uno se refiere coloquialmente a las «locuras del sueño» como si de repente nos fueran ajenos y alguien los hubiera colocado dentro desde el exterior, y como si no se los reconociera como propios.
Quizá esto es lo que Kadaré quiere decirnos. Soñar está permitido, es más fácil interpretar esos relatos que pedir que la gente nos cuente sus deseos desde el continente secreto del inconsciente. Éste resguarda de lo agresivo y lo erótico. Llena de amenazas al individuo que los porta tanto como al que los escucha.
Guardar lo inconsciente en un palacio lleno de galerías quizás implique la utopía de vaciar de peligros al soñante. Debe de ser grato imaginar que se dejan las amenazas encerradas con grandes cerrojos y se permanece libre de toda preocupación. Es el Sultán-represor el que se encarga de cuidar a los ciudadanos, aun a costa de la muerte, si fuera necesaria.

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Kadaré hace un magistral relato: la preocupación del Sultán cobra realidad cuando detecta algo que lo advierte de una posible rebelión. En un gran despliegue de fuerzas caen las cabezas de los señalados por el sueño maestro. Después todo sigue igual, y en el Tarik Sabay se almacenará un nuevo documento en el archivo especial que sólo alberga «sueños maestros».
¿Podríamos cercenar así nuestras pulsiones que son las que provocan la vibración del vivir? Kadaré nos introduce en una novela creada por su fantasía. La de cada uno sería la «novela individual del neurótico», al decir freudiano; la que traemos a cuestas conteniendo nuestros sueños, albergados en los laberínticos pasadizos del inconsciente.
La riqueza del mundo interno es lo que nos lleva a la posibilidad de crear. A través de ello se puede narrar cualquier cosa sin dañar a nadie, levantar la prohibición y permitir que las pulsiones se coloquen fuera sin ningún problema.
Transcribo las palabras de Leopoldo María Panero: «Si por algo estoy en la literatura es para averiguar hasta dónde puede llevar la vida, si se la fuerza en exceso. Si por algo estoy en el verbo es para saber qué se hizo del vino y del grito, del relincho del perro y del horizonte de la ausencia…».[4]



[1] Sigmund Freud, La interpretación de los sueños, Amorrortu, 1979.

[2] Ismail Kadaré, El palacio de los sueños, Alianza Editorial, 2007.

[3] «Pulsión». Término definido por Freud que señala las fuerzas derivadas de las tensiones somáticas en el ser humano, y que se ubican entre el nivel somático y el nivel psíquico. No es equivalente al instinto, que se da únicamente en los animales. Las pulsiones son dos grandes grupos: pulsión de vida, o Eros, y pulsión de muerte o Thanatos.

[4] Leopoldo María Panero, Papá, dame la mano que tengo miedo, Cahoba Ed., 2007.

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