Lo que harían las paredes

Diego Solórzano
Si las paredes hablaran, probablemente se quejarían de sus grietas o gesticularían borrachitas por esa última capa de barniz tan tóxico que les aplicaron. Tal vez siempre fue un mito que pusieran atención a las pláticas y actos de los humanos, quizá veían nada después de que les cubrieron el aparato visual con adornos. Ciertamente, algunos conservamos la imaginación de que ahí se contiene más que el cuadro con las frutas, algo como nuestros recuerdos, y por qué no decirlo, la vida. Pasamos ya por la infancia, la adolescencia y un buen trozo de juventud (es decir, todos los de mi edad); probablemente éstas constituyen y amparan la razón de lo que se hace ahora, y sin alguna de ellas hubiéramos fracasado en el resto de la vida (en términos biológicos, particularmente). Pero queda el asunto de la pared: ¿quién se llevaría mis vivencias de la primaria junto con el peinado atroz que mi madre cargaba en aquellos días? El tiempo únicamente, tal vez; y es decir, están a mi disposición estas imágenes —aún puedo ver mentalmente las capas de fijador en la melena—, pero no con una función resuelta. La memoria de mi padre duele aun más: se quedó sin las piernas antes de morir. Me gustaría no recordarlo a cada temblor de la pared (porque mi antigua casa tiene vista al tren, y pasa todo el tiempo). Y es aquí donde descuido un detalle y una gran verdad: el recuerdo no facilita el camino; pero, ¿niega la vida del presente?
Si bien es cierto que la red salva al trapecista de caer a la pista y morir, ¿quién quiere una vida entera de cirquero? (Tal vez soy el único que no la quiere). Y también me regresa el dolor cuando aspiro ciertas marcas de perfume, cuando llueve con granizo, cuando regresa abril, cuando los pájaros advierten que cae la tarde, las hojas crujiendo, pura naturaleza, una infinidad de artes comerciales, todas las aceras de enfrente, las cosas que exhalan humo (el tren, por ejemplo, que aquí viene), niños ya crecidos, viejos anunciando la muerte, los estampados marineros, lo que tiene forma de nube, cuando son blancas y parecen cenicero, cuando las yemas se le arrugan a alguien en el mar, cuando se asan cebollas, si alguien se despide o se va sin hacerlo —y más si es en un cofre de madera elegante—, cuando yo me despido, si no me atrevo ni siquiera a empezar la conversación o a acabar mis listas de ejemplos sin ritmo, las cucharadas grandes, todos los espejos, mi ropa de ayer y la que traigo puesta hoy.
Ahora, si las paredes hablaran, yo resueltamente creo que lo harían de sus propias ansiedades, tantas cosas que hay por enumerar y enfilar en el laberinto de las insignificancias. Entonces, sí, prefiero el auxilio de la red y seguir columpiándome y siendo este mismo manojo de inseguridades. Me imagino ahora, que los recuerdos son las grietas en la pintura y se fabrican, coincidentemente (y favorablemente para la teoría de este ensayo), cuando las paredes quieren hablar.

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