Víctor Manuel Caamaño
La gran diferencia entre lo material y lo espiritual es que lo material tiene un valor temporal, momentáneo, mientras que lo espiritual tiene un valor infinito.
Anónimo
Ni todo el oro que acumula el mundo / Ni todos los palacios de la Tierra / Igualan la riqueza de aquel hombre / Que tiene entre los brazos a su amada / En la breve estación cuando los une / La mutua juventud que no retorna
Solón de Atenas
Una sucesión de informalidades puede mostrar lo instantáneo y prescindible que sostiene la barca del boato. Ciertas personas de la farándula reeditan sus obras en la vida cotidiana. No es gente sofocada por el abollado poder adquisitivo; no, sospecho que tratan de burlarse de las sacrosantas instituciones. ¿O será que buscan patentar su estrambótica marca? Recuento, para documentar cualquier de las anteriores hipótesis:
En reciente casorio, los jóvenes prometidos se hicieron fotografiar con una bola roja en la nariz, como clowns, para ilustrar las invitaciones.
El mero día, un Matiz de color chillante como mayate arropándolos con su caparazón, y portando en los vidrios mensajes escritos con bilé. Sonriendo de sus travesuras, por ahí van los novios. En la misa, ya el señor cura había hecho notar —exaltándolas— las excepciones: el vestido matrimonial visible por escotado, por austero, y por el color nácar. Sin la cola de largo arrastre y corta vigencia. Sin el velo púdico, que escrito apresuradamente puede deslizar un gazapo predecible con casi las mismas letras. Con ahorro de padrinos, una sola persona bastó para todos los artículos requeridos: arras, anillos, lazo... Éste se formó con un trozo del lienzo utilizado para el vestido nupcial. La austeridad subrayó —por contraste— el exceso acostumbrado, el consuetudinario barroquismo ceremonial. ¿O no basta con ofrendarse uno al otro, cuando el cariño es legítimo, de buena ley?, ¿amor a la pareja, o amor a las formas y a la nota de sociales?, ¿puede una ceremonia ser confiable como seguro o conjuro contra la desventura? Él, con un confortable saco sport con parches en los codos, combinando un pantalón sin mucho lujo. Con tan sólo la elegancia que viste la sobriedad. Nada de frac. Aquí recordé «La presumida», que cantaban los prediluvianos Teen Tops:
«Nos vemos, presumida, no te puedo aguantar / esas puntadas tuyas no las puedo pasar...»
Y, luego, el coro:
«¡Presumida, presumida, presumida!»
A la hora crucial de los anillos para los novios, la ceremonia se congeló mientras corrieron a una providencial mochila —que contenía, entre otras cosas, unas chanclas—, esculcada bajo presión para extraer de ahí las olvidadas y preciadas joyas. A la sorpresa siguió la risa y el chacoteo; al minarse la solemnidad, el oficiante impuso sordina con un llamado al orden. Sin embargo, tan alivianado resultó el curita que, después del recuento inicial de contrastes que hizo públicamente, hasta un aplauso pidió para los contrayentes. ¿Por qué se repetirá con tanta asiduidad un juramento cuya eficacia se deslava mientras más se repite en vano, como formulario de paso? ¿No es posible el reino de Dios en el más acá, con la buena voluntad puesta en su lugar?
El alborozo lo acompasa esa tarde un disc jockey; de ahí vendría un tour musical sin fronteras, para cohabitar de forma promiscua música instrumental, Los Tigres del Norte (ajúa), música regional, rock (electropop, arte-rock, folk, new age), cumbias... Y sobre el césped se monta al aire libre un fugaz set para la foto de novios; nada de ir al estudio con las predecibles precauciones y solemnidades, a pagar una fortuna por un testimonio gráfico para la sala de la casa, con propios y extraños como destinatarios. Por lo menos mientras dura el contrato —bajo cánticos elevados— que suele juramentarse nadie desbaratará. ¿La ensalzada foto de sala evitará los desencuentros, o tan sólo los arbitrará con la mirada que conserva de los buenos tiempos? El salón de fiestas confortable, de buen gusto, con detalles excéntricos elegidos por los contratantes: la maqueta de un tianguis se extiende sobre cada una de las mesas de la concurrencia: una minipecera con chicles de vivas tonalidades, sí, de esos de bolita —como los extintos cam-buble—, que de verlos se hace agua la boca. Su disposición recuerda el estilo del restaurante de Doña Gabina Escolástica, en Zapopan: frasco de botica de boca ancha, frasco de botica de boca estrecha a la mitad de agua para que nade el tallo de la flor con la que rematan los bordes; pocillo, vaso chocomilero de aluminio, cuchillo, tenedor, cuchara, de plástico y de colores; blancos globos saliendo de bolsas de cartón en el pasto, el mantel de papel estraza con un kit de crayones para pintarrajearlo, como suelen hacerlo los niños tirados en el suelo. ¿Por qué negarse a rescatar el infante —a la sombra— que nos acompaña toda la vida? En los sanitarios, toallas de tela con los colores puestos a competir, en la era de lo desechable por excelencia. Tacos de barbacoa, mezcal para estar a tono, y la anticipada convocatoria a que cada quien llevara lo que desee beber, para saciar el gusto. Observemos la siguiente composición: pasteles que lucen sus distintas barrigas. No un pastel que sintetiza la aureola de pureza y solemnidad de las bodas convencionales, sino un mosaico de varios que lo suplantan.
Un joven muestra orgulloso un corte de pelo estilo mohicano, al que agrega tinte morado con pringas doradas encaramadas aquí y allá. Es un argentino avecindado en estas latitudes (seguramente a su padre se le arriscaron los bigotes la primera vez que lo vio así). También hay melenas a la Gael García y Diego Luna. En un segmento de la población circunstancial, confluyen codo a codo la bohemia, la oriundez chilanga banda, y la diversidad sexual; reúne ese minúsculo pelotón visibilidad y diversión que lanzan al viento. Los novios exultantes gritan su felicidad de la ciudad al mundo, aunque el mundo siga gravitando en su enajenado y ensimismado frenesí. Ahora que las sorpresas («los hackers logran penetrar los programas de las plantas nucleares») no logran conmover la inercia del día a día. A pesar de eso, seguramente ellos se dirán cosas como: «ahora es el mañana por el que nos preocupábamos», o, «hay un montón de días especiales que aún vendrán, porque lo pasado sucedió y el mañana ahí estará por delante».
En el convivio roló el rojo a la nariz para fotografiarse con los desposados. Se dispuso un árbol para que, quien deseara, colgara en él mensajes de buenaventura a los recién casados. ¿Les desearían un proyecto compartido, más que una suma de egos, o quizás, una tolerable permanencia? Una luchadora y un luchador, sí, con máscara, sustituyen en un pastel la representación de la pareja reiterada sin descanso como copia fotostática en el resto de los casamientos. Y como regalo de despedida, juguetes como playmobil y una bolsita de doctor Chapatín con dulces, para revisitar la infancia ida. Y para los que, ya avanzados los alcoholes resentían el frente del hambre, una hornada de tortas ahogadas. Para entonces todo era gozo y éxtasis de tribu frente a tótem, bailando sudorosos, incluso descalzos, pero con el ánimo que sólo el agua de un diluvio inesperado fue capaz de apagar.
Después de todo, ¿qué tan lejos puede llegar la barca del boato cuando falta lo esencial para sostenerla?, ¿estarán faltando equipajes existenciales para llegar al altar? ¿Es el rostro de la metáfora como fresca provocación? ¿Resultaría una buena medida aplicar —junto a los análisis médicos prenupciales— la prueba del polígrafo (detector de mentiras) para evitar autoengaños? Para establecer la verdad: ¿quién soy, dónde estoy, qué necesito de esta persona, cuáles son mis miedos y mis medios y qué estoy dispuesto/a a dar realmente? Ingredientes poderosos, generalmente poco clarificados en eso que llamamos amor, pero sobre todo, en la convivencia. ¿Cuántos más, mientras tanto, seguirán «presumidos, presumidos, presumidos»?
En un sentido más global, ¿ha pasado la pleamar del matrimonio, por lo menos en su versión dominante? La cual, por cierto, no ha sido la única, ya que el matrimonio por amor, es un invento relativamente reciente [1]. ¿Ese modelo es una especie en extinción? ¿La exclusividad en la pareja es una quimera? Desde las primeras décadas del siglo XX, ya Bertrand Rusell prevenía la dificultad para lograr la monogamia («Nuestra ética sexual»)[2], ahora la polémica que ha producido la existencia de sitios web para la promoción del adulterio, parece darle la razón a Rusell.[3]
[1] Stephanie Coontz, Historia del matrimonio, Gedisa, Barcelona, 2006.
[2] Bertrand Rusell, Antología, Siglo XXI Editores, México, 1981, p. 120
[3] Primer sitio de encuentros extraconyugales: http://es.gleeden.com/; la vida es corta, ten un affaire: http://www.ashleymadison.com/
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