Programa de la nueva edición del Taller de Ensayo Literario


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¡Nuevo ciclo del Taller de Ensayo Literario!


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Hasta luego, Víctor

El pasado 8 de julio falleció Víctor Manuel Caamaño, integrante del Taller de Ensayo Literario y notable académico, educador, articulista, activista social y estupendo amigo. De la conversación con él aprendimos muchísimo, y disfrutamos también enormemente de sus virtudes como ensayista, en la buena cantidad de muestras de su trabajo que compartió con nosotros. Lo extrañamos un montón.
       Claudia Meza se dio a la tarea de recuperar varias publicaciones de nuestro camarada:

       
       Y esta cita, de uno de los últimos ensayos que nos leyó en el taller: 

"Sin embargo, no hay tragedia, hay una tranquilizante sonrisa como expresión del alma. Como bálsamo reparador. La risa es la distancia más corta entre dos personas, y la música de la risa es un veloz tejedor de sentimientos profundos, que como poema pertenece a quien tenga la voluntad de hacerla suya. Entonces, la risa abre el alma y la música la hace más grande." 
Victor Manuel Caamaño, marzo de 2011

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Simplificación administrativa


Víctor Manuel Caamaño

La gran diferencia entre lo material y lo espiritual es que lo material tiene un valor temporal, momentáneo, mientras que lo espiritual tiene un valor infinito. 
Anónimo

Ni todo el oro que acumula el mundo / Ni todos los palacios de la Tierra / Igualan la riqueza de aquel hombre / Que tiene entre los brazos a su amada / En la breve estación cuando los une / La mutua juventud que no retorna
Solón de Atenas

Una sucesión de informalidades puede mostrar lo instantáneo y prescindible que sostiene la barca del boato. Ciertas personas de la farándula reeditan sus obras en la vida cotidiana. No es gente sofocada por el abollado poder adquisitivo; no, sospecho que tratan de burlarse de las sacrosantas instituciones. ¿O será que buscan patentar su estrambótica marca? Recuento, para documentar cualquier de las anteriores hipótesis:
       En reciente casorio, los jóvenes prometidos se hicieron fotografiar con una bola roja en la nariz, como clowns, para ilustrar las invitaciones.
       El mero día, un Matiz de color chillante como mayate arropándolos con su caparazón, y portando en los vidrios mensajes escritos con bilé. Sonriendo de sus travesuras, por ahí van los novios. En la misa, ya el señor cura había hecho notar —exaltándolas— las excepciones: el vestido matrimonial visible por escotado, por austero, y por el color nácar. Sin la cola de largo arrastre y corta vigencia. Sin el velo púdico, que escrito apresuradamente puede deslizar un gazapo predecible con casi las mismas letras. Con ahorro de padrinos, una sola persona bastó para todos los artículos requeridos: arras, anillos, lazo... Éste se formó con un trozo del lienzo utilizado para el vestido nupcial. La austeridad subrayó —por contraste— el exceso acostumbrado, el consuetudinario barroquismo ceremonial. ¿O no basta con ofrendarse uno al otro, cuando el cariño es legítimo, de buena ley?, ¿amor a la pareja, o amor a las formas y a la nota de sociales?, ¿puede una ceremonia ser confiable como seguro o conjuro contra la desventura? Él, con un confortable saco sport con parches en los codos, combinando un pantalón sin mucho lujo. Con tan sólo la elegancia que viste la sobriedad. Nada de frac. Aquí recordé «La presumida», que cantaban los prediluvianos Teen Tops:
«Nos vemos, presumida, no te puedo aguantar / esas puntadas tuyas no las puedo pasar...»

       Y, luego, el coro:
«¡Presumida, presumida, presumida!»

       A la hora crucial de los anillos para los novios, la ceremonia se congeló mientras corrieron a una providencial mochila —que contenía, entre otras cosas, unas chanclas—, esculcada bajo presión para extraer de ahí las olvidadas y preciadas joyas. A la sorpresa siguió la risa y el chacoteo; al minarse la solemnidad, el oficiante impuso sordina con un llamado al orden. Sin embargo, tan alivianado resultó el curita que, después del recuento inicial de contrastes que hizo públicamente, hasta un aplauso pidió para los contrayentes. ¿Por qué se repetirá con tanta asiduidad un juramento cuya eficacia se deslava mientras más se repite en vano, como formulario de paso? ¿No es posible el reino de Dios en el más acá, con la buena voluntad puesta en su lugar?
       El alborozo lo acompasa esa tarde un disc jockey; de ahí vendría un tour musical sin fronteras, para cohabitar de forma promiscua música instrumental, Los Tigres del Norte (ajúa), música regional, rock (electropop, arte-rock, folk, new age), cumbias... Y sobre el césped se monta al aire libre un fugaz set para la foto de novios; nada de ir al estudio con las predecibles precauciones y solemnidades, a pagar una fortuna por un testimonio gráfico para la sala de la casa, con propios y extraños como destinatarios. Por lo menos mientras dura el contrato —bajo cánticos elevados— que suele juramentarse nadie desbaratará. ¿La ensalzada foto de sala evitará los desencuentros, o tan sólo los arbitrará con la mirada que conserva de los buenos tiempos? El salón de fiestas confortable, de buen gusto, con detalles excéntricos elegidos por los contratantes: la maqueta de un tianguis se extiende sobre cada una de las mesas de la concurrencia: una minipecera con chicles de vivas tonalidades, sí, de esos de bolita —como los extintos cam-buble—, que de verlos se hace agua la boca. Su disposición recuerda el estilo del restaurante de Doña Gabina Escolástica, en Zapopan: frasco de botica de boca ancha, frasco de botica de boca estrecha a la mitad de agua para que nade el tallo de la flor con la que rematan los bordes; pocillo, vaso chocomilero de aluminio, cuchillo, tenedor, cuchara, de plástico y de colores; blancos globos saliendo de bolsas de cartón en el pasto, el mantel de papel estraza con un kit de crayones para pintarrajearlo, como suelen hacerlo los niños tirados en el suelo. ¿Por qué negarse a rescatar el infante —a la sombra— que nos acompaña toda la vida? En los sanitarios, toallas de tela con los colores puestos a competir, en la era de lo desechable por excelencia. Tacos de barbacoa, mezcal para estar a tono, y la anticipada convocatoria a que cada quien llevara lo que desee beber, para saciar el gusto. Observemos la siguiente composición: pasteles que lucen sus distintas barrigas. No un pastel que sintetiza la aureola de pureza y solemnidad de las bodas convencionales, sino un mosaico de varios que lo suplantan.
       Un joven muestra orgulloso un corte de pelo estilo mohicano, al que agrega tinte morado con pringas doradas encaramadas aquí y allá. Es un argentino avecindado en estas latitudes (seguramente a su padre se le arriscaron los bigotes la primera vez que lo vio así). También hay melenas a la Gael García y Diego Luna. En un segmento de la población circunstancial, confluyen codo a codo la bohemia, la oriundez chilanga banda, y la diversidad sexual; reúne ese minúsculo pelotón visibilidad y diversión que lanzan al viento. Los novios exultantes gritan su felicidad de la ciudad al mundo, aunque el mundo siga gravitando en su enajenado y ensimismado frenesí. Ahora que las sorpresas («los hackers logran penetrar los programas de las plantas nucleares») no logran conmover la inercia del día a día. A pesar de eso, seguramente ellos se dirán cosas como: «ahora es el mañana por el que nos preocupábamos», o, «hay un montón de días especiales que aún vendrán, porque lo pasado sucedió y el mañana ahí estará por delante».
       En el convivio roló el rojo a la nariz para fotografiarse con los desposados. Se dispuso un árbol para que, quien deseara, colgara en él mensajes de buenaventura a los recién casados. ¿Les desearían un proyecto compartido, más que una suma de egos, o quizás, una tolerable permanencia? Una luchadora y un luchador, sí, con máscara, sustituyen en un pastel la representación de la pareja reiterada sin descanso como copia fotostática en el resto de los casamientos. Y como regalo de despedida, juguetes como playmobil y una bolsita de doctor Chapatín con dulces, para revisitar la infancia ida. Y para los que, ya avanzados los alcoholes resentían el frente del hambre, una hornada de tortas ahogadas. Para entonces todo era gozo y éxtasis de tribu frente a tótem, bailando sudorosos, incluso descalzos, pero con el ánimo que sólo el agua de un diluvio inesperado fue capaz de apagar.
       Después de todo, ¿qué tan lejos puede llegar la barca del boato cuando falta lo esencial para sostenerla?, ¿estarán faltando equipajes existenciales para llegar al altar? ¿Es el rostro de la metáfora como fresca provocación? ¿Resultaría una buena medida aplicar —junto a los análisis médicos prenupciales— la prueba del polígrafo (detector de mentiras) para evitar autoengaños? Para establecer la verdad: ¿quién soy, dónde estoy, qué necesito de esta persona, cuáles son mis miedos y mis medios y qué estoy dispuesto/a a dar realmente? Ingredientes poderosos, generalmente poco clarificados en eso que llamamos amor, pero sobre todo, en la convivencia. ¿Cuántos más, mientras tanto, seguirán «presumidos, presumidos, presumidos»?
       En un sentido más global, ¿ha pasado la pleamar del matrimonio, por lo menos en su versión dominante? La cual, por cierto, no ha sido la única, ya que el matrimonio por amor, es un invento relativamente reciente [1].  ¿Ese modelo es una especie en extinción? ¿La exclusividad en la pareja es una quimera? Desde las primeras décadas del siglo XX, ya Bertrand Rusell prevenía la dificultad para lograr la monogamia («Nuestra ética sexual»)[2], ahora la polémica que ha producido la existencia de sitios web para la promoción del adulterio, parece darle la razón a Rusell.[3]

[1] Stephanie Coontz, Historia del matrimonio, Gedisa, Barcelona, 2006.
[2] Bertrand Rusell, Antología, Siglo XXI Editores, México, 1981, p. 120
[3] Primer sitio de encuentros extraconyugales: http://es.gleeden.com/; la vida es corta, ten un affaire: http://www.ashleymadison.com/

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Joseph Brodsky en Venecia


Habrá que aprender ruso. O no, no por ahora. Por ahora hay que limitarse a escuchar: la cadencia de esa voz que deambula por la ciudad amada, su ira sosegada, luego el suave declive hacia la decepción o hacia el agua, luego otra vez su ascenso: ¿qué es lo que exalta? Los pasos de esa figura de hombros abatidos por la penumbra que el invierno pone en las calles. Las estatuas de ojos ciegos, los leones y su mudo rugido, la calidad de sueño o presentimiento que imponen esa voz y esa mirada entre luminosa y desconcertada.
Habrá que aprender ruso alguna vez.

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¡Seis años!


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W. G. Sebald: «Escribir es como el trabajo del sastre»


A propósito de la lectura de un pasaje de Austerlitz en el grupo de los viernes a las 19:00, algo para conocer un poco más del autor alemán:

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¡Despegamos!

En el grupo del Taller de Ensayo Literario que sesiona los jueves cumplimos seis años de trabajo ininterrumpido, y justo acabamos de comenzar con una nueva edición. Por acá podrán conocer el programa.
       La primera visita que recibiremos será la de Ray Bradbury, con dos ensayos del libro Zen en el arte de escribir. A continuación, algunas noticias sobre el autor de Crónicas marcianas, seguramente el escritor de ciencia ficción (o ficción científica) más importante de cuantos hay vivos:

  • La presentación que hizo de sí mismo, para el proyecto The Big Read:

  • Y un muy extraño comercial:

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El mejor apátrida

Porque fue muy breve el vistazo que echamos a las Prosas apátridas del peruano Julio Ramón Ribeyro, aquí están completas, para quien se haya quedado con ganas de más. Gracias por el hallazgo a Paty Bazaldúa, del grupo de los viernes a las 19:00. Click aquí para descargar el libro íntegro.

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La casa de Jean Cocteau




Convendrá aprovechar lo que queda de vacaciones para ir a visitar la casa de Jean Cocteau. Y también para echar un vistazo a este ensayo suyo, que había quedado pendiente que leyéramos en el grupo de los viernes a las 19:00: es «De mi estilo», y, como los otros que conocimos, está incluido en el libro De la dificultad de ser. Pasen a descargarlo por aquí.

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Los mejores momentos

Éste es el ensayo del que hablábamos el viernes 26 de febrero, en el grupo de las 19:00 horas, y que recordó Mauricio Vaca a propósito de lo que sucede cuando el ensayista debe hacerse cargo de algo que le incumbe muy profundamente Ojo: conviene hacer la lectura con la canción de Bob Dylan como fondo: para ello, hay que hacer click aquí:



Mercedes Aceves Zúñiga

Y en mi garganta, donde se pone la risa,
O la palabra o el té caliente,
Cada vez la nieve resuena más precisa,
Y como tu explorador, negrea un «adiós».

Joseph Brodsky


Terminaba agosto y empezaba otro mes con la semana. La mañana, recién bañada por la lluvia, hasta entonces sólo me había traído tiernos recuerdos en cada gota. Y ese día hermoseaba con la plácida conversación que mi madre y yo manteníamos en mi recámara, hasta donde cruzaba el ruido tímido de la lavadora, con la voz de Bob Dylan cantando «Knockin’ on Heaven’s Door», que nos impedía escuchar y pronunciar palabras no dichas. La canción hablaba y nosotras no escuchamos su advertencia ni el sonido de una bala que estalló enmudecida para nuestros oídos, apenas a dos metros de distancia. Si ahora me preguntan de qué hablaba esa mañana con mi madre, no sabría responder. Antes digo que fue plácida, porque la imagen rescatada es la de una jovencita que quizás coincide con su madre a pesar de las edades, pues sonríen concentradas en ese instante único en sus vidas, que se fue sin saber lo que nos dijimos, lo que nos hizo felices hasta la risa espontánea y provocó la cercanía premonitoria de un abrazo no dado: lo que yo pensaba de ella y ella de mí: lo que nos necesitábamos y nos queríamos, lo poco o mucho que la comprendía con sólo quince años de vida —pero con mucha observación. Parecía un momento feliz, no había lágrimas; no entonces. Las lágrimas son la pulpa de la tristeza, aunque algunas veces digan que son de felicidad. He gastado tiempo para encontrar otro momento igual, pero no he llegado al sitio donde se pescan esos instantes que no deberían interrumpirse, que no deberían ser tocados ni por el viento seductor que arrojan las olas en su «danza unánime», ni por la protección de los «campos celestiales» de Borges. Los mejores momentos deberían ser sagrados para los que logramos ese privilegio. Nada debería empañarlos, ni siquiera para advertirnos del siguiente, que será un mal momento. Si los escuchamos, su tiempo llegará anticipado, con la oportunidad malévola para destruirlo. Ese día, nuestro mejor momento hasta entonces, fue sacudido y vaciado de bellas palabras por el sonido de una garganta que se ahogaba en la sangre que bajaba desde su cabeza. El arma sobre el piso, incapaz de dispararse de nuevo, y la oscuridad que llegaba de a poco y no podía ser mejor descrita que en la canción que escuchábamos y que se repetía incansable en el tocadiscos, igual que el tenue y rítmico corazón moribundo confundido con el motor de la lavadora. Sólo entonces comprendimos que mi hermano había decidido cambiar su mal momento con la música preferida. Y que este momento se llevó nuestras palabras hasta el infinito de mi madre, así como de seguro se las llevará al mío.

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¡Voten por Jorge Ibargüengoitia!


De acuerdo: son parejamente meritorios los tres autores que la Feria Internacional del Libro de Guadalajara ha puesto a competir este año para que sus libros sean leídos con motivo de la celebración del Día Mundial del Libro, el próximo 23 de abril: J. D. Salinger, con El guardián entre el centeno; Oscar Wilde, con El retrato de Dorian Gray, y Jorge Ibargüengoitia con Los relámpagos de agosto. Pero acaso convenga tener esto en cuenta: la única traducción que circula en México del libro de Salinger (la publicada por Alianza Editorial) es espantosa; a Wilde siempre hay que estar leyéndolo, fiesta o no fiesta, y, por último, a Jorge Ibargüengoitia no sólo ya es hora de hacerle justicia, sino que además su lectura es necesarísima en este tiempo de conmemoraciones dudosas, con tal de desempolvar nuestro entendimiento de la historia patria, tan entelarañado entre solemnidades y ridiculeces que a nadie le sirven: Ibargüengoitia es insuperable a la hora de repasar lo que fueron la gesta independentista (en Los pasos de López) y la Revolución Mexicana (precisamente en Los relámpagos de agosto, una de las novelas más divertidas que existen). Así que no lo tenemos difícil a la hora de decidir por quién hay que hacer campaña.


Maribel Barona, integrante del Taller de Ensayo Literario de la Joseluisa y entusiasta lectora de Ibargüengoitia, ha tenido esta formidable iniciativa: no será raro que se la encuentren por ahí, con su bote lleno de chiclosos (muy ricos, por cierto), que obsequia a cambio de la promesa de votar por don Jorge. Es más: aunque todavía no se la encuentren —parece que en estos días va a organizar una marcha—, vayan acá y voten de una vez.


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Para ir a las «ciudades blancas» de Joseph Roth:

Lyon, La Fourvière:

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Vienne:

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Tournon:
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Sólo un aficionado

Maribel Mandarina

No tendría que trascender más que otra noticia de un pleito en un bar. Después de una noche amena, llega la madrugada traicionera. Sentí un ligero mareo cuando escuché: «Salvador Cabañas recibió un disparo en la cabeza». El coraje, la indignación e impotencia contra el agresor, las autoridades, los dueños del lugar, los parroquianos, la esposa con necesidad de ir al baño, los medios de comunicación y el mismo jugador que en día libre decidió divertirse, también se hicieron presentes. Prendí una veladora  y salí a trabajar. No me atreví a pedir a mi papá que intercediera por él. Parecía algo tan trivial…
       Ser fan de un equipo de fútbol en México es, quizá, una de las primeras elecciones tomadas a temprana edad; es responsabilidad de los progenitores inculcar a sus hijos el amor por la camiseta que ellos mismos portan, pero, como siempre pasa, el hijo tomará su propio camino y decidirá aceptar o no la herencia.
       Con cierta sutileza nos daremos cuenta: un equipo de fútbol no se queda en los vestidores terminado el partido. Es difícil de creer, pero en torno a nuestra elección y grado de afición, se tomarán algunas decisiones, se fortalecerán lazos de amistad, compadrazgo y de familia, y por supuesto se ganará algún enemigo. Recuerdo en la secundaria cuando era tiempo del clásico América – Chivas, no se podía conversar con el aficionado rival sin fricciones, aun entre los más amigos. Era tiempo de guerra. El pizarrón se dividía en dos; cada equipo, por fortuna, tenía a su dibujante. El arte consistía en plasmar el poderío del equipo sobre su rival. Casi siempre era un ave desplumada o un chivo cocinado. En cuanto a los dibujantes, nunca hubo un ganador: los dos lograban siempre el objetivo de humillar al contrario.
       Parte de mi carácter se formó en estos enfrentamientos: aprendí a defenderme con las garras, el que pudiera soportar los embistes con mayor originalidad podía irse a casa sintiéndose triunfador, aunque el lunes se afrontara la derrota del equipo con las consiguientes burlas. Hubo quien terminó llorando, pero afortunadamente, en mi caso, desde el silbatazo final del partido mi director técnico me estaba dando la táctica a seguir.
       Mis amigas en ese tiempo eran de las Chivas, o aunque no lo fueran siempre estaban en contra del América, decisión que en cierto momento afectó su vida amorosa. Íbamos ya en tercero cuando ingresó a nuestro grupo un nuevo elemento. Se llamaba Joaquín: el chico era un sueño para muchas, una gran adquisición después de dos años y medio de convivencia con los mismos jugadores. Bueno, Joaquín era alto, güero, ojos azules y fornido (un poco insípido para mi gusto), todas querían tenerlo en su escuadra. Ese año, mis amigas rivales quisieron hacerle marca personal, pero fueron expulsadas de un solo tarjetazo: la infracción era resultado de una simple pregunta: «¿A qué equipo le vas?». No hubo disparo que no fuera rechazado por Joaquín —y he de decir, no fueron pocos— a él sólo le interesaban las americanistas. ¡Gooool!
       El jugador que yace en una cama de hospital afecta mis sentidos: no es mi pariente, ni mi amigo, para él no existo. Para él todos somos uno bajo el nombre de afición. Pero la sangre llama, el ave ha sido herida y el dolor se siente. Han sido años considerándolo como líder, han sido años en que lo hemos alabado en cada una de sus anotaciones y también han sido años mentándole la madre en sus fallas, así como sucede en las familias y con los amigos.
       He visto las imágenes de mis familiares desconocidos: lloran, cantan, gritan, se toman de la mano y dicen una plegaria. Me pregunto: ¿cuál es su historia? ¿Por qué les duele?
       La veladora se va consumiendo poco a poco. El destino no tiene la última palabra, el destino no se aparece con un arma en la mano, el destino no es el fin.

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Samuel Pepys, bloguero

«¿Qué diría usted de un hombre que odiase el deporte y prefiriera tocar la viola y el flautín; de un convidado lo bastante grosero como para desgarrar la carne con sus dedos pero lo suficientemente refinado como para dominar el latín, el francés o el español como si fuera su lengua materna; de un alto funcionario pasional que gesticulase sin ninguna discreción; de un gentleman irascible y violento que destrozara los muebles, diese un puntapié en el trasero de su cocinera y pusiera a su mujer un ojo a la funerala?». La pregunta es de Paul Morand, que prologó la primera edición en francés de los Diarios (1600-1669) de Samuel Pepys, uno de los miserables más entrañables que habrán existido. «Usted diría», contestó el francesísimo Morand, «sin duda, que tal hombre, si existió, no pudo haber nacido en el otro lado del Canal de la Mancha. Y sin embargo es un hecho: Pepys existió y era inglés».
       Ahora bien: no sólo existió: sigue escribiendo en su diario, sólo que ahora —claro— es un blog. Qué más da que la entrada más reciente, la del 1 de febrero, sea de 2010 o de 1666 Es un portento. Pasen ustedes, si son tan amables, a visitarlo por aquí.

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A propósito de Bergson y la risa

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Oliver Sacks: lo que las alucinaciones revelan acerca de nuestra mente

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Kurt Tucholsky, cantado

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Mi amiga gaviota

Lizeth Arámbula
 
El siguiente ensayo puede o no leerse —depende de la osadía de cada quien— con cierta música de fondo. Quien se anime, píquele en la flechita:


«Sumérgete en su mundo de poder y enfréntalos, los tiburones te esperan». 
       Me gustaría ir al zoológico, pero está tan lejos. Ya no sé manejar y me da vergüenza subirme al macrobús. Las estaciones son un hangar plateado sin definición geométrica, algo parecido al utensilio con que se raspa el hielo. El diseño que escogieron tendría éxito si lo anunciaran como la nueva versión de una caja de mazapanes. A mi papá le gustan mucho. A mi mamá casi no. ¿Cómo molerán el cacahuate? Me gusta la canela en polvo, pero el cacahuate no. Los últimos que mastiqué tenían tanta sal que me escaldaron la lengua. Tomé agua, salí al jardín y esperé la reacción alérgica.
       Cuando tenía 9 años me subí a un árbol de lima, el zumo de la fruta me quemó y la parte interior de mis dedos se llenó de ronchas. Después sufrí múltiples ataques de asma por comer manzanas, zanahorias, jícamas, germinado de trigo y alfalfa.
       Durante un tiempo inhalé salbutamol luego ya no surtió efecto y fui hospitalizada. No acaricio gatos.
       Si el tiempo es movimiento y yo soy la misma, pero no lo mismo, no me gusta esperar. Cuando conducía les gritaba a los peatones y les aventaba el carro. Ahora en la bici vocifero y golpeo el cofre de los conductores que intentan hacer lo que yo.
       Si seré lo que soy, sí me gusta esperar. Llego antes de que mis hijos salgan de clases. Sí manejo, el otro día fui por mi mamá a una fiesta, le pregunté cómo había logrado evadir los celos de su esposo e ir. «Le dije: “Voy a trabajar”», me confesó. En ese momento me sentí muy mal, triste y engañada. Ella usó el mismo pretexto en mi infancia. Siempre trabajando.
       Convivo con ella en la comida familiar de los viernes organizada por mi abuela, recibo un par de llamadas suyas y estoy resignada a que no tomaremos jamás un café juntas, no pasará tiempo con mis hijos, no sabrá qué hay de mí.
       Los tiburones me esperan.

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Nuestro alunizaje

Rodolfo Sánchez Gómez


Como había ocurrido en veranos anteriores, las “vacaciones largas” las pasaba con algunos de mis primos en lo que llamamos “la granja”, una quinta de una hectárea fuera de la ciudad, allá lejos, por Los Gavilanes. En la enorme estancia de la casa principal seguíamos en una tele blanco y negro con gabinete de madera (¿Majestic, Philips, Telefunken...?) a Jacobo Zabludovsky y Miguel Alemán Jr., quienes eran nuestras autoridades en astronáutica, enviados plenipotenciarios en Cabo Kennedy. Por las noches, después de haber visto durante el día varias transmisiones especiales “vía satelite”, repasábamos los hechos en el noticiero Excélsior, al frente del cual estaba un señor de apellidos Martínez Carpinteiro, que le encantaba a mi mamá porque cada noche, al cerrar la transmisión, le guiñaba un ojo al decir las últimas sílabas del colofón  “nos veremos por ahí, en cualquier parte”.
       Las imágenes del 20 de julio de 1969 —que parecían registradas desde la perspectiva de un selenita escondido bajo una roca—  no mostraban gran cosa y nuestra imaginación seguramente hacía poético lo que veíamos: un par de momias obesas con cabeza de pecera pegando brinquitos de aquí para allá, dejando sus huellas sobre la doncellez de la superficie lunar; una bandera gringa asida a un tubito enclenque y un artefacto —el módulo lunar del Apolo 11—, que a la distancia de los años parece más el producto del papel aluminio, el gancho de alambre, el cartón corrugado y la cinta canela, que de la tecnología de punta de su época (por otro lado, me dicen que hay más potencia informática en el aparato con el que ahora redacto este texto que en la computadora que manejó todos los datos necesarios para llevar a buen término la misión, ¿será?).
       Las imágenes llegaban acompañadas de diálogos, que según Lucho Navarro sonarían más o menos así:

HOUSTON:    wacha wacha wa wa (scratch) wa (piiip) wachyurstep, royer.
LA LUNA:     (piiip) wa wa watiusey (piiip) (scratch) wa wacha wa, royer.
HOUSTON:    gatit gatit wacha wacha wa (brrrrrrrrr) wa wa wach (piiip), royer.
LA LUNA:    (bzzzz) oquei wa wacha (scratch) yea yea (piiip), royer [...]

       Después supimos que de un wachawacheo similar salió la frase de Neil Armstrong que se convirtiría en el lema de la aventura sideral:

“Es un pequeño paso para [   ] hombre,  un gran salto para la humanidad”.

       Y sí, aquel año habíamos llegado lejos, pero nuestro mundo estaba entrampado en las broncas de siempre: guerras, revueltas sociales, asesinatos políticos, hambrunas... y uno que otro problema de orden doméstico. Una madrugada, mientras seguramenente algunos nos soñábamos astronautas,  el tío Pepe llegó de su consultorio y encontró tapado el sanitario. Nos conminó a reunirnos en ese momento en la estancia: así nos enteramos que era posible limpiarse utilizando sólo tres cuadritos de papel.

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