A mí, mis rutinas

Dolores Garnica

No hay nada que deteste más que los ritos de seducción. Me encantan los ritos cotidianos, gozo al levantarme cada día, seis días a la semana, con el despertador a una hora exacta; alzar el mismo pie de ayer, preparar la cafetera y vestirme frente al televisor escuchando las mismas noticias y las mismas incoherencias de Loret de Mola por Canal 2.
Adoro salir de mi escritorio entre las dos y las dos y media, dirigirme hacia las tortas El Socio y pedir una de lomo sin aguacate y con mucha crema, cuatro días a la semana. Me fascina bañarme, secarme, fijar un broche en mi cabello para que se seque, acomodarme primero la chancla derecha y después la izquierda, que esperan afuera del azulejo; caminar ocho pasos hacia mi cama y tocar tres veces la lámpara sobre el buró para intentar leer y dormirme con el libro encima. Me gusta hacer entrevistas, tomar un camión y llegar al periódico ya con un título en la mente; acomodar exactamente una Coca Light a la izquierda de mi escritorio, debajo mi libreta de apuntes, del lado derecho la grabadora y en la orillita del teclado mi lapicero. Saboreo cuando llamo por la extensión 3130 de mi jefa para pedir audiencia, después tomar un lápiz, acercarme y siempre preguntar: «¿Estás muy ocupada?», aunque siempre responda: «¿Por qué siempre me preguntas eso?».
No es tan diferente con el sexo. Gozo del instante después de hacer el amor en el que siempre me dan ganas de correr al baño para encerrarme un par de minutos y respirar hondo, repitiendo segundo a segundo en la mente cómo fue que se movió el hombro de mi acompañante durante la ceremonia. Mi estímulo diario son los rituales que se repiten y se repiten, no concibo mi vida de otra manera.
Soy un animal de costumbres, una guerrillera de la rutina, y no concedería nunca una justificación como ésta para terminar algo: «Me cansé de la rutina» es una basura que se inventan los publicistas para que compres. Adoro la rutina pero detesto, desde el fondo de mi alma, la seducción entre treintañeros: quizá es un síndrome postdivorcio, quién sabe, pero desde mi soltería, hace apenas unos cuatro años, no puedo establecer una relación sana, y según las expertas en un café, la causa está en romper con dos (o algunas o todas) de las leyes de la seducción:
—Hay que esperar dos días para llamarle.
—No menciones la palabra «cama», puede pensar que tú piensas que él piensa sólo en acostarse contigo.
—Nunca lo saludes primero si te lo encuentras, mejor espera a que te salude él.
—No te arregles mucho en la primera cita, nunca narres la historia de tu divorcio antes de la cuarta, no te acuestes con él antes de la tercera, no pagues después de la segunda.
—Nunca lo invites, espera a que te diga algo.
—Sólo has tenido dos amantes.
—Deja que timbre tres veces el teléfono antes de contestar.
—Dile «Perdón, hoy no puedo» un par de veces.
—No le digas que lo quieres, ni que te gusta antes de la quinta cita.
—¡Es enooooorme!
—Nunca, jamás, un «Oye, ¿y qué somos?».
—No expliques que ya sales con alguien, eso puedes decidirlo después
—Busca el anillo de matrimonio o una sombrita de él en el primer contacto.
—Llega diez minutos tarde.
—Etc.

Hoy, intentar establecer una relación madura es casi imposible si no te comportas como inmaduro, así que el amor a primera vista está prohibido. Puedes besar a un desconocido en una fiesta, siempre y cuando no le llames al siguiente día. Puedes salir con alguien, siempre y cuando no sepas —ni él sepa— qué sientes. Las relaciones treintañeras están fincadas en la duda y no en la certeza. La incertidumbre es su campo de acción, las preguntas su mecánica y el hacerse pendejo su razón de ser. El «Te amo» llega con los años, sus herramientas —sus orígenes— se fincan en la serie Friends, con extensión a Sex and the City, mezclado con algo de los colores del pop art, el olor de un martini aunque sepa a jarabe para la tos, rolas de White Stripes, diálogos por messenger, olor a queso feta y textura a leggins de Zara. Nada puede estar más podrido, ni siquiera hay una poesía o un verso de por medio. A mis 18 años me podían acosar con una canción de Silvio y caía redondita con chanclitas baratas y un morral de San Juan de Dios, entre versos de Sabines. Hoy, una cerveza en el Red Pub buscando galán te cuesta $35.00. ¿Serán mis 30?
Soy mujer de certezas, es mi lema, y al parecer no existe nada más repelente:

Único experimento
(Conversación por el messenger. Un día después de coqueteo en una fiesta, a las 18:30 h. Sujeto A: Dolores. Sujeto B: Gabriel).

A: Gabriel, ayer la pasé muy bien, me gustas mucho, no he dejado de pensar en ti en todo el día, y me siento mal porque tengo vato, pero es que es raro lo que siento. En fin, dime qué onda o mándame a la chingada ahorita, dame tres minutos para tragarme el rechazo y seamos amigos de vuelta.
B: Lo siento, soy un hombre solitario.

Paranoica, loca o simplemente tonta, algunas de las respuestas de expertas en leyes de la seducción. Rompí como ocho leyes en cinco renglones y ahora debo quedarme con un palmo de preguntas en la mente. Ni siquiera una consideración a mi sinceridad, una breve muestra de misericordia o una grosería al tan amable Sujeto B. No. Yo mejor regreso a mis rutinas.

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4 comentarios

  1. c0o1 // 11:52 p. m.  

    wow.. (Nótese la hora de ocioso)

    Adictivo, seductor, no pude parar de leerlo.

    Tal vez sea que no sé mucho de eso.

    Aquí lo que encontré claramente: "Yo soy la materia de mi texto"

    Así si es fácil escribir, supongo, pero debe uno de atreverse. Muy bueno!

  2. Kurt C. // 8:37 a. m.  

    Vaya, me encantó, aunque me atrevería a decir que no me parece un ensayo. Me parece que vas citando las cosas que te gusta hacer, como una especie de crónica en la que dices las cosas que haces en tu día y en tus costumbres. Son como normas que hay que seguir.

    Quizá esté equivocado, pero es lo que percibo.

    Ahora, la forma en la que vas describiendo tus aconteceres es muy interesante y fluida.

  3. Édgar Mondragón // 9:49 a. m.  

    ¡Lolis rifa!

  4. Laura // 4:36 p. m.  

    Felicidades Lolis!!!

    Que manera de escribir, mis respetos.