Polvo

Édgar Mondragón


1
Cuando uno es un pez en su pecera, conoce cada pulgada náutica de su esfera.
Navegando hace reconocimiento, explora, ubica referencias, memoriza cada burbuja en el vidrio de las paredes.
Los glóbulos de aire en el cristal, primero, son arbitrarios. Luego —cuando entiendes que la prisa terminó por abandonarte— puedes ver que dentro del cristal, en esos cuatro diminutos espacios de aire, se dibuja la Cruz del Sur. Después aparecen todas las estrellas en la bóveda de cristal, viene un Centauro a todo galope, nace un Mar que dentro tiene un Pez, un Delfín y una Ballena, y al final, el Dragón sopla regresándonos al polvo que fuimos y que seremos.

2
El pez se paseaba por la esfera de cristal, con esa tranquilidad que sólo da la ignorancia total de la apreciación del Performance Art.
La pecera estaba sobre una mesa preparada para la presentación, junto con una caja tapada con una manta, que supuse que serían más objetos para la representación.
Yo sólo pensaba que había llegado al lugar correcto, por no haber tenido que esperar al final de la experiencia artística para el brindis, como es usual. Para entonces habíamos recibido nuestra dotación en envase familiar de cerveza Ballena, «la cerveza que sí llena».
Pasó un par de horas —la relatividad del tiempo y un par de Ballenas pueden hacer variar este dato—, para que entrara en escena nuestro anfitrión: el artista conceptual Matías Sebastián.
—Chingón que vinieron a todos, ya veo que están gorreando unas Ballena y la pasan con madre, sin embargo la razón de invitarles es otra. Quiero presentarles a Pedro —señalando al pez, luego levantando la pecera—: él ha sido compa y hermano ya hace un buen y ahora hay algo que tiene que expresar. ¡Saluden a Pedro, cabrones!
Risas, murmullos, algunos «¡salud, Pedro!», todos dieron la bienvenida al pez.
—Como les digo, Pedro y yo la hemos pasado bien, y aun así (ya ven cómo todo termina yéndose a la mierda), Pedro se ha sentido de la verga en estos últimos meses. Lo veo triste y acongojado, ya no espera que le dé sus polvitos de comida o que lo saque con la red para cambiarle el agua para que siga fresco. Creo que ya se lo cargó y que de alguna manera tenemos que ayudarle. ¿Cómo ven? ¿Ustedes ven a Pedro triste?
Entre muchas sonrisas y algunas francas carcajadas, el público confirmaba ver la tristeza de Pedro.
—Bien, pues vamos a hacerle un paro a Pedro; voy entonces a proceder a su auxilio.
Develó entonces la caja cubierta por la manta: había un horno de microondas, lo que pensé que sería un mortero o un molcajete pequeño blanco, más un par de platos o platones.
—Ya le he dado muchas vueltas, y platicando con él, Pedro me ha dicho que sufre y lo que quiere es que le ayudemos a pasar la barrera, a dar el brinco. Ya esta vida lo limita, así que de esta forma lo vamos a ayudar.
De tajo, saca a Pedro de la Pecera con una red, lo pone dentro del horno de microondas, cierra la tapa y se escucha el bip del arranque del cronómetro del artefacto.
—Diez minutos para que Pedro termine con su sufrimiento. Mientras, digamos ¡salud! con nuestra Ballena.
Supongo que los defensores de los animales no fueron invitados, que el alcohol previo había flexibilizado a algunos ambientalistas o que el temor de dejar de ser open mind habría reprimido a otros; el caso es que nadie reclamó con fuerza la peculiar forma en que se le daba ayuda a Pedro.
El olor a frito y los cuatro bips del horno nos indicaban a todos que habíamos dado la ayuda final a Pedro.
Matías lo sacó del microondas, poniéndolo con mucho cuidado sobre una especie de platón blanco, en el que contrastaba el color pardo oscuro que había tomado el cuerpo frito de Pedro.
—Aquí está Pedro —sollozando teatralmente—, probablemente el cabrón más fiel que he conocido, al menos más que la última puta con la que salí y mi mejor compa que se la estaba cenando. Adiós, Pedro: «Polvo eres y en polvo te convertirás».
Nuestro guía artístico tomó el cuerpo calcinado del pescado, lo colocó en el mortero, procediendo a reducir sistemáticamente el otrora pez a cenizas.
—Pedro —dirigiéndose al molcajete—: ahora ya no sufres, eres libre, ya nos veremos después de tu partida.
Matías tomó el mortero y vació su contenido sobre un pequeño espejo enmarcado que hacía las veces de plato. Después, con una navaja, escrupulosamente acomodó el polvo en líneas delgadas y paralelas sobre el plato-espejo. Enseguida introdujo un delgado tubo metálico en uno de los orificios de su nariz, obstruyó su segundo orificio nasal con su dedo índice, y procedió a inhalar con fuerza hasta en dos o tres ocasiones el polvo de Pedro.
—¡Ahora sí estás conmigo, pinche Pedro!
Matías se levantó extasiado con el espejo en una de sus manos y el pequeño tubo en otro, dirigiéndose al auditorio:
—Aquí está Pedro, es libre, y puede ir hacia los adentros de cualquiera que lo quiera. Ahí va esta madre, quien quiera jalarle puede echarse un pase, sólo no sean golosos, cabrones.
Entonces todos empezaron a circular el plato o el espejo, haciendo lo propio.
Así fue como me di mi primer —y único— «pase de pez».

3
Entre las diversas imágenes de un cadáver plastificado y exhibido como pieza museográfica, la que más recuerdo es la de los pulmones de un fumador. No lo considero aleccionador o determinante para cambiar mis hábitos de fumar; sé que esta exhibición es uno de esos trucos propagandísticos para causar miedo a los que no tienen la suficiente convicción para abandonar las delicias del humo. Por lo demás, son bien conocidas las historias de gente que fumó toda la vida, disfrutando del buen tabaco, y murió de causa totalmente diferente. Mi abuelo fue un ejemplo de esto: contó ocho décadas, la mayor parte de ellas con cigarros sin filtro. Evidentemente, murió debido a un mal golpe al resbalar en el baño.
Sin embargo, la imagen de negrura de luna nueva de los pulmones del cadáver en el museo ahora gira en mi cabeza.
Hace unos meses estuve presente en un sepelio. El ausente optó por su cremación, decisión que respetaron los deudos.
Hay un horno privado en el cementerio. Sacaba bastante humo mientras esperábamos las cenizas.
La llegada de un nuevo Papa se anuncia con ese hermoso humo blanco saliendo de la chimenea del encierro en el Vaticano: es un motivo de felicidad entre los creyentes. El humo de un crematorio no es más que la muestra de la incompetencia del operador, o bien de la falta de mantenimiento del horno: es un dolor extra para los deudos. Hace ver las cenizas —al muerto— volando con el viento.
Reflexionaba: el polvo en el que nos convertiremos, el humo en el que nos convertiremos. El humo respirable. Como el de los cigarros sin filtro de mi abuelo. Como el que respiró la pieza plastificada del museo.
En un momento dado reaccioné, y empecé a toser cual fumador novato, con la súbita conciencia de que estaba respirando a un muerto. Una vez que yo muera —pensé— y que un doctor me realice una autopsia, encontrará unos pulmones pardos, testigos de mi vida de fumador. Pero entre todo ese hollín pegado al tejido pulmonar habrá también, en parte, las manchas producidas por la consecuencia de vivir toda una vida en una ciudad asfixiada por el smog, la mancha de mis veladas con fogatas, una más por los incendios que viví y en un pequeño lugar, imperceptible para el médico, la mancha del humo que exhalaba aquel horno de cremación.
Pensé en la cantidad de personas que se creman al año, en el número de hornos crematorios de mi ciudad, en los caprichos del viento que lleva el humo a un lado y a otro. ¿Cuántas personas habré respirado que ahora se alojan en alguna parte de mis pulmones?
A partir de ese día dejé de fumar.

4
La ciencia ha terminado por aceptar que existen ciertos fenómenos que por su complejidad no pueden abordarse como algo simple.
Un fenómeno tan complejo como el comportamiento de los vientos en un área determinada de la Tierra puede ser analizado solamente mediante modelos probabilísticos que reducen la complejidad del estudio.
La «fe científica» consiste en asegurar que, mediante aproximaciones sucesivas, estos modelos pueden ser perfeccionados hasta la determinación exacta de todas las causas y efectos que producen algo como el movimiento del aire que respiramos.
Mientras tanto, no sabemos con suficiente certeza qué pasará con una partícula de polvo que es arrojada bruscamente de la casa de una persona al estar realizando la limpieza.
Se puede aventurar que la mayor probabilidad es que dicha partícula caiga y se quede incrustada dentro de un radio cercano determinado. Sin embargo, la partícula podría moverse kilómetros, pegarse a una persona, viajar por una autopista con ella. Con pocas probabilidades —pero con algunas— la partícula de polvo puede hacer estornudar en unos años al primer ministro de las Islas Fidji.

5
Hay quien asegura que los espíritus nos rodean y están con nosotros siempre. Los reseñan como fantasmas, almas, auras: energía sin cuerpo.
Yo creo que todas estás afirmaciones son, al menos, supersticiosas, y a veces abiertamente farsas de vivales oportunistas.
El cuerpo es materia y eso es suficiente.
Encuentro, por otro lado, una fascinación por el estudio de los viajes del cuerpo por el tiempo y el espacio.
Afirmo que esto es posible y que, además, puede crearse un método para encontrar a Gandhi, que literalmente sigue con nosotros.
Me refiero a El Polvo.
La mayor parte de las cenizas del pacifista hindú seguramente están en el fondo del Támesis o del Nilo, o de otro de los grandes ríos a los cuales él pidió que fueran arrojadas. Otra parte seguramente en su momento puede haber flotado y viajado con la corriente hacia el mar. Alguna más viajaría con el viento. De ésta, la mayoría estará cerca de los ríos donde fue difuminada.
Lo que argumento es que, así sean partes muy pequeñas, partículas, algunas cenizas del cuerpo de Gandhi siguen viajando por el mundo. Seguirían llevando un mensaje de paz.
Mi sospecha es, entonces, que la inhalación de las cenizas de un muerto equivale a una suerte de reencarnación.
Diputados franceses del siglo XIX discutían acaloradamente la falta de prudencia de traer dos o tres kilogramos de polvo desde la isla de Santa Helena.
El Emperador apenas tenía unos años de haber puesto de rodillas al mundo occidental.
Las cenizas de Napoleón parecían insignificantes a los ojos del niño que pasó junto a ellas esa mañana. A una mayoría de la Asamblea, en cambio, le parecían una amenaza para la seguridad nacional.
El miedo a un puñado de cenizas es irracional. El miedo al Polvo Imperial puede estar justificado.
Como sea, las cenizas regresaron veinte años después, sin consecuencias mayores en ese momento.
El efecto tardaría cien años más: En una celda de una prisión, en un pueblo cerca de Múnich, un austriaco —pintor mediocre— tuvo un repentino ataque de tos.
Las convulsiones tuvieron la fuerza suficiente para causarle un mareo. Al recuperarse, todo se iluminó: comprendió entonces que Europa pronto estaría de rodillas una vez más, que de su nación habría de nacer el Tercer Reich, y que él era llamado a ser el glorioso Führer de esta misión.

6
Cuando uno es Polvo, la vida es toda sobre un espejo.
Espera uno la inhalación y se conduce por los canales.
Primero un tubo de metal, luego un conducto nasal, luego una vena hasta lo más profundo de la mente.
Luego uno es un Pez y un Centauro.
Y viaja con el viento, por el espacio y el tiempo.


Este ensayo lo leyó Édgar en la segunda sesión del ciclo «Práctica de vuelo», en la Joseluisa, donde compartió la representación del Taller de Ensayo Literario con Dolores Garnica. Para ambos hubo ovación y salida en hombros. O bueno, casi.

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2 comentarios

  1. Kurt C. // 3:47 p. m.  

    No puedo decir mas que me gustó mucho, la construcción que llevaste para llegar a la conclusión es intensa e hilarante. Dónde mas me reí fue con lo del pez, jajaja, también con lo del abuelo que se convirtió en fumado. Felicidades!

  2. c0o1 // 6:01 a. m.  

    Es un tipo de ensayo que no había leído, y de hecho me gusta mucho, encuentro una perspectiva ingenieril, pero además aderezada con fantasía y bastante comicidad. Por otro lado, me conmueve la idea de que algo tan cotidiano como el polvo sea abordado bajo diferentes perspectivas para darle el valor que se merece.